EL PAíS › EL NOBEL ELIGIO UN TONO CONTEMPORIZADOR EN SU PASO POR LA FERIA DEL LIBRO

Sin estrépito, una Conversación en la Rural

Todo parecía dispuesto para la hecatombe, pero quedó en amagues. Vargas Llosa eligió para su presentación un previsible recorrido por “La libertad y los libros”.

 Por Silvina Friera

La tormenta, finalmente, no se desató. Afuera, las nubes quedaron estancadas en el cielo como el decorado de un presagio mal anunciado. Adentro, en la Feria, en la sala Borges, Mario Vargas Llosa habló y dejó con ganas a propios y extraños, después del supuesto “veto” o “censura” denunciado, con más malintención que rigor. La tribuna, respetuosa y mayoritariamente en comunión con las ideas del escritor peruano, lo aplaudió. La mayor sorpresa fue la presencia de Hebe de Bonafini, que escuchó toda la conferencia “sin hacer quilombo”, como prometió a los periodistas, y le entregó una carta en la que le solicitó que firmara contra la censura que sufre el programa La Clementina (ver aparte). Compenetrado con su rol y sin dar precisiones sobre su victimización, el autor de Conversación en la catedral agradeció a los organizadores haber resistido “las presiones de algunos colegas y adversarios de mis ideas políticas para desinvitarme”. También extendió ese agradecimiento a la Presidenta, Cristina Fernández, “cuya oportuna intervención atajó aquel intento de veto”, dijo el escritor. “Ojalá esta toma de posición en favor de la libertad de expresión de la mandataria argentina se contagie a todos sus partidarios”. El “aplausómetro” se elevó considerablemente cuando elogió el gesto de la Presidenta.

Imposible no recordar, al verlo en “acción” con los papeles de su conferencia que decidió titular “La libertad y los libros”, la cita que eligió, un fragmento de José Enrique Rodó, como epígrafe de El sueño del Celta, su última novela. “Cada uno de nosotros es, sucesivamente, no uno, sino muchos. Y estas personalidades sucesivas, que emergen las unas de las otras, suelen ofrecen entre sí los más raros y asombrosos contrastes.” ¿Cuántas divergencias ofrece el escritor peruano? El lector tendrá, si quiere y se obsesiona con desglosar las facetas del Nobel, tarea para el hogar. Desde la primera vez que pisó Buenos Aires, hace más de medio siglo –contó en su presentación–, descubrió que esta ciudad y los libros “tenían una afinidad recóndita comparable a la que sólo había advertido antes en París” por sus librerías, los cafés literarios, “donde todo letraherido se sentía inmediatamente en su casa”. “No es por eso nada raro que uno de los más grandes creadores de nuestro tiempo, Jorge Luis Borges, fuera un porteño y que se pueda decir de su extraordinaria obra que toda ella es como la exhalación imaginaria emanada de una biblioteca, institución en la que Borges, recordemos, en uno de sus más bellos textos, materializó el Paraíso.”

En este “paraíso profano” de la Feria, Vargas Llosa pontificó al texto impreso. “Los libros representan la diversidad humana, a condición de que puedan participar en ella sin discriminación, cortes, sin censura –ponderó–. Los libros de una Feria del Libro son, en pequeño formato, la humanidad viviente, con lo mejor y lo peor que ella tiene.” El autor de El pez en el agua aseguró que los libros “nos ayudan a derrotar los prejuicios racistas, étnicos, religiosos e ideológicos entre los pueblos y las personas”, pero además “a descubrir que, por encima o por debajo de las fronteras regionales y nacionales, somos iguales en el fondo, que los ‘otros’ somos en verdad nosotros mismos”. Gracias a estos objetos nodales de la cultura, los libros, “viajamos en el espacio y en el tiempo”. Y mencionó, a modo de ejemplo, a Julio Cortázar en La vuelta al día en ochenta mundos. “La vida de los libros nos enriquece y nos transforma; nos hace más sensibles, más imaginativos y, sobre todo, más libres.”

Vargas Llosa planteó que los libros “son un testimonio inapelable de las carencias y deficiencias de la vida, aquellas que incitan a los seres humanos a crear mundos de fantasías y a volcarlos en ficciones para poder tener aquello que la vida que vivimos no nos da”. El escritor apeló al viaje al corazón de ese “bosque encantado” para alertar sobre las huellas que dejan los libros en el sentimiento y la inteligencia del lector. “Es imposible no salir de un buen libro sin la extraña insatisfacción de estar abandonando algo perfecto para volver a lo imperfecto y empezar a mirar el entorno con cierto desánimo y frustración –diagnosticó–. Nada ha hecho que el mundo progrese tanto desde los tiempos de la caverna primitiva hasta la era de la globalización como ese viaje a lo imaginario que acompaña a hombres y mujeres desde su más remoto pasado y del que da testimonio inequívoco el mundo vertiginoso y laberíntico de los libros.”

En el laberinto de la pasión libresca de Vargas Llosa no podía faltar una cuestión que, por obvia, no debería sorprender. “Los libros despertaron la desconfianza, el recelo y el temor de los enemigos de la libertad, de quienes se creen dueños de las verdades absolutas, de todos los dogmáticos y fanáticos que han sembrado de odio y violencia zigzagueante el curso de la civilización.” El escritor recordó que durante 300 años no se pudo editar ni importar ficciones en las colonias americanas. “Una de las perversas, o tal vez felices, consecuencias de esta prohibición fue que, en América latina, como la ficción fue reprimida, y como los seres humanos no podemos vivir sin ficciones, éstas se la arreglaron para contaminarlo todo: la religión, las instituciones laicas, el derecho, la ciencia, la filosofía y la política, con el previsible resultado de que, todavía en nuestros días, los latinoamericanos tengamos grandes dificultades para discernir entre lo que es ficción y realidad.”

Los libros han sufrido purgas, vejaciones, recortes. Aunque las reflexiones del escritor fueron celebradas ampliamente por el auditorio, a más de uno, acaso un tanto decepcionado, le pareció previsible, de “manual escolar”. “Leer nos hace libres, a condición, claro está, de que podamos elegir los libros que queremos leer, y que los libros puedan escribirse e imprimirse sin inquisidores ni comisarios que los mutilen para que encajen dentro de las estrechas orejeras con que ellos aprisionan la vida –advirtió–. Defender el derecho de los libros a ser libres es defender nuestra libertad de ciudadanos, el precioso fuego que la atiza, mantiene y renueva.” En un tono más anecdótico, como si dispusiera las barajas marcadas en su memoria, resucitó las experiencias de sus años de formación, emparentados con el país. “Mi infancia y adolescencia se nutrieron de revistas y libros que se producían y editaban en este país y se difundían por todos los rincones de América”, señaló Vargas Llosa. A Cochabamba (Bolivia), la ciudad donde vivió hasta los diez años, llegaban puntualmente Leoplán, para el abuelo; el Para ti que leían su madre y su abuela; y el Billiken, que él esperaba “como maná del cielo”. Más tarde, de universitario en San Marcos, en Lima, conoció la literatura más renovadora y moderna, de Faulkner a Thomas Mann, de Joyce a Sartre, de Camus a Forster, de Eliot a Hemingway, gracias a las traducciones que editoriales como Losada, Sudamericana, Emecé y Sur. “Como innumerables jóvenes latinoamericanos de mi generación puedo decir por eso que debo buena parte de mi formación literaria a esa pasión por los libros que anida en el corazón de la cultura argentina”, reconoció. Después, en diálogo con el periodista Jorge Fernández Díaz, repasó cómo escribió algunas de sus mejores novelas, como Conversación en la Catedral, La tía Julia y el escribidor y La guerra del fin del mundo. Sin salirse de los carriles de la corrección, salvo cuando dijo que “Argentina era el ejemplo de país que todos envidiábamos y ahora está en crisis casi permanente, en este estado de crispación”, Varga Llosa cumplió para su fans el papel del encantador de serpientes.

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“Los libros nos ayudan a derrotar los prejuicios racistas, étnicos, religiosos e ideológicos”, definió sin mucha originalidad Vargas Llosa.
Imagen: Leandro Teysseire
 
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