EL MUNDO › ESCENARIO

Californicando

 Por Santiago O’Donnell

Las batallas culturales son así. Un día el perseguido se convierte en perseguidor, otro día vuelve a ser perseguido. Los conversos se vuelven fanáticos, los poderosos se lavan las manos, las víctimas se joroban. A veces no, pero muchas veces es así.

Y así fue en California con el plebiscito del 4 de noviembre para eliminar el derecho al casamiento de parejas del mismo sexo. Seis meses antes la conservadora Corte Suprema californiana había dado el batacazo, con un fallo histórico que prohibía casamientos del contrayentes del mismo sexo. Desde entonces 18.000 parejas habían sacado sus licencias (foto). La Corte falló que las prohibiciones violan la constitución estatal, que exige igualdad ante la ley. Entonces los conservadores decidieron jugar todas sus fichas para revertir el fallo de la Corte, sometiendo a votación una enmienda constitucional que define el casamiento como la unión entre un hombre y una mujer.

Fue una batalla épica desde donde se la mire. Más de setenta millones de dólares gastados, más que ninguna otra elección, salvo la presidencial, en la historia de Estados Unidos. Diecisiete millones de votantes. La iniciativa llevó el nombre de Prop ocho. Una campaña se llamó “Protejamos el matrimonio”. La otra, “Los californianos eligen”. Gran campaña de los teleevangelistas a favor. Gran campaña de Silicon Valley y los actores de Hollywood en contra. Gran zapateo americano de Obama, a punto de ser elegido presidente, y Terminator Schwarzenegger, gobernador de California, para decir que están a favor y en contra al mismo tiempo. Al final ganaron los conservadores con el 52 por ciento, un margen de casi medio millón de votos.

Lo curioso del caso es que la principal responsable del triunfo fue la Iglesia Mormona. “Jeff Flint, estratega de Protejamos el matrimonio, estimó que los mormones componían entre el 80 y 90 de los voluntarios que iban puerta a puerta en los precintos electorales,” informó el New York Times.

“La Iglesia Mormona fue una fuente significativa de donaciones a favor de la iniciativa tanto dentro como fuera de California. Según registros oficiales, alrededor del 45 por ciento de las donaciones desde fuera del estado vinieron de Utah (sede de la Iglesia, más del 95 por ciento población mormona), más del triple que de cualquier otro estado”, señaló el San Jose Mercury News.

Es curioso, porque como bien dijo Mariana Enriquez en un articulo sobre el tema que salió en el suple Soy, se trata de una iglesia joven, de apenas 178 años de existencia, con trece millones de miembros en todo el mundo, incluyendo cuatro en el oeste norteamericano, incluyendo un par en Utah. Es más, se trata de una iglesia tan joven que recién el año pasado terminó de ingresar en el establishment estadounidense. Fue con la precandidatura republicana del ex gobernador de Massachusetts Mitt Romney, el primer político mormón con aspiraciones serias a la presidencia. (Casualmente, Massachusetts es también el estado del legendario Barney Frank, el primer legislador nacional en salir del closet, y es también el primer estado en legalizar matrimonios del mismo sexo.)

Y es curioso que la Iglesia Mormona se oponga de manera tan vehemente al casamiento gay porque es una iglesia que sabe mucho de sufrir de persecuciones por sus costumbres morales.

Durante más de la mitad de su existencia los mormones fueron polígamos. Sus padres fundadores, Joseph Smith y Bri-gham Young, tuvieron varias esposas. La poligamia es la razón por la cual los mormones partieron de sus granjas en Illinois, Ohio y Missouri a fines del siglo XIX para buscar refugio en la entonces desolada Utah. En 1890 el ejército norteamericano invadió Utah para acabar con la poligamia. Los líderes mormones fueron perseguidos y encarcelados hasta que en 1904, bajo presión, su máximo jerarca de entonces, Wilford Woodruff, firmó un manifiesto renunciando a la práctica de casamientos múltiples. Claro que durante mucho tiempo más los mormones siguieron con sus costumbres. Recién en las décadas de 1930 y 1940 la iglesia empezó a expulsar a miembros que se negaran a dejar constancia por escrito de que renunciaban a la poligamia. Por eso no sería sorprendente que algunos de los voluntarios puerta a puerta en California tuvieran abuelos polígamos.

Y no todos los mormones renunciaron a las costumbres de sus antepasados. Miles de ellos, los llamados mormones fundamentalistas, al ser expulsados de la iglesia, partieron con sus clanes a vivir en pueblos remotos de las Rocallosas. Allí ganaron cierta fama por el inusitado nivel de violencia que alcanzaron algunos de sus miembros.

En 1972 seguidores de Ervil Lebaron mataron a treinta miembros de clanes polígamos rivales, incluyendo al hermano de Ervil. En 1978, tres días después del suicidio de David Long, su esposa empujó a sus siete hijos desde un balcón del piso 11 y después se tiró ella. En 1979 John Singer murió en un tiroteo con la policía para impedir que sus hijos fueran enviados a la escuela. En 1984 Ronald Lafferty les cortó la garganta a su esposa y su hija de 15 meses, según él, después de recibir una revelación divina. En 1988 Adam Swapp bombardeó una pista de patinaje y después mató a tiros a un policía cuando vinieron a arrestarlo. Todos estos casos fueron estudiados en un paper académico, “Violencia y fundamentalismo mormón” (Gran Lebaron, 1995) que analiza cómo la combinación del aislamiento y fervor religioso condicionaron las acciones de estos fanáticos.

Volviendo al plebiscito de California, hay que decir que no fueron los mormones quienes impulsaron la iniciativa prohibicionista. Al contrario.

Según el New York Times, los mormones fueron el último grupo importante en sumarse a la iniciativa y lo hicieron, cuándo no, a instancias de un líder de la Iglesia Católica, el arzobispo de San Francisco. Pero fueron los mormones quienes quedaron expuestos y quienes terminaron pagando el costo político de la campaña.

A día siguiente de la elección, más de mil manifestantes protestaron frente al templo mormón de Los Angeles. Cientos más lo hicieron frente a los templos mormones de San Diego y Oakland. Fuera de California, más de 10.000 manifestantes protestaron frente al templo mormón de Nueva York y hubo decenas de manifestaciones similares en todo el país. La más grande fue en Salt Lake City, capital de Utah, que reunió a más de 30.000 personas para escrachar al templo y las oficinas de la Iglesia Mormona. Esa protesta contó con la participación de los cuatro políticos gay más importantes del estado, tres legisladores provinciales y un ex alcalde de Salt Lake City.

Una semana más tarde la cosa se había puesto un poco más picante. El 13 de noviembre un abogado le hizo juicio a la Iglesia Mormona por supuestas contribuciones secretas a la campaña de Prop 8, infracción que acarrea fuertes multas. Ese mismo día aparecieron dos sobres con “polvos sospechosos”, según el FBI, en iglesias mormonas de Los Angeles y Salt Lake City. En total, en los diez días después de la elección, diez iglesias mormonas en Sacramento y otras siete en Utah sufrieron distintos ataques de vandalismo. El 11 de noviembre un Libro Mormón fue quemado en la puerta de una iglesia mormona de Colorado.

Las batallas culturales son así. Podrán tener un principio pero nunca terminan del todo. Ahora la pelea se trasladó a la Corte Suprema estatal. Allí se decidirá el año que viene si el plebiscito no viola el espíritu de la Constitución, por un lado, y si son válidos los 18.000 matrimonios del mismo sexo ya consagrados en California, por el otro.

Y habrá avances y retrocesos, héroes anónimos y villanos famosos, fanáticos y componedores, cínicos que miran de afuera y oportunistas que aprovechan para meterse, idealistas que sueñan con un mundo mejor y retrógrados que practican la intolerancia. Y habrá gays, lesbianas, travestis, transexuales, mormones, católicos, polígamos, vírgenes, negros, morochos y judíos tratando de imprimirle algún significado a su paso por este mundo.

¿Tanto lío por una palabrita como “casamiento”? ¿Para la ley no es lo mismo “casamiento” que “unión civil”? Si California ya permite la “unión civil” y eso no se discute, ¿cuál es el problema? ¿No era que el casamiento es una institución vetusta, en vías de extinción?

Puede ser, pero en las guerras culturales lo que está en juego es eso: el significado de las palabras. El texto original de la Constitución estadounidense define a los afroamericanos como “tres quintos de persona”. Tardaron más de dos siglos en borrar los resabios de esa definición. Lo hicieron eligiendo a un presidente negro que basó su campaña en la promesa “Sí, se puede.”

En el contexto de la larga y heroica lucha por la igualdad de los negros, “Sí, se puede” quiere decir “Todos podemos”. Fue el mismo Obama quien definió “todos” en su histórico discurso el día que ganó las elecciones: “Si hay alguien que todavía duda de que Estados Unidos es un lugar donde todo es posible... hoy tiene su respuesta... es la repuesta que dieron jóvenes y viejos, ricos y pobres, demócratas y republicanos, negros, blancos, latinos y asiáticos, gays y héteros, discapacitados y no discapacitados.”

Pero si todo es posible en Estados Unidos como dice Obama, inclusive para los gays, entonces las personas del mismo sexo deberían poder casarse, aunque no quieran, por el solo hecho de que las personas de distinto sexo sí pueden hacerlo. Si no, el “Sí, se puede” queda reducido a un slogan de campaña.

Entonces el sentido de la palabra “casamiento” define el significado de la frase “Sí, se puede”. Por eso es tan importante Prop Ocho, por más que uno no quiera casarse con otra persona del mismo sexo. Porque en el fondo lo que está en juego, como en toda batalla cultural, es quién conjuga el verbo poder.

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Imagen: AFP
 
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