DEPORTES › EL MUNDIAL EN ALTA DEFINICION

Pantalla gigante

 Por Gustavo Veiga

Todo en la pantalla se torna más real que virtual. Palermo grita su gol a cuatro filas de butacas de distancia. La carita del morenito sudafricano que Messi toma de una mano antes de jugar contra Grecia parece retratada por Berni. El himno argentino sugiere pararse, aunque el auditorio lo hace con delay. Como si esa ceremonia sólo estuviera destinada a una cancha o al acto patrio en una escuela. El fútbol viene envasado en pantalla gigante, en este caso la del Cinemark de Palermo. La moda da vueltas por el mundo. Hay pantallas públicas y privadas, en plazas y ayuntamientos, en todos lados se quiere ver el Mundial: Madrid, París, el Distrito Federal mexicano, Lima, Santiago, Chile y, por supuesto, Buenos Aires.

Para el cronista, debutante en el curioso arte de ver fútbol en el cine (el mismo cine donde 24 horas antes disfrutó la película El Mural, de Héctor Olivera), la aventura comienza en fila cinco. La inconfundible fragancia a pochoclo reemplaza a la del chori de cualquier tribuna. Los aplausos o los “uh” para alentar o sufrir por un gol que no fue son menos estentóreos que el cantito de una hinchada o la puteada al árbitro de turno. El ambiente no se compadece con el producto que vamos a ver. Como si estuviera fuera de sincro. Tampoco el público. Señores atildados, chicos con camisetas de la Selección, son mayoría. Escasean las mujeres.

Polokwane, el territorio afrikáner donde los ingleses armaron un campo de concentración para mujeres y niños boers, parece estar detrás de la pantalla. Por ella salen al verde césped las selecciones de Argentina y Grecia. Como salen todos los días más selecciones desde todas las pantallas que se instalaron en diferentes ciudades del mundo.

En la plaza San Martín y el Parque Centenario, Macri y su jefe de Gabinete, Rodríguez Larreta, las presentaron como si fuera un acto trascendente de gobierno. Con cierto glamour y también vuvuzelas. En Santiago, Chile, la primera dama Cecilia Morel lo hizo bajo el slogan “Levantemos los corazones, el Mundial es de todos”. Nuestros vecinos, maravillados por Marcelo Bielsa, se quejan: “Pan y circo, pero pan recalentado y añejo”, dejó su grafitti un trasandino en la red. Allá se preguntan por qué el gobierno de Sebastián Piñera no se ocupa de lo que falta hacer por el trágico terremoto. La pantalla colocada en la Torre Eiffel trajo pésimas noticias para los franceses. Y la certeza de que el verdadero cabaret es el del técnico Domenech y no aquel de Boca. En Bogotá, un grupo de estudiantes de la Universidad Pedagógica atentó con bombas molotov contra una pantalla. Habrán juzgado que era un lujo burgués.

Poco importa todo esto cuando comienza el partido, que ya entró en la prehistoria del Mundial. El cine da una perspectiva del juego semejante a la que se tiene desde un helicóptero. Messi y su cancerbero griego de las seis kilométricas sílabas, Papastathopoulos, se nos vienen encima en cada plano cerrado. Los gestos de Maradona contra el referí uzbeko son para hacer gigantografías. La pelada de Verón encandila como si estuviéramos en Sudáfrica, mimetizados entre miles de argentinos.

El final del primer tiempo nos devuelve a Buenos Aires. Los espectadores aprovechan para ir al baño, le dan notas a un cronista trajeado y que luce sombrero blanquiceleste de cuatro puntas, una promotora de Direct TV agradece la presencia en el evento, hay clima de fútbol hasta ahí: camuflado. Se nos antoja distendernos como si se tratara del intervalo de una película.

A poco de terminar el partido, nos damos cuenta de que falta un detalle: el grito de gol. Se hizo rogar. Ahora sí encajan el cine y el fútbol, lucen en armonía, como un traje con corbata al tono. Demichelis recién unificó al auditorio a los 32 minutos del segundo tiempo. Casi todos se pusieron (nos pusimos) de pie para festejar el 1-0. Ni qué hablar de cuando definió Palermo con ese suelazo de derecha, como predestinado. Se adivina en la sala una dosis adicional de pasión boquense. Ver el fútbol en un cine o en pantalla gigante tiene su encanto. No es igual a estar en la cancha (y menos en una de Sudáfrica), pero al menos se parece un poco.

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