EL PAIS › OPINION

Recuerdos de provincias y de campañas

PASO y ballottage, una mezcla especial. Constantes de primarias anteriores. Elecciones recientes, tendencias. Lo que se define el 9 de agosto, quiénes siguen. Información calificada para todos y todas. Internas sí o no: debate político. Qué pudo haber visto Macri. Algo sobre encuestadores y un recién llegado.

 Por Mario Wainfeld

Primarias o internas hay en muchos países. Sistema de doble vuelta electoral también. Es, en cambio, infrecuente que se combinen Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) con presidenciales que se dirimen con ballottage. Así lo explicó el politólogo Mario Riorda días atrás en Radio Nacional. Uruguay es un ejemplo similar, con una diferencia estimable: su ballottage es el clásico que exige para ganar el cincuenta por ciento más uno de los votos. El régimen creado por la Constitución de 1994 es más enrevesado, pues permite que un candidato gane en primera vuelta con el 45 por ciento de los sufragios y en ciertas condiciones hasta con el 40.

Las PASO se experimentaron, antes que en la Nación, a nivel provincial en Santa Fe, donde reemplazaron a un sistema avieso, concebido para favorecer al peronismo local. Airearon al sistema, posibilitaron que el socialismo desplazara al PJ y hubiera alternancia. En esa provincia el gobernador se elige a vuelta única, primando aquél que logra la primera minoría.

Las PASO nacionales tienen, opina este cronista, bastantes más virtudes que defectos aunque no consiguen “sanear” la rareza de la regla constitucional construida para robustecer al bipartidismo peronista-radical que signó a la Constituyente del ’94.

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Dos legales y una yapa: Faltan dos semanas para las PASO, que tienen dos efectos fijados por ley y uno no menos rotundo determinado por la lógica política.

En lo legal, las Primarias fungen de eliminatorias. Quedan afuera, para las elecciones generales, los que no consiguen un porcentaje mínimo (“piso”) de votos. Y, desde ya, los que pierden las internas de su partido o coalición. Ampliaremos, líneas abajo.

La otra consecuencia es sociológica, digámosle. El veredicto del padrón nacional es conocido por la ciudadanía en pleno. Se trata de una información amplia e irrefutable. Suele comentarse que las PASO son como una gran encuesta... es un elogio ditirámbico e inmerecido a las encuestas. Votar es cualitativamente distinto a responder a un sondeo: un veredicto de la totalidad del padrón no merece ser cotejado con la mejor encuesta (sería faltarle el respeto). Con esos datos, los ciudadanos tienen la posibilidad de repensar cómo usarán el voto en octubre, eventualmente “moverlo” táctica o útilmente. Saben las preferencias de sus compatriotas, se les da una oportunidad de repensar con ese dato en la cabeza.

Si lo harán o no depende de numerosas variables. En 2011 las PASO –antes que como megainformación– valieron como un adelanto inesperado de la primera vuelta que resultó casi un trámite ratificatorio de la reelección de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

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Predecir y contener: Las PASO fueron predictivas de las nacionales en 2011. También, en alta proporción, en la seguidilla de votaciones provinciales de este año. El puntero en las PASO se alzó con la gobernación en Salta, Mendoza y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Santa Fe fue la excepción, aunque debe resaltarse que fueron mínimas las diferencias con las que Miguel del Sel (PRO) triunfó en las primarias y con las que el socialista Miguel Lifschtiz revirtió el resultado quedándose con el ejecutivo provincial.

De cualquier forma, Del Sel corroboró otra tendencia: mantuvo los votos obtenidos en las PASO. Mejor dicho, subió un cachito: algo menos de 50.000 votos sobre 536.000. No es mucho avance, pero es sumar.

También sucedió en Salta y Mendoza. Los gobernadores electos mejoraron el acumulado de las primarias.

Entre los porteños es difícil hacer la cuenta porque Horacio Rodríguez Larreta dividió los apoyos PRO con Gabriela Michetti. En la primera vuelta, totalizó algo menos que la suma de ambos. De nuevo: conservó el grueso de las adhesiones y añadió un puñadito de votos entre la primera y la segunda vuelta.

Fueron llamativos los ascensos de Martín Lousteau (ECO en la CABA) y Omar Perotti (Frente para la Victoria en Santa Fe) en la instancia decisiva pero no les bastaron para desplazar a los que prevalecieron en las PASO.

La fidelización del voto a ganador es, pues, conspicua. Como toda regla empírica no tiene validez universal y puede ser refutada por los hechos en otro momento y lugar. Pero no deja de ser una señal interesante para atisbar el futuro, cuando se tengan cifras certeras en mano.

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Trascender al piso: En la compulsa nacional se eligen fórmulas presidenciales (a padrón único), de diputados en cada una de las provincias y de senadores en ocho.

Hay simultáneamente PASO para cargos provinciales, en once distritos, abarcando a Buenos Aires, el más gravitante.

Así dicho, los pobladores de territorios que ya eligieron autoridades propias o los que no acuden a las PASO tendrán dos o tres categorías de boletas.

Los que son convocados asimismo a nivel local encontrarán en el cuarto oscuro una cantidad sensiblemente mayor. Se añaden las de gobernadores, parlamentarios provinciales, intendentes, concejales solo para empezar. Es una formidable instancia participativa y, si se nos deja bromear apenas, un incentivo a las industrias gráfica y del papel que vienen bien mientras se insinúa una reactivación económica.

Pugnan por la presidencia trece candidatos, enrolados en nueve partidos o coaliciones. Esto es, cuatro serán eliminados en las internas sí o sí. El máximo de presidenciables será, entonces, nueve a condición de superar el 1,5 por ciento de votos.

Hay cuatro fuerzas que parecen estar bien por arriba del piso: el Frente para la Victoria (FpV), Cambiemos (PRO, UCR y Coalición Cívica), UNA (Frente Renovador y delasotismo), el Frente Progresista de Margarita Stolbizer. El Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT) salteó esa valla con anterioridad, se tiene lógica fe.

Los otros aspirantes son Víctor De Gennaro, Manuela Castañeira del MAS, Alejandro Bodart (Nueva Izquierda) y Adolfo Rodríguez Saá. Tendrán que remarla para superar el umbral. Alguno, es el caso de Bodart en sus spots, interpela a los ciudadanos, aun a los que no son “del palo” para que le den una manito para participar.

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Eliminatorias o lista única: Entre nueve competidores, son tres los que van a internas por la boleta presidencial.

- Cambiemos, donde se enfrentan Mauricio Macri (PRO), Ernesto Sanz (UCR) y Elisa Carrió (CC).

- UNA, que enfrenta a Sergio Massa con José Manuel de la Sota.

- El FIT, en el que confrontan Jorge Altamira con Nicolás del Caño.

Sus adherentes ensalzan esa decisión y la colocan como una referencia ética positiva, en particular para cuestionar al FpV, que va con candidato único, Daniel Scioli.

Mocionar lista única o competir entre varias es una decisión táctica, política, que está legalmente admitida. Desde ya es discutible y los ciudadanos pueden expresarse críticamente con su palabra o migrando a otras fuerzas. Elevar esa opción a paradigma moral repite un sesgo fastidioso de las polémicas públicas nativas: indignarse como método, transformar cualquier debate en un dilema ético.

Cuando “todo” se describe como imperativo moral, la acción política cede terreno. La politóloga Chantal Mouffe explica bien que la política democrática es agonística, competitiva, lo que puede hacerse con fervor y hasta fiereza. Pero siempre reconociendo un espacio común en el que “el otro” es adversario y no enemigo: lo enfrento aunque sabemos que tenemos una identidad común. Lo moral divide aguas: el que se aparta no merece ser reconocido porque no es diferente sino indigno: los valores no son negociables ni renunciables.

En este caso, too much. Sobre todo porque la mayoría de las fórmulas va en lista única. Hay otra referencia soslayada que robustece el argumento. Los paladines de la competencia como base de la democracia apelan a la lista única en elecciones provinciales. Estas son, por esencia, tan valiosas y democráticas como las generales.

Los roles cambian en Buenos Aires. El FpV tiene dos precandidatos a gobernador: Julián Domínguez y Aníbal Fernández. Cambiemos opta por el unicato con María Eugenia Vidal. El FR propone a Felipe Solá como exclusivo candidato. El radicalismo mendocino se alzó con la gobernación con una lista de unidad pluripartidaria. Cada cual atiende su juego o elige su propia aventura, a veces mestizando criterios.

Cada táctica conlleva premisas, beneficios, riesgos y déficits. Todas las herramientas y manejos electorales, supone este cronista, merecen ser debatidos en el futuro próximo para mejorar la calidad del sistema. También sucede con la boleta electrónica o la única, a las que este escriba cuestiona.

Las argumentaciones son válidas y si se polemiza es porque se cree en la importancia del temario. La calidad de la controversia, por ahí, se elevaría si se le quita arrogancia y sectarismo. Y se le añaden lecturas informadas. La valoración es omnipresente e irrenunciable, también debería serlo la admisión de otras lógicas o ideologías, con perdón de la palabra.

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“La provincia”: Todos los presidentes electos desde 1983 ganaron en la provincia de Buenos Aires. Cerca del 40 por ciento de los electores vota allí. La regla se corroboró siempre y, en general, el total bonaerense se asemejó bastante al nacional sin calcarlo. Subrayamos de nuevo, para lectores minuciosos: nos referimos a las presidenciales. Fernando de la Rúa venció en 1999 a Eduardo Duhalde en pagos bonaerenses aunque el compañero peronista Carlos Ruckauf se adjudicó la gobernación.

Dicho de otro modo, en relación con cálculos o proyecciones. Si Scioli, que es el aspirante mejor posicionado según la encuestas, pretende evitar la segunda vuelta para llegar a la Casa Rosada, deberá obtener en “la provincia” algo así como el 40 por ciento de los sufragios o el 45 si quiere andar más tranqui.

Buenos Aires será central, como siempre. En esta ocasión hay una característica coyuntural novedosa: es el potencial del Frente Renovador de Massa, que en 2013 se hizo muy fuerte en ese suelo.

Es improbable que reitere su desempeño, pero tal vez pueda disputar mejor el segundo lugar contra PRO en ese suelo afín. La chirle candidatura de Vidal versus la más sólida de Solá pueden contribuir en cierta dosis.

Las mejores barajas de Macri siguen fincadas en la CABA (donde es factible que logre su mejor porcentual comparativo), Santa Fe y Córdoba. Si teclea ahí, sería game over. Si sólo prosperara allí, pinta que sería poco.

Pronunciamientos previos y sensación térmica contribuyen a imaginar una distribución geográfica y social dispar del voto. El FpV se hace fuerte entre los trabajadores más humildes, en los conurbanos, el NOA y el NEA. Sus adversarios suelen tener más arraigo en las provincias de la “zona centro” (Córdoba, Santa Fe, la CABA), en las clases medias-altas y en muchas ciudades grandes, aunque no en todas.

Desde la recuperación democrática siempre se llegó a la presidencia aupado por un apoyo policlasista. Así que el FpV deberá crecer en los estratos sociales medios para arriba (algo que logró con creces en 2005, 2007 y 2011) y sus rivales procurarse el favor de los argentinos de estamentos sociales bajos o medio-bajos.

Algo de eso debió pispear Mauricio Macri cuando pegó su viraje discursivo, la gran nueva de la semana tras el resultado en la CABA, esa victoria que le supo a acíbar.

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Lo que vio Mauricio: Hace añares el senador Carlos Reutemann se apeó de una promisoria candidatura a presidente alegando que había visto algo que lo disuadió. La elocuencia dista de ser una de las virtudes de “Lole”, quien no se explayó más. Se tejieron muchas hipótesis conspirativas sobre el punto, algunas rondaron la vida privada. Sin saberlo del todo, este cronista cree que lo que vio Reutemann era la imposibilidad de gobernar el país en 2003 con su ideología y su programa, demasiado parecido al del menemismo y al de la Alianza. La crisis social, las reacciones populares y la represión podían ser consecuencias cantadas. No quería terminar como De la Rúa o Duhalde... ni se le pasó por la cabeza gobernar como lo haría el presidente Néstor Kirchner.

Quién sabe, en una de esas Macri empieza a leer un contexto similar. No hay en la Argentina un clima de opinión antikirchnerista ni un ansia de cambio copernicano, a derecha por más datos.

Muchas de las reformas introducidas desde 2003 son conquistas. Será peliagudo despojar de derechos a sus titulares. Prometer revertirlos podría ser un flojo programa PROselitista. Lejos está de ser chocante que Macri o sus asesores se percaten, pero sí lo es que cambie de discurso ciento ochenta grados en cuestión de minutos.

Otro aspecto, acaso no tan trillado, es que si el macrismo ganara lo haría con escaso poder institucional: lejos de la primera minoría en ambas Cámaras del Congreso, apenas con un gobernador de su partido. En un subcontinente convulsionado no es un buen prospecto de gobernabilidad quedar a tiro de juicio político: la presidenta brasileña Dilma Rousseff podría chimentarle al respecto.

Tener lucidez para entender lo evidente no embellece el salto al vacío que pegó Macri. Su resultado práctico se medirá en las urnas: en su momento no logró persuadir ni a la azorada tropa propia que estaba en su acto postelectoral.

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Acaso sin quererlo o sin desearlo Macri se metamorfoseó en una variante nacional de Lousteau. Alguien que cuestiona al oficialismo sin aducir diferencias sensibles ideológicas o de proyecto. La oferta es gestionar mejor “lo que hay”. A diferencia del candidato de ECO, Macri no es sincero. Otro es el mandato que lleva, otras tareas le piden los poderes fácticos.

Los medios dominantes zurraron al jefe de Gobierno durante varios días, alelados. El agua retomó su cauce en contados días. La Sociedad Rural extrovirtió su apoyo sin ambages a “la opo”, en la tradicional “fiesta” que se celebra en un predio currado al Estado. Ayer Clarín le hizo un reportaje colmado de pases-gol... el diario más denuncista del país suprimió toda alusión al procesamiento del candidato PRO.

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Spots y cercanías: Los spots publicitarios se reparten en los medios audiovisuales. Como la radio y la tele no son el Agora, su recepción no será universal y uniforme. Oyentes o televidentes recibirán la oferta de modo aleatorio y dispar signado por sus preferencias como público y por los devaneos del zapping.

Las campañas se despliegan en todo momento en la sociedad de masas. Esta etapa institucional es funcional, todo modo: ayuda a visibilizar protagonistas, insinuar propuestas, pedir el voto con mejores modos o a través del miedo.

El establishment interviene con un haz de recursos capciosos, se lo nota nerviosho.

Las votaciones serán la expresión genuina de la voluntad popular. Las operaciones o movidas de los poderes fácticos quizá formen parte del escenario que en dos semanas cobrará forma más precisa.

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