CONTRATAPA

¿Nos merecemos a Martha Argerich?

 Por José Pablo Feinmann

Arriba, en el costado derecho del CD, se lee edición documento. La ilustración es una foto en blanco y negro. En la foto se ve a niña sentada ante un piano, tiene las manos sobre el teclado y una carita de ángel bueno y laborioso. Viste de blanco. Tendrá, a lo sumo, ocho o nueve años. El CD contiene la grabación, histórica, de dos conciertos: el No 1 de Beethoven y el de Schumann, en la menor. Al de Beethoven, la nena, que nació en 1941, lo tocó, acompañada por la Orquesta Sinfónica de Radio El Mundo, en 1949. Tenía ocho años. O acaso –aún– siete. Al de Schumann lo tocó en el Teatro Colón en 1952 y, bajo la batuta respetada de Washington Castro, la acompañó la Orquesta Sinfónica de la Ciudad de Buenos Aires. Tenía, aquí, diez años, cerca de los once. A los tres, en el jardín de infantes, una maestra la escucha tocar en un piano de juguete y con un solo dedo varias melodías. La llama a la madre y le dice: “Creo que su nena tiene condiciones para el piano”. La madre le compra un piano de juguete. Ese piano, a la nena, le dura uno o dos días: lo destroza prolija y totalmente. El padre, lejos de enojarse, intuye la verdad: es posible que la nena tenga algo más que condiciones para el piano, puede que tenga talento. Le compra un piano en serio. Poco después, la nena, que aún no sabe leer música, ya toca el primer movimiento de un concierto de Mozart. Un niño o una niña “prodigio” puede ser un fenómeno de feria o un artista genial. Llevado por la ambición de su padre, Mozart fue ambas cosas. Nuestra nena no. Siempre supo que el don que le había llegado desde alguna parte se lo tenía que ganar, tenía que merecerlo. Y también: que el don no sirve para nada si no lo acompaña el trabajo, el rigor. Tenía, en suma, que estudiar. No ignoraba –en alguna parte de su conciencia– que era una privilegiada: tenía talento para hacer lo que más le gustaba en este mundo, tocar el piano. Si uno observa el teclado de ese noble instrumento sabe que todos los asombros pueden surgir de ahí: desde lo más excelso hasta el abismo de la tosquedad, del mal gusto o la torpeza. Cuando alguien se siente destinado a los prodigios corre el riesgo de abandonarse al facilismo. No hay arte sin tenacidad, sin fatiga. Un genio del teclado puede no sentarse ante él durante un día entero, pero no deja de pensar en la música que le arrancará cuando lo haga. La facilidad, incluso, puede dar pudor: “¿Por qué es tan fácil para mí lo que a otros cuesta tanto?”. Esto no tiene respuesta, es así. La dificultad, para el dotado, está en otra parte: en no abandonarse a ella. En trabajarla. “Debo desconfiar de mi facilidad. Puede ser una trampa para la medianía de mi arte. Una excusa para mi pereza. Un escollo para mis búsquedas.” Alguna vez, alguien me dijo que Picasso, a partir de cierto momento, empezó a dibujar con la mano izquierda.

La nena sabe que necesita estudiar fuera del país. Ha elegido, incluso, a quien deberá ser su maestro: Friedrich Gulda. ¿Cómo llegar a él? La familia no tiene muchos recursos. El padre es un contador, la madre una taquígrafa. El dinero alcanza para vivir, para ir al cine, para que nada falte en la mesa, pero no para viajar a Viena. Corre el año 1954. La suerte golpea a la puerta de la nena: el intendente de Buenos Aires, de apellido Sabaté, la ha escuchado tocar y la admira. Le promete y le consigue una cita con el Presidente de la República, el general Perón. La madre acompaña a la nena. Las dos, ahora, están frente a Perón, que ese día se ve distendido y de abierto buen humor. La nena le cae bien al general. ¿Así que ya tocaste en el Colón? Sí, el Concierto de Schumann. Mirá vos, tan chiquita y ya tocaste en el Colón. La madre de la nena, que se llama Juana, le sugiere al general que –de producirse alguna ayuda económica para sus estudios– la nena podría dar un concierto en la UES. “O donde usted lo considere adecuado.” El general sonríe con su célebre sonrisa. “Pero no, señora. La nena está para otras cosas.” Se inclina sobre ella y le dice: “Decime, Ñatita”. A la nena, jamás, nadie le había dicho “ñatita”. Acaso se pregunte si es o no “ñatita” ya que sabe mirarse al espejo y nunca advirtió poseer una nariz pequeña. Pero ahora ese señor tan importante le ha dicho “ñatita”. “Decime, Ñatita”, le dice, “¿a dónde querés ir vos?” La nena, ahora la Ñatita, le dice: “A Viena”. “Yo no era muy peronista –recordará después–. Siempre andaba pegando por todas partes unos papelitos que decían Balbín-Frondizi.” La madre sugiere que Estados Unidos es mejor. Pero la nena insiste: a Viena. “A él le gustó que no quisiera ir a Estados Unidos”, recordará también la nena. La madre, tal vez aún insegura, insiste con lo del concierto en la UES. “Parece que yo debo haber puesto mala cara –recordará otra vez la nena–. Una cara bastante reveladora de que la idea no me gustaba porque Perón le empezó a seguir la corriente a mamá, diciéndole ‘por supuesto, señora, vamos a organizarlo’, mientras me guiñaba un ojo y, por debajo de la mesa, me hacía con un dedo que no. El la estaba cargando a mamá y a mí me tranquilizaba. Se dio cuenta de que yo no quería. Fantástico, ¿no? Y le dio un trabajo a mi papá. Lo nombró agregado económico en Viena. Y a mamá le dijo que le parecía que ella también era muy inteligente, emprendedora y capaz y le consiguió otro puesto en la embajada” (Revista Clásica, No 133, Buenos Aires, 1999). Así, por esas cosas del peronismo, la nena se fue a Europa, llegó a Viena y se puso a estudiar con Gulda en tanto su padre y su madre ganaban el dinero necesario en la embajada argentina. La nena se llama Martha Argerich y es la más grande gloria musical que surgió de este país. Dedicará su vida a la música, ese arte que, según George Steiner, es, junto con la filosofía, la más alta cumbre a la que puede acceder el espíritu humano. El más elusivo también, el más indefinible. Alguien le pregunta a Schumann, luego de escuchar una de sus piezas, qué significa eso que tocó, qué quiso decir. Schumann, por toda respuesta, retorna al teclado e interpreta otra vez la misma pieza.

Estudia con Gulda y después con Nikita Magaloff. En cierta clase, Magaloff dice a sus alumnos: “Hay diversos modos de tocar las octavas. Se puede impulsar la potencia desde el hombro, desde el antebrazo o desde la muñeca”. Se detiene, piensa y añade: “Pero hay otro modo de hacerlo”. Mira a Argerich y le dice: “Marthita, ¿podrías venir a tocar unas octavas?” Las octavas de Argerich son tumultuosas, puede hacerlas a una velocidad y con una limpieza, una transparencia inusitadas. En la Sonata en si menor de Liszt (de la cual es, no creo exagerar, la mejor intérprete) ataca el pasaje Allegro enérgico con una potencia, un decisionismo que parecieran conducir al desborde o, peor aún, al desastre. No, nos llevan al vértigo. Siempre que escucho la Sonata de Liszt esmero mi concentración en ese pasaje. Ni Horowitz (a quien ella ama y continúa) lo hace mejor. En la cadenza del Tercer Concierto de Rachmaninoff (Argerich hace la mejor de las dos cadenzas, la más translúcida, la menos recargada, la más veloz, la que hace el propio Rachmaninoff en la grabación que dejó) une el virtuosismo con la densidad eslava de ese lirismo torrencial. En los pasajes finales del Scarbo de “Gaspard de la nuît” –esa embriaguez de ritmos españoles y presagios y acordes espectaculares, casi hollywoodenses– nos quita la respiración. En el Concierto en sol mayor de Ravel, una de sus obras más dilectas (a la que, en cierta ocasión y para sorpresa de muchos, calificó de “fácil” y con razón: no es difícil el Concierto de Ravel, difícil es el Tercero de Rachmaninoff o el de Prokofiev) toca el tercer movimiento (presto) a una velocidad que, para algunos, lo transforma en un galop. “Speed is not my problem, you know” (“La velocidad no es mi problema, sabe”), le dice a un director de orquesta europeo. El hombre, reposado y temerario, le dice: “A veces sí, Martha”. No obstante, el luminoso segundo movimiento, ese adagio assai que Ravel marca Espressivo y empieza con un “mi” para el que indica la necesariedad del pedal, ahí, Argerich llega a otro de sus grandes momentos. Como Ravel, que recupera en ese adagio lo mejor de los mejores adagios de Mozart. El Tercero de Prokofiev, suele decir, le cae bien. Como las sonatas de Chopin o los Preludios. Como los tres primeros Conciertos de Beethoven. Como esa Rapsodia húngara de Liszt, la sexta, en la cual se permite el exceso, se divierte y se acerca más que nunca al arrogante exhibicionismo de Horowitz. Personalmente, hubiera deseado más Brahms en su repertorio. Me moriría por escucharle los dos gigantescos conciertos que entregó al piano. Las cuatro baladas de Chopin. Al menos, la primera y la cuarta. Por suerte, toca el brillante Concierto para piano, trompeta y cuerdas de Shostakovich. Hubiera deseado –y sé que esto es muy personal–- algo de Gershwin. Algo raro, algo para ella: la Segunda rapsodia o las Variaciones sobre “Tengo Ritmo”.

Del siglo XX, sólo tres o cuatro pianistas pueden comparársele. O ella compararse con ellos. Sobre todo a Rachmaninoff y a Horowitz. A Rubinstein. Arrau no me interesó nunca. Rubinstein, cuando ganó el Concurso Chopin en Varsovia, tuvo un premio inesperado: el público le cantó una canción polaca que dice: “Que vivas cien años”. Sólo a Martha Argerich se la volvieron a cantar cuando ganó ese concurso.

En 2005 se realiza en Buenos Aires un nuevo Festival Argerich. Ella tocó en una fábrica recuperada. Pero no pudo tocar en el Colón. Hubo un conflicto gremial y un mal manejo de la Secretaría de Cultura. Pasaron ya dos años del episodio y no puedo emitir juicio alguno sobre esas vehemencias. Sólo sé que Martha Argerich no pudo tocar en el Colón, el gran teatro de ópera y de conciertos de éste, su país. Tuvo que tocar, por fin, en el Gran Rex. Estuve ahí. Hacía frío. Ella apareció por la derecha, saludó y se sentó al piano. Iba a tocar uno de los conciertos más oscuros, más dramáticos de Mozart, el número veinte. La orquesta empezó la introducción, que, por fortuna, suele ser larga en los conciertos de Mozart. Argerich pudo entonces frotarse los dedos. Se reía de la situación: estaba en un cine, no en un teatro, hacía frío, casi todo había salido mal y tenía que frotarse los dedos para tocar Mozart. Qué mal la trató nuestro país. No vino al año siguiente. Ni vino en éste, en el 2007. ¿Cómo recuperarla? ¿Cómo reparar la ofensa que su país le infirió? El primer paso les corresponde a los estamentos institucionales. Si una Secretaría de Cultura se manejó mal en el 2005 es necesario que hoy, a partir de ahora, otros estamentos –los que fueren, el mismo Presidente de la República si hiciera falta– hagan un gesto, o más que un gesto, de acercamiento. Sin duda, será bien recibido por una artista que ama su país y a la que otro presidente –en el único gesto de su larga carrera política capaz de unir a peronistas y antiperonistas, dado que el arte está para eso: para unir– le posibilitó la carrera.

Y por fin: vea, Martha, aquí somos muchos los que la queremos. Al preparar esta nota hablé con periodistas amigos porque quería elegir el lugar donde publicarla. ¿Sería el mejor mi columna de los domingos? Uno de esos periodistas (al que, con alguna maldad, le insinué que tenía orejas sólo para Charly García) me dijo: “Ojo, no te equivoques: yo sé muy bien quién es Martha Argerich”. Elegí mi columna pero pedí el espacio que tengo cuando no me ponen un aviso debajo. Me llama Hugo Soriani y dice: “Pero, José, ¿de qué te creés que vive este diario? Mirá vos, ahora no podemos publicar avisos para que vos puedas escribir sobre esa pianista amiga tuya”. Le aclaro que no es amiga mía, que ojalá pero no lo es. Que es una de las glorias de este país. Hugo me interrumpe: “Pará, loco. A mí no me vas a vender a Martha Argerich. Yo sé muy bien quién es y lo que vale”. En suma, Martha: aquí todos sabemos lo que usted vale. Y esto no es un halago. Lo digo porque sé que no le gustan. Es un hecho. La queremos. La queremos tener. Le queremos demostrar ese cariño. La Argentina puede ser un desastre, pero siempre vale la pena. Siempre merece una segunda oportunidad. Lo del 2005 no salió bien. No pienso señalar culpables. Sé que cuando usted llega a Japón el Emperador y la Emperatriz le llevan un ramo de rosas a la suite de su hotel. Aquí, hasta la amenazaron. Hasta eso hicieron. Pero dele, Martha, afloje. Si el Colón no está, tenemos el Argentino de La Plata, un teatro espléndido, nuevo, hecho para que usted lo llene de música. Está aquí, esperándola. Como todos nosotros.

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