EL PAíS › OPINION

Reconfigurar la trama

 Por Washington Uranga

El país se llena de aspirantes a la presidencia. Más de un año antes de la elección, y cuando todavía resta atravesar por el nuevo proceso exigido por las elecciones internas, los dirigentes políticos no quieren dejar de anotarse en la carrera. Seguramente muchos de ellos entienden que, de no salir rápidamente al ruedo, correrían el riesgo de no “instalarse” con posibilidades. Lamentablemente ese proceso de generación de candidaturas y de visibilidad de los aspirantes a la presidencia sigue careciendo por el momento de propuestas integrales que expresen un modelo económico-político-social y cultural superador y no meramente una vuelta atrás, una suerte de restauración de tiempos pasados o, desde otro lugar, la suma de reproches e iniciativas aisladas de por lo menos dudosa viabilidad y factibilidad.

Puede decirse que, de alguna manera, el oficialismo está eximido de ofrecer propuestas. Puede ser así porque la propia gestión de gobierno implica una forma de exposición –por demás contundente– de lo que se pretende y del modo de hacerlo. Es una ventaja. También una dificultad, porque se es el blanco más fácil para las críticas. Sólo el que está haciendo puede ser evaluado y hasta cuestionado. Pero también es posible –aunque algunos podrían considerarlo ingenuidad política– ensayar algunas autocríticas respecto de lo realizado. Quizá no sea del todo malo, también como método político, dejar de lado los fundamentalismos y mostrar de qué manera se puede aprender de la experiencia en términos integrales. No sólo recordando los aciertos, sino reconociendo los eventuales errores y proponiendo el modo de superarlos.

Desde la oposición, cualquiera sea el alineamiento ideológico o partidario, es totalmente insuficiente el ejercicio constante de la crítica como única palabra. La mera crítica no sirve para construir un modelo o generar una propuesta de gobierno. Mucho menos cuando esas críticas se refieren a situaciones o hechos aislados y a flancos débiles que ciertamente tiene la gestión actuante, eludiendo la mayoría de las veces dos criterios que son fundamentales para entender lo que pasa: los hechos no pueden ser analizados sino en el marco de los procesos y vistos en el espacio del contexto en el que se producen. Hacerlo de otra manera impide ver. Y cuando alguien recorta a propósito una situación, la aísla del entorno que le da sentido, de las circunstancias que la antecedieron y los horizontes hacia los que se proyecta, habrá que concluir que existe la maliciosa intención de tergiversar. Nadie puede desconocer que este tipo de recortes se da en medio de una batalla política que no sabe de concesiones. Pero también es bueno tener en cuenta que no podemos seguir admitiendo como válido el principio de que “el fin justifica los medios”. Porque recortar, fragmentar y sacar de contexto es una forma de engaño, es una manera de mentir y no puede justificarse ni por los errores del adversario ni por la intención, supuestamente altruista, de alcanzar un escaño político desde el cual hacer propuestas superadoras.

Sólo a modo de ejemplo: no se puede decir que la versión actual de la Asignación Universal por Hijo es mala simplemente porque lo realizado no responde al modelo que el dirigente de turno tiene en su cabeza o porque la implementó el gobierno al que combate. Es honesto sostener que se trata de una medida perfectible, pero reconociendo también que introduce una mejora sustancial en la calidad de vida de las familias más pobres y que concreta un anhelo de muchos sectores de la sociedad. Incluidos algunos actores políticos que hoy la critican. No se puede desconocer el aporte de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual o desautorizarla por las eventuales distorsiones en su aplicación cuando, vía la judicialización, hasta ahora se impidió su efectiva puesta en práctica. Respecto de este último tema, la miopía impide ver (y reconocer) que, en la eventualidad de un cambio de orientación política en las próximas elecciones, los principales beneficiados de la ley serán aquellos que hoy, desde la oposición, se ensañan en contra de la norma.

Independientemente del lugar, del oficialismo y de la oposición, para todos queda un capítulo pendiente: encontrar los caminos de una participación ciudadana efectiva, despegada del clientelismo y de las adhesiones automáticas. ¿Será posible que este tema se incluya en la agenda política que viene? Hacerlo puede significar un paso adelante en el camino de la democracia formal a la democracia real. En esa senda habrá que volver a meditar sobre instancias concretas y tangibles de democracia participativa como complemento necesario del espacio representativo. Todo lo cual supone reconfigurar la trama de las relaciones sociales y políticas en vista de una nueva y más equitativa redistribución del poder político en la Argentina. ¿Será posible? Los ejemplos más cercanos no aparecen precisamente en los aparatos partidarios sino en las organizaciones y en los movimientos sociales, aunque estén muy lejos de la perfección. ¿No habría que girar los ojos hacia allí para repensar la política?

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