EL MUNDO

Para vengarse de una masacre, los quemaron vivos mientras suplicaban

La espiral de violencia en Irak continuó ayer cuando milicianos chiítas arrancaron a fieles sunnitas de una mezquita para quemarlos vivos y así vengar la ola de coches bomba sincronizados que dejó más de 200 muertos anteayer en el bastión chiíta de Ciudad Sadr.

 Por Kim Sengupta *

La salvaje guerra sectaria en Irak alcanzó nuevos niveles de violencia barbárica ayer cuando varios fieles fueron arrastrados de una mezquita y quemados vivos mientras una ola de asesinatos cubría el país. Los hombres que se incendiaban mientras suplicaban por sus vidas eran sunnitas, víctimas de una venganza despiadada por los ataques suicidas con bombas en la Ciudad Sadr 24 horas antes, que dejó 215 muertos y 253 heridos, en el ataque más mortal desde la invasión de Estados Unidos a Irak.

Mientras los muertos por la masacre eran enterrados, la nefasta promesa hecha por los combatientes chiítas de cobrarse sangre por sangre se estaba llevando a cabo. Veintidós personas fueron asesinadas y 26 resultaron heridas en Tal Afar, al noroeste de Bagdad. Nueve más murieron por el ataque de un mortero en un área sunnita de la ciudad y granadas impulsadas por cohetes fueron disparadas contra la mezquita Abu Hanifa, uno de los santuarios más sagrados del país, que ya había sido dañado como represalia después de las bombas de Ciudad Sadr.

El ataque a las mezquitas y los incendios que le siguieron fueron realizados a plena vista de un puesto del ejército iraquí. Sin embargo, los soldados no hicieron nada. Esa acusación no provino de los grupos sunnitas, sino del capitán Jamil Hussein de la policía iraquí, lo que señala las profundas divisiones al interior de esta sociedad. Se decía que los que llevaron a cabo las acciones eran miembros del Ejército Mehdi, conducido por el clérigo radical chiíta Muqtada al Sadr, cuya principal base de poder, Ciudad Sadr, fue destrozada. En el ataque a Hurriya, donde los sunnitas y los chiítas han vivido juntos en relativa amistad antes de la “liberación” por parte de Estados Unidos y Gran Bretaña, 18 personas murieron, 24 resultaron heridas y cuatro mezquitas fueron incendiadas.

La limpieza étnica del área había comenzado durante el verano cuando el Ejército Mehdi comenzó a apoderarse de las propiedades y la mayoría de los residentes sunnitas huyeron. El capitán Hussein dijo que hombres armados habían atacado e incendiado las mezquitas y seguían incendiando otros edificios hasta que llegaron las tropas de Estados Unidos. “Rociaron con kerosene a los hombres y los quemaron. Estaban determinados a matar. Nada los hubiera podido detener”, dijo Omar al Hassani, que huyó del área. “Atacaron las mezquitas con granadas impulsadas por cohetes y disparos de ametralladoras. Los ataques comenzaron al mediodía. Sé que había dos mujeres y un niño que murieron por inhalar humo en las casas incendiadas”, dijo Imad Aldin Hashemi, otro residente. Los combatientes chiítas luego se trasladaron al distrito El Amel, donde atacaron otra mezquita y mataron a dos guardias. Según la policía, otras dos mezquitas sunnitas en el oeste de Bagdad también fueron atacadas.

La violencia sectaria en Irak no es nueva, pero se hace cada vez más visible. La sangría chiíta empezó con la matanza, el 29 de agosto de 2003, de 83 fieles a las puertas de la mezquita del imán Alí, en la ciudad santa chiíta de Nayaf. Entre los muertos se encontraba Mohamed Baqer Hakim, jefe del Consejo Supremo de la Revolución Islámica de Irak, y esperanza asesinada de millones de iraquíes chiítas.

Meses después, el 2 de marzo de 2004, cientos de miles de peregrinos chiítas abarrotaban el centro de la también ciudad santa de Kerbala, en los alrededores del santuario de Hussein, el tercer califa chiíta. Fue entonces cuando una serie de explosiones sincronizadas en ambos lugares acabaron con la vida de 182 fieles e hirieron a más de 500.

En aquellos primeros tiempos de desorden hubo ataques para todos. La capital del Kurdistán iraquí, Erbil, sufrió el 1º de febrero de 2004 un doble atentado suicida contra las sedes del Partido del Kurdistán Democrático y de la Unión Patriótica del Kurdistán, en donde murieron 105 personas.

Paradójicamente, fue un ataque que no causó muertos el que destapó definitivamente el fantasma de la guerra civil en la madrugada del 22 de febrero de 2006, cuando unos bárbaros destrozaron la Mezquita Dorada de Samarra. Ese mismo día hubo ataques a 27 mezquitas sunnitas de Bagdad y tres imanes y cinco fieles de esa confesión fueron asesinados. La reacción reveló que la gota había colmado el vaso.

Mientras tanto, el proceso político siguió desenvolviéndose ayer después de que los representantes del bloque chiíta Sadr en el Parlamento amenazaron con boicotear las medidas si el primer ministro, Nuri al Maliki, lleva adelante su planeada reunión con el presidente George W. Bush en Amman la semana que viene. Las fuerzas de Estados Unidos y del gobierno iraquí habían llevado a cabo un ataque en Ciudad Sadr horas antes del ataque sunnita, durante el cual seis personas murieron. Maliki depende en gran medida del apoyo del bloque Sadr, que tiene 30 miembros en el Parlamento y seis ministros en el gobierno.

“Consideramos que las fuerzas de ocupación son totalmente responsables de estos actos y llamamos a esas fuerzas a que establezcan una fecha para su retirada”, afirmó Qusai Abdul Wahib, un importante partidario Sadr. Anoche, el Aeropuerto Internacional de Bagdad permanecía cerrado y el gobierno extendió el toque de queda por 24 horas. Pero a medida que caía la noche, el sonido de disparos retumbaba alrededor de la capital, y el cielo se iluminaba con los edificios en llamas.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

Traducción: Celita Doyhambéhère.

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