EL PAíS › LUIZ CARLOS BRESSER-PEREIRA, ECONOMISTA BRASILEÑO

“Hay espacio para un nuevo desarrollismo”

Fue ministro de José Sarney y de Fernando Henrique Cardoso y ahora se dedica a la investigación. Habla de las políticas económicas de los gobiernos del Cono Sur y de lo que él llama el “nuevo desarrollismo”, una tercera vía entre el viejo desarrollismo y el neoliberalismo de las últimas décadas.

 Por José Natanson

Luiz Carlos Bresser-Pereira es uno de los más importantes economistas brasileños. Cruza de académico con político y funcionario, fue ministro de Hacienda de José Sarney y ministro de Administración Federal y Reforma del Estado de su amigo Fernando Henrique Cardoso, cargo desde el cual implementó una modernización de la vieja burocracia brasileña que fue ampliamente reconocida. Después de ocupar durante unos meses el Ministerio de Ciencia y Tecnología, decidió dedicarse de lleno a investigar, estudiar y escribir. De paso por Buenos Aires para participar de un seminario (ver recuadro), Bresser-Pereira dialogó con Página/12 acerca de las políticas económicas de los gobiernos progresistas del Cono Sur y de lo que él llama el “nuevo desarrollismo”, una tercera vía entre el viejo desarrollismo y el neoliberalismo de las últimas décadas.

–¿Cuál es la diferencia entre el desarrollismo clásico y el nuevo?

–El desarrollismo que se implementó entre los ’30 y los ’80 fue una estrategia nacional de desarrollo, que fue más exitosa en algunos países, como Brasil o México, que en otros, como la Argentina. Fue una estrategia de industrialización basada en el proteccionismo y la sustitución de importaciones, con una participación importante del Estado, asociado a los empresarios industriales, que cumplían naturalmente un papel fundamental en el proceso. Desde el punto de vista político, este modelo generalmente involucraba a líderes populistas, en el sentido clásico de la palabra, pues eran países que estaban iniciando su revolución industrial. En este sentido, el populismo es la primera manera en la cual las masas se manifiestan políticamente y es, por lo tanto, una primera manifestación de verdadera democracia. El modelo desarrollista se agotó en los ’80.

–¿Por qué?

–Porque la estrategia de sustitución de importaciones es necesariamente limitada, sólo tiene sentido al inicio del desarrollo. El segundo motivo fue la crisis de la deuda, un desastre para América latina. El tercero tiene que ver con la hegemonía norteamericana, que se tornó muy violenta, sobre todo en los ’80, con el colapso del mundo soviético, lo que hizo que la capacidad de resistencia de los países de América latina disminuyera bastante. Los ’80 fueron años de grandes crisis económicas, que terminaron en hiperinflación, como en Brasil y Argentina. Esto hizo que la estrategia nacional de desarrollo fuese abandonada y sustituida por lo que yo llamo la ortodoxia convencional. Es decir, un conjunto de diagnósticos, recomendaciones y presiones que los países ricos, sobre todo los Estados Unidos, hacen a los países en desarrollo. Es una antiestrategia nacional de desarrollo, sobre todo para países de renta media, como Brasil, Argentina o México.

–¿Por qué es especialmente perjudicial en los países de mediano desarrollo?

–Porque estos países son en muchos aspectos competidores de los países ricos, con una gran ventaja: la mano de obra barata y la posibilidad de copiar tecnología a bajo costo. En los ’90, esta idea de que alcanza con hacer las reformas para lograr el crecimiento fue hegemónica. A 17 años de que se comenzaran a aplicar estas reformas, los resultados son desastrosos. Por eso creo que hoy tenemos las condiciones, y Argentina es una excelente muestra, de que hay espacio para un nuevo desarrollismo.

–¿Qué es?

–Es una estrategia de desarrollo. Nuestros países están ahora en un estadio de desarrollo bastante avanzado, hicieron su revolución capitalista, tienen una burguesía industrial importante, una clase media grande, una clase profesional grande. Por eso la intervención del Estado debe ser bastante menor en la inversión y en la protección. Esta es una diferencia importante. Por otro lado, el viejo desarrollismo pensaba más en términos de planificación económica. Aunque ya se preocupaba por la demanda, pues implicaba una transferencia de renta de los sectores agrícolas a los industriales y por lo tanto una política de demanda y de creación de mercado, la perspectiva era más microeconómica: crear condiciones del lado de la oferta para promover el desarrollo. El nuevo desarrollismo es un tercer discurso, no es el discurso desarrollista clásico, cuyas distorsiones derivaron en lo que algunos llaman populismo económico, ni tampoco la ortodoxia convencional. Desde el punto de vista de la política de desarrollo, la diferencia principal es que para la ortodoxia convencional el concepto de nación no existe. Y para el nuevo desarrollismo el agente fundamental es la nación, que usa su Estado para generar el desarrollo. Para la ortodoxia convencional la globalización es una situación en la cual los Estados-nación perdieron relevancia, mientras que para el nuevo desarrollismo es la competencia generalizada entre los Estados-nación y, por lo tanto, un momento del capitalismo en el que los Estados-nación son más importantes que nunca. Otra diferencia es que para la ortodoxia convencional la institución fundamental es la propiedad y los contratos, mientras que para el nuevo desarrollismo lo fundamental no es simplemente la garantía de la propiedad sino una estrategia nacional de desarrollo, que es un conjunto de instituciones, de leyes, de reglas y de políticas, de creencias compartidas para generar oportunidades para la inversión productiva, la innovación, el trabajo. Otra diferencia fundamental es que el financiamiento del desarrollo para la ortodoxia convencional se hace a partir del ahorro externo, con el argumento de que los países latinoamericanos no tienen ahorros suficientes, y entonces es necesario que los países ricos transfieran sus capitales. El nuevo desarrollismo se opone a esta idea, porque la historia demuestra que el desarrollo se hace siempre en base a capitales nacionales y ahorro interno.

–¿El nuevo desarrollismo implica entonces una combinación de un rol más fuerte del Estado y una estrategia nacional con una macroeconomía ortodoxa?

–No, porque la idea de equilibrio macroeconómico es diferente. Para el nuevo desarrollismo, la estabilidad no debe ser solo estabilidad de precios, sino también un tipo de cambio competitivo y un tipo de interés moderado, de manera que haya un razonable pleno empleo. Para la ortodoxia convencional, el equilibrio es solo precios, por lo cual el Banco Central debe cuidar sólo la inflación. Para el nuevo desarrollismo, también se debe preocupar por el tipo de cambio, como ocurre en Estados Unidos, donde según la ley la Reserva Federal debe cuidar la inflación, el empleo y un tipo de interés moderado. Pero el ajuste fiscal también es fundamental para el nuevo desarrollismo. El déficit fiscal no fue consecuencia del desarrollismo sino de su distorsión, pretendidamente keynesiana. Eso no tiene sentido. Si uno dice que el Estado debe ser el instrumento fundamental del desarrollo, no tiene sentido quebrar el Estado. Aunque se puede recurrir al déficit público en momentos puntuales para estimular la demanda y volver rápidamente al equilibrio. Otra diferencia macroeconómica importante es que para el nuevo desarrollismo lo fundamental, además del déficit, es el ahorro público, no el superávit primario, que es solo una forma de esconder el pago de intereses a los rentistas. Para la ortodoxia convencional el tipo de interés puede ser alto para atraer capitales. Para el nuevo desarrollismo el tipo de cambio debe ser razonable y competitivo. Y para eso hay que evitar la “enfermedad holandesa”, que es el problema más serio que enfrentan los países en desarrollo con recursos naturales importantes. Se llama así porque ocurrió en Holanda cuando se descubrió petróleo. También puede venir de la abundancia de recursos como soja, carne, trigo. La definición se da a partir de la existencia de recursos naturales abundantes cuyo costo marginal es muy bajo, lo que genera una sobrevalorización del tipo de cambio. En países como Argentina y Brasil, esto impide que las industrias sean competitivas y logren exportar sin protecciones. Si usted deja el tipo de cambio libre, y hay recursos naturales abundantes, el tipo de cambio bajará, como sucede en Brasil y Venezuela.

–¿El nuevo desarrollismo describe la política económica actual de Argentina y Brasil?

–Es lo que está haciendo Argentina, con bastante éxito, pero no Brasil.

–¿No?

–No. En principio, veamos los resultados: Argentina crece al 8 o 9 por ciento, y Brasil al 3.

–Argentina empezó de más abajo

–Sí, pero ya van cuatro, casi cinco años. Ya superó los niveles anteriores. Argentina tiene problemas, pero va bien. Brasil no. En Argentina hay una estrategia nacional de desarrollo. Creo que los argentinos aprendieron, pues la crisis fue más grave que en Brasil.

–¿Por qué Argentina crece más que Brasil?

–Porque está en un equilibrio macroeconómico, no perfecto, porque hay exceso de demanda y por lo tanto inflación, aunque yo creo que se va acomodar. Pero no hay déficit público y el tipo de interés es bajo, mientras que en Brasil es escandalosamente alto. Además, el tipo de cambio debe ser competitivo, lo cual es fundamental para neutralizar la enfermedad holandesa y no recurrir al ahorro externo para crecer. Es lo que Argentina está haciendo con los impuestos sobre la exportación de carne, trigo y soja. Es la forma fundamental de neutralizar esta enfermedad. En Brasil, durante el viejo desarrollismo, cuando aún no se le había puesto un nombre a esta enfermedad económica, había un sistema de subsidios a la exportaciones de manufacturas, que funcionaba como un impuesto disfrazado a la exportación de materias primas. Pero desde que la ortodoxia se instaló, en los 90, la apertura comercial y financiera hizo que se perdiera el control del tipo de cambio y de las entradas y salidas de capitales. En Brasil el tipo de cambio es incompatible con el crecimiento económico.

–Algunos dirían que son políticas populistas.

–Hay una abuso violento de la palabra populismo. El populismo político es inherente a los países en desarrollo, aunque no se da solo allí. En Estados Unidos, por ejemplo, George W. Bush muchas veces actúa como un líder populista. En Europa es más difícil: parece imposible encontrar un líder populista en Suecia, por ejemplo. Es que hay que ajustarse a la definición clásica del populismo como una tentativa de los políticos de generar un contacto directo con las masas sin intermediación de los partidos. Es lo que estamos viendo en la campaña francesa, sobre todo por parte de Sarkozy. El populismo puede ser de izquierda o de derecha. Es una forma que puede ser buena, como Getúlio Vargas, o mala, como fue tantas veces.

–Si es una forma, ¿de qué depende entonces el contenido de las políticas?

–Del nivel de desarrollo de cada país. Cuando se dice que Evo Morales o Hugo Chávez son populistas, es cierto, pero Lula y Kirchner también lo son. Si son buenos gobernantes o no, es otra cosa. Creer que Evo Morales puede hacer un gobierno socialdemócrata en Bolivia es absurdo. Pero pedirle eso a Tabaré, Lula o a Kirchner es razonablemente posible. Razonablemente.

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