EL PAíS › SE DESARROLLO LA SEGUNDA AUDIENCIA DEL JUICIO POR LA MASACRE DE FATIMA

Un careo con los ánimos caldeados

El sargento Armando Luchina declaró haber visto al comisario Miguel Timarchi salir de la Superintendencia de Seguridad Federal con “detenidos que están desaparecidos” y complicó su situación. Ambos mantuvieron un tenso contrapunto.

 Por Diego Martínez

“Estoy totalmente convencido de que lo he visto en ese lugar. Lo vi salir un montón de veces con detenidos que están desaparecidos”, afirmó el sargento (R) Armando Luchina con la mirada clavada en los ojos del comisario (R) Miguel Angel Timarchi, a medio metro de los suyos. El careo entre testigo e imputado fue el momento más tenso de la segunda jornada del juicio por la Masacre de Fátima, a cargo del Tribunal Oral Federal 5. En su empeño por refutar la acusación, Timarchi hizo público un dato sorprendente: el jefe del cuartel de la Policía Montada de Palermo, que durante años alojó a represores procesados por delitos de lesa humanidad, le facilitó luego de su detención el legajo del policía que lo acusaba.

Luchina reiteró durante cuatro horas el testimonio que en los últimos 25 años repitió ante quien quisiera oírlo. Contó que la madrugada del 20 de agosto de 1976 vio cómo sacaban de Superintendencia de Seguridad Federal a treinta personas adormecidas y las cargaban en un camión. Entre los miembros de las brigadas presentes incluyó a los imputados: comisarios Timarchi, Juan Carlos Lapuyole y Carlos Gallone. Al concluir, la defensa de Timarchi pidió un careo con la esperanza de lograr que se rectificara. Timarchi sostiene, y así consta en su legajo, que para la fecha de la masacre llevaba diez meses de licencia médica y no había vuelto a la SSF.

El tribunal los sentó frente a frente, casi pegados. Luchina, testigo, juró no mentir. Timarchi, imputado, no tenía esa obligación. “Es probable que me haya visto durante 1974 y 1975, pero nunca en esa fecha porque llevaba diez meses de licencia por un acto de servicio: fui herido con una granada. Al principio pensé que se equivocaba pero cuando me dictaron la falta de mérito y usted agregó nuevos hechos, me demostró que no quería aceptar su equivocación. Si es hombre de bien, le pido que se rectifique. Si de verdad pelea por los derechos humanos, realizando una tarea comunitaria, como realiza en su barrio, debe admitir su equivocación. Si lo hace, va a honrar a la Policía Federal”, afirmó el imputado.

Luchina manifestó su sorpresa de saber que conocía sus actividades sociales. Timarchi le dijo que tienen “un amigo común que me visita en la cárcel”.

–¿Los hermanos Filipelli? –preguntó el testigo.

Timarchi asintió.

–Uno estaba en Garaje Azopardo, otro centro clandestino –acotó Luchina.

–Lo desconozco. Oscar Filipelli manejaba el vehículo cuando fui atacado –apuntó.

Cuando el juez pidió que volvieran al punto del careo Luchina explicó que estaba “totalmente convencido” de haberlo visto en Superintendencia.

–¿Y por qué imputa en el hecho al principal De la Llave, que estaba en otro destino? –quiso saber Timarchi.

–Mucha gente figura en otro destino y estaba en Superintendencia –respondió, seguro, Luchina.

–Usted miente. ¡Tiene una actitud canallesca! –se enfureció Timarchi.

Luchina lo miró fijo. El juez puso fin al careo. Timarchi le murmuró unas palabras que el micrófono no captó. El ex carcelero-testigo se retiró escoltado por los gendarmes que lo habían llevado hasta tribunales.

Para demostrar que falseaba la realidad Timarchi no ocultó que conocía el legajo de Luchina: “A la fecha del hecho figura como numerario de la Dirección de Inteligencia y no de la guardia de seguridad como dice”.

–¿Cómo llegó a su conocimiento el legajo? –le preguntó su defensor Carlos Broitman antes de que el fiscal lo planteara.

–Luchina prestó servicio en la Policía Montada, donde se acostumbra tomar notas de los legajos del personal. El jefe de ese cuerpo, al comentarle mi situación de detenido, me dijo “conozco a Luchina. ¿Cómo pudo haber hecho esto?” y me comentó que tenía su legajo.

Timarchi no especificó si él estaba detenido en el cuartel de la Policía Montada (donde durante años Gallone fue bien servido por subordinados) y quien debía custodiarlo le facilitó el legajo, o si estaba en Marcos Paz y tanto diálogo como favor fueron por medio de un tercero. En uno u otro caso, la confesión pone de manifiesto cómo transcurre la custodia de los represores cuando se deja en manos de sus propias fuerzas.

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Carlos Gallone, el policía que aparece abrazando a una de las Madres, está acusado por la Masacre de Fátima.
Imagen: DyN / Marcelo Ranea
 
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