EL MUNDO › ESCENARIO

Colorado

 Por Santiago O’Donnell

El debate en Colorado entre el presidente Obama y su rival Mitt Romney no fue ni divertido ni dramático, pero cumplió con su función básica de marcar las diferencias entre los dos candidatos. Fue un ida y vuelta sin agresiones ni grandes chicanas la noche del miércoles en el auditorio de la Universidad de Colorado. Al principio los dos candidatos parecían casi idénticos en la pantalla partida de la cadena CNN: traje oscuro, camisa blanca, corbata de un solo color. Obama arrancó mandándole un beso a su esposa Michelle, ya que en el día del debate cumplían veinte años de casados. Romney agregó su saludo, pero hasta ahí llegaron las coincidencias.

El debate presidencial del miércoles fue el primero de los tres programados antes de las elecciones del 6 de noviembre. Además, es muy probable que haya sido el más importante, porque estuvo dedicado a “temas domésticos”. Entonces la crisis económica y el desempleo, los temas casi excluyentes de esta campaña, ocuparon buena parte de la discusión. El segundo debate tendrá el formato de preguntas del público, y allí suelen colarse temas sociales como el aborto o el matrimonio gay. El tercer debate se ocupará exclusivamente de política exterior. O sea, lo que más les interesa a los votantes es lo que se discutió el miércoles.

El periodista Jim Lehrer, un ícono de la televisión pública estadounidense, fue bastante criticado en su rol de moderador del debate. Dicen que no controló lo suficientemente bien el tiempo de cada candidato y que los dejó salirse de tema y otras minucias por el estilo. Pero Lehrer tuvo la virtud de buscar y hacer notar las diferencias de los candidatos en cada tema tratado, que terminaron siendo muchas y bastante sustanciosas.

Mucho se habló en la semana sobre el resultado del debate. Para una importante mayoría de los televidentes, alrededor de dos tercios, según las encuestas, el ganador fue Romney. Los expertos dicen que Obama se mostró demasiado pasivo ante las críticas de su contrincante, y que dejó pasar oportunidades para exponer los puntos débiles que Romney ha mostrado a lo largo de la campaña. Puede ser, pero también es cierto que Obama aventaja a Romney en todas las encuestas y no le conviene mostrarse agresivo en los debates si quiere conquistar a los indecisos.

Pero visto desde acá, mucho más interesante que la actuación de ambos frente a las cámaras fue el contraste en las ideas que presentaron.

La primera discusión fue sobre cómo achicar el enorme déficit en las cuentas públicas de Estados Unidos sin frenar la incipiente reactivación tras la gran crisis del 2008. Obama dijo que para ayudar a la clase media con incentivos fiscales y créditos al consumo es necesario gravar a los millonarios y las grandes empresas, que se vieron favorecidas por un gigantesco recorte de impuestos durante el gobierno de

George W. Bush. Romney dijo claramente que cobrarles más impuestos a los ricos no es la solución, porque los ricos son grandes empleadores y si les va mal, sube el desempleo. Obama dijo que no puede ser que grandes conglomerados como la petrolera Exxon tengan más descuentos impositivos que una pyme. Romney contestó que hay que alentar a las petroleras y permitirles la perforación costera, algo que el gobierno de Obama ha resistido, para lograr el autoabastecimiento energético. El candidato republicano también criticó el apoyo del gobierno de Obama a distintas empresas de energía alternativa. “Se ve que Obama les apuesta a los perdedores”, dijo Romney en una de sus intervenciones más mordaces.

A su turno, Obama le plantó una buena estocada al contendiente republicano cuando le dijo que su plan para reducir el déficit en cinco mil millones de dólares y a la vez aumentar el presupuesto militar en dos mil millones de dólares sólo podía hacerse a expensas de la clase media, a través de recortes en la salud y la educación. “Si usted cree que podemos cortar impuestos en cinco mil millones de dólares y añadir dos mil millones de dólares en gastos adicionales que el ejército no ha pedido, son siete mil millones de dólares, y si piensa que cerrando algunas lagunas legales y haciendo deducciones para los ricos de alguna manera no acabará pagando la cuenta, entonces vote por Romney”, espetó el presidente.

Romney sólo pudo contestar con una promesa: “No voy a bajarle (aún más) los impuestos a la clase alta, no voy a aumentarle los impuestos a la clase media, ni voy a aumentar el déficit”. Pero no supo explicar de dónde vendrían los siete mil millones en recortes.

Obama insistió: Romney va a recortar en educación, va a recortar en salud. A su vez, Romney dijo que Obama va a recortar el presupuesto militar, mientras él, Romney, va a mantener a las fuerzas armadas “orgullosas y fuertes”.

Después hablaron de la reforma de salud, que es el principal logro del gobierno de Obama. Romney dijo que era una cosa horrible, carísima e inútil y que él la iba a abolir, siguiendo al pie de la letra el discurso republicano.

Obama le contestó que la reforma era prácticamente una réplica a nivel nacional del plan de salud que Romney había impulsado como gobernador de Massachusetts en el 2006 y que la misma gente que había diseñado la reforma de Romney es la que lo había asesorado a él.

Romney argumentó que no es lo mismo un programa a nivel estatal como el de Massachusetts, que uno para todo el país como el de Obama. Dijo que el gobierno federal no es un buen actor en el libre mercado, e hizo notar que su reforma se aprobó con apoyo bipartidista, mientras que la de Obama sólo la apoyó la mayoría de su bancada demócrata, sin votos de la oposición.

Obama había estado dos años buscando votos republicanos en el Congreso para que la reforma sea aprobada con apoyo bipartidista, y hasta había cambiado partes importantes de su plan de salud para intentar ganarse algún voto republicano. Pero no tuvo éxito y pasó la reforma como pudo, con votos propios, mayoría legítima a favor de un cambio donde muchos presidentes antes que él habían fracasado. En el debate, Obama la dejó pasar.

Romney dijo que él no quería un país como España, como si el problema de España fuera un exceso de impuestos y regulaciones, algo exótico y lejano. “No voy a subir impuestos”, repetía el ex gobernador. Obama contestó que hay que cortar un poco el chorro de los privilegios, que no puede ser que no paguen impuestos los aviones privados, o que las empresas reciban una deducción impositiva por trasladarse a otro país, llevándose los empleos.

Romney parecía más agresivo, llevaba la conversación, hacía que Obama le conteste, pero no lograba mostrar que Obama fuera un incompetente, ni que estuviera haciendo las cosas mal, ni que hiciera falta un cambio.

Después hablaron un rato de educación y Obama dijo que Romney tenía un plan para privatizar la educación pública a través de un programa de vales, algo que Romney aceptó y dijo que sería algo bueno. Algo parecido dijo respecto de un plan de salud de Romney para los jubilados de Medicare, que podrían pasar por un plan privado. Se ve que el plan no es muy popular, porque Romney se apuró en aclarar que el plan no se aplicaría a los jubilados actuales, sino que era una idea para ir discutiendo “con los más jóvenes”.

En todo momento los dos candidatos dejaron en claro que tenían diferentes ideas sobre el rol del Estado en la sociedad. Obama dijo que él y su esposa tuvieron oportunidades gracias a que el Estado intervino con programas educativos que pudieron aprovechar.

Romney mostró su pasado de empresario exitoso para profesar su fe en la capacidad de innovación y generación de riqueza del emprendedor norteamericano.

“Creo en la competencia”, resumió el candidato opositor. Dijo que la ley de regulación a los bancos que pasó el Congreso de Obama debería ser repelida porque las regulaciones eran demasiado pesadas para los bancos chicos y que algunos habían tenido que cerrar. Además acusó al gobierno de Obama de haber salvado a los bancos grandes al mismo tiempo que perjudicaba a los demás. Obama contestó que estaba orgulloso de haber impulsado la ley más dura en términos de regulación para Wall Street desde los tiempos de Harry Truman. “Parecería que para el señor Romney la crisis del 2008 se produjo por un exceso de regulación y no por una flagrante falta de controles”, ironizó el presidente.

Al final, ambos candidatos, Romney desde la fe, Obama desde la experiencia, apelaron a la franja de votantes indecisos con sendas menciones de la llamada “clase media”.

Romney, primer candidato presidencial mormón, cerró con una invocación a Nuestro Creador, a la “libertad de culto”, y dijo que todas las personas tienen derecho a buscar su felicidad sin que el gobierno se interponga. Dijo que las cosas andan mal porque el gobierno hace las cosas mal y que los estadounidenses podrían estar mucho mejor, más fuertes, más seguros. “Esta elección es sobre el país que queremos. Tenemos trayectorias distintas. El presidente quiere seguir oprimiendo a la clase media con desempleo crónico. Yo tengo un plan para crear doce millones de empleos.” A su vez, Obama dijo que él había ayudado a la clase media con recortes de impuestos e incentivos para las pymes, que había terminado la guerra en Irak y estaba haciendo lo mismo en Afganistán, que había logrado exportaciones record y que había dado algunas peleas, con la reforma de salud y con las regulaciones a Wall Street, porque a veces un presidente les tenía que decir que no a ciertas cosas. “Hace cuatro años asumí en medio de una crisis enorme y hoy puedo decirles que mi confianza en el futuro de Estados Unidos no ha cambiado. No soy perfecto, pero he luchado por la clase media.”

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