DEPORTES › OPINION

Ser Palermo

 Por Miguel Rep

Nunca imaginé querer ser Palermo por un día, para ver qué se siente vivir así, con la posibilidad de que te pueda pasar cualquier cosa, la esperanza y la desazón de saber que, cuando aparezcas en el escenario principal, te puedan ocurrir cosas como que:

- hagas dos goles en 10 minutos en la final de la Copa del Mundo de clubes, lejos, muy lejos de La Boca original, y gracias a esos dos patadones tu equipo gane el ansiadísimo trofeo.

- que te rompas los ligamentos por algún movimiento de camélido.

- que regreses de un postoperatorio donde te habían de- sahuciado, y entres en los últimos minutos de un partido continental, y corones, en tu cancha, una goleada a tu acérrimo enemigo, haciendo un inusual paso de ballet y colocándola en un rincón.

- hacer un gol de chiripa con la cabeza desde casi media cancha;

- que erres un penal clave frente a Colombia, jugando para la Argentina;

- que tires otro en el mismo partido, y lo erres de nuevo;

- que tires un tercero en el mismo partido, y te lo atajen;

- que soportes la prensa, a los enemigos, a los colegas: “Palermo se terminó”;

- que tu hinchada tenga un cartelón con los goles que hiciste, tachando la cifra superada cada vez que la metés, y sentir que ellos te están empujando a quebrar records;

- hacer goles de tijera, cuando en realidad sos –lo sabés– un jugador limitado;

- reponerte, y convertir penales luego de aquel desastre de los tres penales errados;

- cumplir años, ser un veterano y saber que no triunfaste en el exterior;

- transformarte en un anciano del fútbol al que jubilan cuando pierde un campeonato;

- transformarte en una convocatoria salvadora de último momento para la Selección de tu país;

- romperte una y otra vez, chocarte contra un cartel, o que se te caiga encima con un grupo de entusiastas por tu gol, y que eso te condene a meses de pies vendados;

- soportar la incertidumbre de si vuelvo o no vuelvo a las canchas;

- hacer delirar de emoción, allá, en su palco, al jugador más genial de todos los tiempos;

- entrar a último momento en el partido decisivo, con la celeste y blanca, bajo un diluvio de patriada, y hacer el gol que abre la esperanza y posibilita la amenazada clasificación al Mundial;

- que te lleven al Mundial, torpe como sos, en agradecimiento por ese gol salvador;

- entrar a un partido clave del Mundial, 10 minutos antes del final, participar en una jugada con el mejor jugador del mundo de ese momento, y hacer el gol que le faltaba a tu Historia;

- saber que sos limitado, torpe pero voluntarioso, veterano, ilógico, y que, precisamente por esa ley de imprevisibilidad que sólo dictaron para vos, estás destinado a que te pueda ocurrir cualquier cosa, pero cualquier cosa, dentro del perímetro de la cancha;

- y lo principal: darte cuenta de que, sin proponértelo, sin carisma, sin blablá, tenés el don de darle alegría a la gente, pero no cualquier alegría, sino ese tipo de explosión que provoca la sorpresa verdadera, esa sorpresa de las buenas que a veces ocurre entre las malas, y que a vos mismo te asalta cuando menos te la esperás, ya sea con los pies, la cadera, el muslo, la cabeza, la nariz, la nuca, la pantorrilla, o simplemente el culo.

Palermo se nace.

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