SOCIEDAD › OPINION

Los Santos vienen marchando

 Por Eduardo de la Serna *

Hace varios años, con su histrionismo habitual y no menor superficialidad, Bernardo Neustadt proponía casi como ejemplo social a un ingeniero que había matado a un chorrito que había querido robarle el pasacassette de su auto. Interesante proporción: un pasacassette de un ingeniero vale más o menos lo mismo que la vida de un “negro”.

Claro que estamos habituados a esto: los muertos por la guerra del coltán en el Africa son cientos de miles al año, pero para los medios de comunicación valen menos que los pocos muertos gringos en las guerras por ellos provocadas. A eso se lo podría llamar “racismo”, pero como queda mal, “lo dejamos ahí”.

Hace poco más de un año mataron a Kitti y a su amigo. Los balearon por la espalda en la Monteverde y el arroyo Las Piedras. Dicen –y nunca lo probaron– que habían querido robar a uno que resultó policía: ¿conclusión? Ambos muertos, con muchos balazos. La causa nunca avanzó, según me dijeron los familiares. Los vecinos cortaron el puente; cuando fui a hablar con ellos la policía me amenazó, y algunos vecinos los llamaron “negros”. Es evidente que la vida de dos pibes vale menos que “mi derecho a transitar libremente”.

Tres adultos honorables de General Villegas tuvieron sexo con una menor. Filmaron todo y –además– lo subieron masturbatoriamente a Internet. ¡Divertidísimo! Cuando alguien habló de abuso “y esas cosas”, un grupo de gente salió a las calles a defenderlos. Pasaron a ser “víctimas”, porque “¡acá todos sabemos quién es esa chica!”. Claro que si la chica era lo que ellos dicen que era, nadie habló de ayudarla. Al fin y al cabo, no vale gran cosa.

En Bariloche parece que un policía tuvo tanta mala suerte que se le escapó un tiro justo hacia un chico que corría. Justo en la nuca. Y cuando la gente protestó, parece que se le escaparon dos tiros más. Además de que parece que se le escaparon algunas trompadas, patadas y otras cosas. Y un grupo de bajos barilochenses (son bajos, ¡qué le vamos a hacer!) marchó apoyando a la policía. “Es que queremos a los policías y no a los chorros, mi amor”, dijo un señor bien puesto. Debo decir que nunca imaginé una manifestación “a favor de los chorros”, no podría suponer quiénes irían a semejante acto. Parece que para los comerciantes vale más una vidriera que una vida. Claro que –además– queda por aclarar si no estamos ante una “represión preventiva”, porque nadie había hablado de vidrieras rotas antes del tiro fugado.

Interesante contraste con la multitud que igualaba a todos en los actos del Bicentenario, donde todos compartían mate y abrazos, bailes y cantos porque “algo” nos hermanaba. ¿Será que cada vez que aparecen estas cosas debe haber una “contrarreacción”? Recuerdo cuando una multitud fue a la ESMA y al poco tiempo apareció un ingeniero trucho con carpetas y velas, y marchas alentadas especialmente por varios medios a favor de una “cruzada”.

Esto del “nosotros” y “ellos” –que ya vivimos con un crimen en un country–, del alto y el bajo, los negros y los blancos, el norte y el sur, debo decirlo, me resulta repugnante.

Algunos creemos que un tal Jesús de Nazareth vino a proclamar que todos somos hermanos y hermanas, y que nadie es más que nadie porque el Padre Dios nos hace iguales. Y para predicar eso comía con los que “no valían”, tocaba leprosos, hablaba en público con mujeres –algo terrible en su tiempo–, abrazaba niños –una verdadera zoncera en aquella época– y decía que Dios reina cuando los pobres tienen buenas noticias. “Negros”, mujeres, gays y lesbianas, del alto o del sur, sin duda serían del grupo con los que se juntaría Aquel que era acusado de ser “amigo de publicanos y pecadores”.

Muchos creen que la Iglesia es el sustrato de la argentinidad. Las marchas, las actitudes y las muertes parecen desdecirlo, o al menos nos hacen preguntarnos por lo que hemos sembrado, ya que “el árbol se conoce por sus frutos”. Y también desafiarnos en qué es lo que estamos sembrando ahora, o vamos a sembrar.

* Coordinador del Movimiento de sacerdotes en opción por los pobres.

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