EL MUNDO › ENTREVISTA AL ANTROPOLOGO NESTOR GARCIA CANCLINI

Los nuevos caminos del odio

Argentino con larga residencia en México, es un observador de las percepciones de las sociedades en su interior y desde afuera. En una visita académica, habló con Página/12 sobre los nuevos sujetos del miedo y la violencia: ya no es el de al lado, son los lejanos y desconocidos.

 Por Silvina Friera

El antropólogo argentino Néstor García Canclini dice que hay cambios radicales en las formas de organización del odio. Si en etapas preglobalizadas se manifestaba hacia el que estaba del otro lado de la frontera, el que pertenecía a otra etnia en la propia ciudad o en el barrio de al lado, “ahora aparece una distribución diferida de los odios, donde se apunta al lejano y desconocido”. Profesor e investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México, Canclini participó del diálogo abierto La cultura argentina vista desde afuera, con el secretario de Cultura de la Nación, José Nun, y en el ciclo Odio, violencia, emancipación, un encuentro entre pensadores argentinos y españoles organizado por el Centro Cultural de España (CCEBA). “Sabemos muy poco de las motivaciones y la estructura de estos episodios violentos que están ocurriendo en Francia y que comienzan a trasladarse a otros países europeos. Hay un desplazamiento de las estructuras centralizadas y piramidales, como los partidos políticos, a redes tan sólo parcialmente conectadas con un alto grado de autonomía en cada célula. También en las manifestaciones de protesta o repudio contra el orden hegemónico aparece esta dispersión: la dificultad de saber cómo se escribe lo que estoy haciendo en una explicación nacional o global”, señala Canclini.
–¿Por qué no ha funcionado el modelo de integración a través de la educación gratuita y laica en la sociedad francesa?
–Los conflictos previos, que se podrían ver como antecedentes posibles de estos estallidos, fueron sobre el uso del velo en las escuelas o sobre la legitimidad de costumbres de las distintas culturas. Pero lo que ocurre es mucho más que la pérdida de un modelo, está desacomodándose ese imaginario social que residía en la capacidad de integración en un sistema político-jurídico, tan centrado en la universalidad de la ciudadanía como el francés y que en muchos casos está basado en una definición abstracta de ciudadanía. Evidentemente esta definición no es aceptada por la cultura islámica cuyas formas de pertenencias comunitarias u otros tipos de redes, que no pasan por los conocimientos del derecho al voto, tienden a ser subestimadas por los franceses. El fracaso principal es del sistema económico, incapaz de incorporar a los jóvenes. El mercado de trabajo evidentemente impide el acceso al consumo formal.
–Usted señala que el odio, con la globalización, se ha complejizado, pero las sociedades occidentales están mucho más educadas que hace un siglo. ¿Cómo explica el incremento del odio al tiempo que se desarrolla y extiende la educación?
–Hay una educación escolar que plantea mal las actuales formas de conflictos culturales. Pero también está la educación informal, la que se adquiere a través de los medios de comunicación, de las redes sociales de pertenencia o de exclusión, en donde también se aprende a reconocer o a discriminar al otro. Filósofos como Savater tienden a buscar una explicación psicologizante del odio, como si sólo fuera un sentimiento individual, aunque sin duda exista esa dimensión. Pero a mí me interesa entender las formas de organización social del odio, ahí es donde percibimos cambios radicales. Mientras en etapas preglobalizadas el odio se manifestaba hacia el que teníamos del otro lado de la frontera, el que pertenecía a otra etnia en la propia ciudad o en el barrio de al lado, ahora aparece una distribución diferida de los odios, donde se apunta al lejano y desconocido. Más allá de las Torres Gemelas, los trenes de Madrid y de Londres, en América latina no faltan ejemplos de un odio a los lejanos. Hemos tenido históricamente estereotipos discriminatorios hacia los asiáticos, pero en general tenía que ver con la llegada de esa inmigración a la propia ciudad o al país. Ahora estamos ante dispositivos o redes de multiplicación del odio, relaciones diferidas, distantes, dondeno se sabe contra quién se lo está ejerciendo. Es un odio más abstracto que se vuelve más impersonal.
–¿Por qué se produce esa impersonalidad?
–Mi hipótesis es que hay una correlación entre una estructura social más anómica con la dificultad para identificar a los interlocutores de la sociedad contemporánea. Me refiero al problema de relacionarnos con personas en forma constante. Cuando pedimos un servicio a una empresa, nos atiende una contestadora telefónica que nos dice que tenemos que marcar números, lo cual crea una sensación de impotencia, de indiferencia en la relación, que es básicamente entre personas y máquinas. Nos echan del trabajo y no está claro ante quién hay que protestar, y posiblemente la decisión fue tomada en otro país, en una capital lejana. No sabemos bien de dónde proceden los mensajes y la información que recibimos, cuáles son las empresas que están detrás. Antes las empresas tenían el nombre de una familia fundadora, como Ford, ahora son sólo siglas. ¿Quién sabe qué quiere decir CNN?
–¿Cómo se logra integrar a los otros sin apelar al “no me queda más remedio” que implica la tolerancia?
–Tolerar es no hacerse cargo de la diferencia y despreocuparse de que hay que entenderla, e incluso preguntarse qué puede significar de bueno para mí, qué propuesta de estilo de vida me está haciendo. Tolerar es quedarse ensimismado en lo propio. Varios autores oponen el odio al amor, o el odio a la paciencia, al humor o a la tolerancia. Parece que en las actuales condiciones de odios globalizados lo que aparece como lo otro del odio es la comprensión intercultural y la necesidad de entender lo que es diferente y de construir un tipo de relación productiva y creativa, no la aceptación distante de la tolerancia, sino incorporación efectiva de copertenencia y coproduccción con los otros.
–¿Por dónde comenzaría esta incorporación?
–En muchas de estas protestas no se pide sólo trabajo, se pide pertenencia, consumo, acceso a vías de información, reconocimiento de que se es diferente y de que hay derecho a vivir de otra manera. Los estudios sobre los modos de organización de los jóvenes demuestran que no son reclamos para que les dejen incorporarse al catálogo de una transnacional musical, si quieren editar un disco, sino para que los dejen hacer su trabajo de la manera que quieren, y a veces la legitimidad ante los otros jóvenes reside, justamente, en no pertenecer al orden hegemónico, que está suficientemente desacreditado como para que sea una marca ilegitimadora.
–¿Qué papel cumplen los estados en la integración?
–La integración es una responsabilidad compartida por muchos actores. Los estados están experimentando la dificultad de ejercer el monopolio legítimo de la violencia, que históricamente desde Hobbes se les asignó, porque fue desmantelando sus aparatos y perdiendo funciones. Algunas las cedieron a la empresa privada, otras a empresas transnacionales, que son menos responsables todavía, y otras quedaron sueltas y nadie se ha hecho cargo. Una de las pocas funciones que el estado ha mantenido es el poder de policía, una de las pocas actividades que se colocan en el centro de la agenda de los encuentros internacionales, además del libre comercio, es la seguridad continental o la seguridad política-nacional. Es muy grave que el Estado se reduzca a esto porque son funciones del Estado el control de la violencia, pero son ineficaces ejercidas aisladamente sin presupuesto educativo, sin atención suficiente a la salud. Por supuesto son corresponsables las empresas privadas y los actores económicos financieros que creen poder reducir la sociedad a nociones mercantiles, casi de casino, de azar, que creen poder desentenderse de la lógica conflictiva de lo social. Las sociedades civiles, sea lo que quiera decir la estructura de esta palabra tan maltratada, coparticipan al elegir gobernantes, al seguir apoyando partidos que han demostrado su ineficacia. De todas maneras, en varios países pareciera que hay un avanzado estado de desesperación en las sociedades.
–¿Por qué?
–A mí me parece muy significativo que un alto número de presidentes elegidos en la última década en América latina no hayan llegado sostenidos por el partido político y que hayan triunfado ocupando el vacío dejado por el descrédito extendido de los partidos tradicionales. Esto ha ocurrido con presidentes de distintos signos: en la Venezuela de Chávez, en el Perú de Fujimori, en Ecuador, en muchos otros lugares. No hay ejemplos exitosos de recomposición del tejido social a partir de figuras caudillescas o de liderazgos carismáticos. Me parece que sin la restitución de los procedimientos de organización social y de mediación es muy poco lo que puede hacer un Estado, aunque tenga más dinero o empresas generosas que estén dispuestas abnegadamente a dar beneficios sociales.
–¿Qué relación hay entre el odio y la emancipación? ¿Hay una idea o un deseo de emancipación en las protestas en Francia?
–No estoy tan seguro, habría que reelaborar la noción de emancipación porque está asociada al desarrollo de estados nacionales. Los odios y las violencias ahora están mucho más globalizados, son más indeterminados y van asociados a la falta de confiabilidad en las instituciones democráticas. Estamos en un mundo en el que hay muy diversas utopías de emancipación, étnicas, de géneros, nacionales, continentales, religiosas, y a veces se combinan. No descarto que en muchos casos la violencia implique el deseo de emancipación, pero habría que reconsiderar los caminos por los cuales se aspira a la utopía emancipatoria.

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