EL PAíS › OPINION

La ley de la ruta, parte II

 Por Mario Wainfeld

Si distintos personajes cuentan un mismo episodio es bastante fácil que los relatos sean distintos. Los amantes del cine clásico evocarán el Rashomon de Akira Kurosawa; lectores añosos recordarán Rosaura a las diez, de Marco Denevi. No se trata, linealmente, de veracidad o mentira, las ecuaciones subjetivas juegan lo suyo. Vaya a saberse qué se dijo en la reunión del martes, referida de un modo por los ruralistas y de otro por Alberto Fernández. Diferentes son sus versiones, correlato de lo antagónicos que son sus ángulos. Cada uno escuchó lo que quería y trató de sacar ventaja en la difusión inmediata de un cónclave signado por la transitoriedad.

Ni vale la pena hablar más de esa anécdota, que no fue el detonante del último mal entendido. Ambas partes tenían vocación por la ruptura, la divergencia narrativa fue la crema de algo más profundo. Las partes pusieron poco para sustentar la negociación, da la impresión de que sólo coincidían en algo de fondo, ansiaban un nuevo round en las rutas. En ese aspecto, permítase un sarcasmo, consensuaron.

El Gobierno tenía un objetivo de mínima razonable que era no cerrar trato en la fecha impuesta autoritariamente por las cuatro entidades. Acatar un ultimátum era ceder a una exigencia ilegal, resignar autoridad institucional. Pero el oficialismo lleva su afán más allá de esa frontera, parte de su táctica es prolongar la indefinición. Tal vez la idea sea que eso deteriora a las gentes del “campo”.

Por su parte, las corporaciones agropecuarias pusieron mucho para empiojar las conversaciones. Negociadores avezados como son saben que una tratativa prolongada se resiente si se comenta cada paso ante la tribuna. Máxime si desde lo alto otean los autoconvocados que los “corren” desde su pretensa radicalidad. En una operación de regateo, como en una de seducción, nadie puede permitirse ser puramente sincero. Abrir todo el juego complica su desenlace o lo imposibilita. En el transcurso de la transacción hay amagues, fintas, ambigüedades, frases de doble sentido. Un pequeño avance, interesante, no puede ser asumido como tal ante el ulular de las barras bravas. Un guiño no puede ser explicado, una instancia compleja sólo puede transmitirse en blanco y negro. Embelesados con las cámaras, los dirigentes ningunearon avances (que los hubo), subestimaron cada reunión a la que asistieron, desmerecieron a sus contertulios, se extasiaron en describir las internas del Gobierno. Paradójicamente, su praxis denuncista fue un tributo a la competencia en sus propias tiendas. Ayer pagaron el primer costo mediático: las cámaras de los noticieros mostraron cómo auditaba Alfredo De Angeli su conferencia de prensa: media pantalla para los líderes institucionales, la otra mitad para el héroe mediático. El piquetero de Gualeguaychú tomó el micrófono sin esperar el final del speech de las entidades y ganó el rol protagónico, otra vez.

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¿Cuánto mide la medida? El anuncio de la medida de fuerza tuvo varias reverencias a la “opinión pública”. Se le puso plazo determinado, no tan largo. Se aseguró que no se resentirá el abastecimiento de productos básicos y, aun, que no habrá cortes de ruta. Se revela el afán de procurar no ponerse de punta con “la gente”. Está por verse si los dirigentes podrán honrar tamaños compromisos. Repreguntado que fue acerca del acatamiento de la consigna por las bases, Buzzi aseveró que se trata de un “paro granario” y que la disciplina de los chacareros es “impresionante”. Habría que calibrar el alcance de esa hipérbole registrando que el principal referente de la protesta, De Angeli, ya desobedeció la consigna. En sus pagos hay corte, inspecciones irregulares de camiones y prohibición de transitar a los rodados con chapa patente extranjera. Mal comienzo de una vigilia larga. Habrá que ver cómo se sostiene la paz rutera con el correr de los días, máxime tras la señal emitida por el líder natural de la revuelta. El tiempo caldea los ánimos, los roces cara a cara también.

La presencia periodística puede incidir sobre la conducta de los actores, hay un quid pro quo de por medio. Los medios potencian figuras, si éstas propician a cambio espectáculo, “sangre”, en sentido figurado cuanto menos. Si la guardia se limita a tocarse con escarapelas y repartir panfletos, los movileros irán por Barreda o por un camión que derrame limones o por cualquier caso de violencia urbana. Para mantenerse en el aire, cabe profetizar, hará falta acción. La virtualidad de desabastecimiento o de incidentes es mucho mayor que lo que tabularon los dirigentes.

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Celeste y blanco. El conflicto hace rato dejó de ser puramente económico, aun suponiendo que calzara esa clasificación cuando de miles de millones de dólares se trata. La politización de la revuelta es una de sus facetas más resonantes. Mario Llambías pintó con los colores patrios a su propio bando. Es un desafío fuerte, cuatro corporaciones embanderándose frente a un gobierno popular. Las palabras ulteriores “no es un enfrentamiento de argentinos contra argentinos” parece negarles la nacionalidad a los funcionarios, de la Presidenta para abajo. Identificar al “campo” con la patria misma es una vieja tentación de la derecha argentina, siempre presta a resucitar.

Los reclamos de audiencias a gobernadores, legisladores e intendentes escarban en un punto flojo del gobierno nacional. La aplicación de las retenciones móviles no fue consultada con los mandatarios provinciales o comunales. Tampoco hubo seguimiento conjunto de la evolución (por así llamarla) de la crisis. La lectura promedio de gobernadores muy K (Scioli, Capitanich, Urribarri), un cuarto K (Schiaretti) o no K (Hermes Binner) es parecida: hay que buscar una salida al enfrentamiento, darle un corte lo más pronto que se pueda. Los principales pobladores de la Rosada intuyen que su poder se consumiría si conceden, en las otras casas de gobierno se piensa prolijamente lo contrario. La cúpula de los productores tratará se sacar tajada de ese relativo aislamiento, esto es de un error inicial que el Gobierno no enderezó.

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Compromisos. El cronista no se enrola con los que emparejan a los dos sectores en brega, ni con quienes atribuyen a las corporaciones compromiso serio con el bien común. Las invocaciones al cambio social y económico de Buzzi suenan forzadas y voluntaristas y se dan de patadas con sus compañeros de Mesa de Enlace. Las de Llambías y José Alfredo Miguens de Hoz le resultan inverosímiles, chocantes con la crónica de sus vidas y la nómina de sus aliados.

Las entidades defienden su ración de la torta y nadie debería ilusionarse con el altruismo de los empresarios capitalistas. La defensa del interés general compete a los representantes del pueblo, dotados de una legitimidad superior. También sobre ellos recae la tarea de garantizar gobernabilidad y paz social. Y la de convivir con los distintos componentes de la burguesía nacional que, como “el campo” suelen poner su lucro por encima de su fruición con cumplir las leyes laborales e impositivas. La labor del Gobierno es ardua, tenerlos a raya pero relacionarse a diario con ellos.

Esa línea de razonamiento, empero, no deriva en celebración de la estrategia del Gobierno. Su obstinación en no acordar y mantener una situación de tensión al inicio del mandato de la Presidenta no parece contemplar lo que el pueblo convalidó.

Es difícil medir el humor colectivo, se admite, toda descripción es subjetiva. Ello admitido, el cronista consigna que el clima social es adverso a una hipótesis de confrontación y crispación en un año que se quiso (el propio Gobierno quiso) de consolidación de los indicadores económico sociales y de mejora institucional. Néstor Kirchner dio un paso al costado pensando en la maldición del segundo período presidencial, en la necesidad de airear, de bajar la confrontación. Ninguno de esos objetivos luce plasmado ahora.

El escenario, a menos de cinco meses de la asunción de Cristina Kirchner, parece entusiasmar al vértice superior del Gobierno aunque dista del que imaginó. Prolongarlo, alejar un horizonte de cambio, traspapelar la oportunidad de cambiar la agenda el 25 de mayo son precios que el oficialismo paga y que quizá también resientan a buena parte de la sociedad civil.

El Gobierno malicia que rectificar algo es una debilidad que trasciende al “campo”, que se propagaría más allá de este otoño hostil. Lee que le podría ser cobrada con usura por otros sectores de interés. Ese albur podría suceder, es una virtualidad. Mantener el fuego del conflicto es un hecho, cuesta imaginar que beneficie al Gobierno y a la mayoría que representa.

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Imagen: Bernardino Avila
 
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