EL PAíS › OPINION

Semiótica de la foto

 Por Mario Wainfeld

La foto no es una instantánea, sino una escena armada y negociada. Busca exagerar lo que hay (un embrión de acuerdo confederado) y sugerir que es el primer fotograma de una película, lo que es posible pero no seguro. José Manuel de la Sota, Roberto Lavagna, Hugo Moyano y Francisco de Narváez son los personajes centrales que se juntan y desafían al kirchnerismo. Sonríen a la cámara y se miran de soslayo cuando termina la sesión.

En la imagen hay protagonistas que faltan, cuyas ausencias también son interesantes. El jefe de Gobierno, Mauricio Macri, es el más conspicuo porque es el más cercano al conjunto, en el plano de las virtualidades. También, valga la expresión, brillan por su ausencia el gobernador Daniel Scioli y el intendente Sergio Massa, más mimados por las encuestas que los cuatro mosqueteros que se dieron cita en Córdoba.

Los sondeos a meses de las elecciones, se subraya una vez aunque vale para toda esta columna, son muy relativos, máxime cuando se desconocen los nombres de casi todos los candidatos de prácticamente todos los distritos. Los escenarios que se insinuarán también son tentativos, no podría ser de otro modo a más de cinco meses de las elecciones generales.

De cualquier manera (la política ama y acuna esas paradojas) los “armados” corren contrarreloj. Sobre todo porque el kirchnerismo conserva la pole position en la mayoría de los distritos. Y, muy en especial, porque la presidenta Cristina Fernández de Kirchner sostiene un liderazgo fuerte e indiscutido. En el archipiélago opositor no lo hay, tampoco en su capítulo peronista.

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La foto trasunta horizontalidad, que se exalta como virtud. No es un argumento muy creíble ni un recurso muy funcional para la competencia en ligas mayores. Mucho menos entre justicialistas. En este rubro es esencial lo que falta: alguien que les “junte la cabeza” a todos, que “conduzca”. En el ínterin, como para disimular, se urden loas a la praxis horizontal porque “es lo que hay”. Para los peronistas ese mensaje (o mejor dicho esa carencia) es un placebo o una licencia poética.

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El gobernador De la Sota jugó de local porque es el que tiene el mayor capital propio: un territorio en el que prevalece desde hace largo tiempo. Una provincia importante, que lo revalidó con mayorías que por su número son pluriclasistas.

El secretario de la CGT opositora, Moyano, cuenta con un patrimonio conocido: su peso sindical. La traslación a lo electoral masivo ha sido problemática históricamente para sus cofrades. El otrora líder cegetista Saúl Ubaldini era un referente carismático con “poder de calle”. Quiso pegar el salto, sin éxito comparable a su bagaje como gremialista.

El diputado De Narváez hizo gran elección en 2009 y se proyecta para hacer una buena en octubre, según varios consultores electorales. Su potencial fuera de la provincia de Buenos Aires es entre problemático e inexistente. Es el puntal del rechazo a Massa que, en el improbable caso de lanzarse a la lid, le disputaría clientela y votos.

El ex ministro Lavagna, se imagina, cuenta con buena imagen en sectores medios y no peronistas. El ensayo que hizo encabezando la fórmula presidencial del radicalismo que salió tercera en 2007 le sirvió más a la UCR que a él mismo. El ex presidente Raúl Alfonsín tejió esa movida: el hombre fue un maestro para defender a su partido. La táctica varió con los años: osciló entre el jogo bonito de los años gloriosos (que resultan pocos en la cuenta general) y colgarse del travesaño cuando los adversarios ganaban y goleaban.

Lavagna se autodefine (no siempre “off the record”) como un peronista “paladar negro”. Esa imagen corporal permite imaginar cómo ranqueaba poco tiempo atrás a De Narváez, Macri y Moyano. Esto es, qué pensaba (y verosímilmente sigue pensando aunque callando) de la formación y competencias intelectuales del Colorado, de Mauricio. Y del estilo o la destreza política del Negro.

Los desdenes y resquemores no son monopolio de Roberto: son cruzados, claro. Pero París bien vale una misa, máxime considerando que Dios siempre fue peronista y ahora también el Papa integra las vastas huestes del movimiento nacional y popular.

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La elección legislativa habilita y aun promueve alianzas pegadas con material precario. Sobre todo si ninguno de los consocios hipotéticos propaga su esfera de influencia a muchas provincias. De la Sota, hasta hoy, no trasciende la suya. Su condición de ingreso podría ser sencilla: que nadie ponga pie en su alambrado territorio y obrar en espejo. Le costaría poco porque casi no tiene aliados de fuste allende sus fronteras.

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La relación entre De Narváez y Moyano es más problemática. Conviven en “la provincia”. Dada la ya mentada ausencia de jerarquías o de escalas partidarias, los integrantes del cuarteto son muy reacios a ir por debajo de alguien. Con la foto actual, los caciques abundan más que las tribus.

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Macri vistea desde afuera: siempre esperó que las masas peronistas fueran a por él a su propio hogar de ser factible. O, en subsidio, que lo hiciera su dirigencia. Lavagna en la boleta PRO puede ser una buena jugada, pero es más opinable extender la coalición más allá. El PRO podría, solito o casi solito, mantener la primacía en Capital (la tendría aun soportando una sangría de votos) y lograr un buen desempeño en Santa Fe. Miguel del Sel es un fenómeno poco digerible y difícil de explicar para este cronista... pero arañó la gobernación dos años ha y todo indica que conservará un caudal muy competitivo. Dos distritos importantes son bastante, en medio de la carestía opositora. Pero está a años luz de constituir una alternativa al Frente para la Victoria que con Cristina arrasó en 2011. Y que, hasta sin “Ella”, es el único partido cabalmente nacional. Con fuerza repartida de modo muy disímil, pero que asegura presencia desde La Quiaca hasta Tierra del Fuego.

Lavagna, se reitera, brega por la entente peronismo disidente-PRO. Le conviene lo que, para una figura inteligente es una cantera de buenas razones. Los demás compañeros dudan: la horizontalidad no es fantástica pero (quizá y por ahora) sea más estimulante que acodarse con Mauricio que es más presidenciable que cualquiera de ellos. Y que cuenta con una tutela mediática que cualquiera de ellos podría alcanzar, pero sólo a condición de liderar al cuarteto y sus ramificaciones.

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Señaladas las dificultades, apuntemos los alicientes. Uno, muy importante, es ganar posiciones frente a los correligionarios, compañeros, vecin@s, amigos y amigas de la amalgama opositora. Ellos también están diseminados y sin conducción aceptada. La contienda electoral no se libra exclusivamente contra el kirchnerismo, un dato digno de atención.

Cunde la costumbre de alegar, usando mal a Borges, que a los compañeros dirigentes no los une el amor sino el espanto. El slogan se vacía de sentido, por su perezosa reiteración. Sería más riguroso que pueden unirlos el interés, el deseo, el “derpo”. Un noble verso del peronismo expresa que “todos unidos triunfaremos”. Pero perder todos unidos no es glorioso para la lógica justicialista en tiempos de democracia sostenida.

El futuro es, entonces, abierto. Con un par de grandes “armadores” y un conductor, todo sería más sencillo. Pero no aparecen en el horizonte. He ahí el primero de los problemas mientras el tiempo de las Primarias entra en cuenta regresiva.

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