EL PAíS › EL ENRARECIDO AMBIENTE EN LA ASAMBLEA DE GUALEGUAYCHU

Soñando con una guerra

El corte sigue y en la ruta parece estar naciendo un pueblo, con infraestructura permanente. Después de que el Banco Mundial diera los créditos a Botnia, el clima mudó. Se habla de Torres Gemelas mirando la alta chimenea de la fábrica. Se jura que la pastera jamás va a funcionar.

 Por Marta Dillon

Puede sonar descabellado para cualquiera que no haya pasado al menos 24 horas en Gualeguaychú, al sur de Entre Ríos. Pero en esta ciudad encandilada consigo misma, con la potencia de sus industrias, la pureza de su aire, el amanecer que tiñe el río e incluso con la convicción de sus propios habitantes, la palabra no resulta disonante. Al contrario, guerra parece ser sencillamente la punta de un camino que quienes están en la ruta, bloqueando el paso hacia o desde Uruguay, no dudan que es necesario recorrer para salvar lo que les pertenece, la ciudad, sus montes y sus orillas tal como los conocen y los aman. ¡¿Guerra?!

“No veo por qué tanto miedo –se jacta un fabricante de autopartes y flamante escritor–, a nosotros nos están apuntando con armas químicas. Si ponen el dedo en el gatillo nos tendremos que defender.” Y la declaración, con un tinte de soberbia en un hombre que pasó los 60, no es aislada. Al contrario, se repite en cada corrillo de los que se forman sobre la cinta de asfalto que alguna vez unió dos países hermanos y ahora los enfrenta bajo la sombra de la inmensa chimenea de la empresa pastera Botnia. Que se ilumina por las noches, casi como una provocación.

“Puede ser que la fábrica se termine de construir, no digo que no. Pero de ahí a que esa chimenea empiece a largar humo, hay una distancia muy grande. La asamblea es creativa, va a encontrar el modo de que Botnia no funcione, como sea. Lo que yo quiero preguntar públicamente es quién se va a hacer cargo del conflicto social que se va a desatar si llegamos a ese punto, ¿el gobierno nacional? ¿El Banco Mundial? ¿Tabaré Vázquez?” Jorge Fritzler habla tranquilo, con ese modo de cantar las palabras que se contagia porque cada frase parece una sentencia. Comerciante de 40 años, es uno de los referentes más nombrados de la Asamblea Ambientalista y Ciudadana de Gualeguaychú y ferviente defensor del corte de ruta. “¿Duro? Así me sindican, yo no creo que haya duros o blandos en esta asamblea. Hay distintos puntos de vista, pero andá a encontrar uno que te diga que hay que abandonar la lucha. Y no digo de los que están acá, en el corte, preguntá en todo Gualeguaychú. No lo vas a encontrar. Es posible encontrar traidores, pero a esos se los conoce y es imposible evitar que la traición exista, hasta la Biblia empieza con una traición.”

Enrique Caballero le pone nombre a la traición que menciona Fritzler: Héctor Rubio y Horacio Melo. “Ellos fueron parte del grupo inicial, iban a las radios y nos alertaron a todos de lo que podía pasar. El precio de Melo (actualmente asesor de Cancillería en asuntos relacionados al río Uruguay), un sueldo de 3500 pesos. El de Rubio debe ser más alto, porque para decir públicamente que Botnia no contamina ¡hay que tener cara!” Lo cierto es que más allá de la voz disonante de Rubio, desde que se decidió interrumpir por tiempo indeterminado el puente no hubo ni una moción para que se levante la medida o se la reemplace por otra. Hace seis días –cumplidos ayer– que cruzaron un camión en la ruta y sólo discuten detalles de organización o quién representará al conjunto en algún canal. La única propuesta distinta se hizo el viernes a la noche, cuando una médica insistió en volver a pedir una audiencia al Presidente.

“Si quiere hablar con nosotros que venga a la Asamblea, estamos dispuestos a escuchar pero no a seguir rogando”, sintetiza Isabel, de unos 50, que no quiere dar su apellido. “En la última asamblea nos alegramos de que haya endurecido su posición hacia Uruguay, que haya dicho expresamente que Tabaré Vázquez se niega a negociar. Ahora, si él sabe que es así, que no crean después que esto se arregla tan fácil. En La Haya ya sabemos que nos va a ir mal, habrá que tomar medidas extremas.”

–¿Qué tipo de medidas?

–Cortar el suministro de gas, de energía, poner el cuerpo si es necesario. A mí de acá me sacan muerto, eso lo puedo asegurar –afirma Antonio Campostrini, enfermero ambulatorio y gasista improvisado que conecta las garrafas de la vida cotidiana en la ruta en torno al mate o las comidas, siempre y cuando no haya asado.

Microclima

Existe un ecosistema particular a la altura del kilómetro 28 de la ruta internacional 136. Uno en el que las ideas y las acciones, los acuerdos y las diferencias parecen convivir en perfecto equilibrio, alimentándose mutuamente, y donde la especie dominante, las y los asambleístas, se reproducen en perfectos turnos escalonados para asegurar la permanencia del mayor orgullo de la zona: el corte de ruta por tiempo indeterminado y hasta las últimas consecuencias. En este microclima en el que germinan militantes que acercan todo tipo de donaciones –juegos para niños, agua a granel, dos o tres bolsas de supermercado– es difícil encontrar a alguien que vea ese acoplado que bloquea el camino como un encierro.

“Yo estoy segura de que este corte va a hacer mucho bien. Mucho bien –insiste Alba Vence, de 26, también comerciante–, porque nosotros ya no tenemos nada que perder, pero los uruguayos pierden todo. Ellos se tienen que levantar, se tienen que dar cuenta. Se van a quedar sin turismo, no pueden venir a comprar. Y ellos de acá se llevan desde la nafta hasta la comida y la ropa. ¿Toda esa pérdida por 250 puestos de trabajo?”.

No hay pregunta que fisure el convencimiento de quienes sostienen el corte. A pesar de que el número fluctúa según la hora del día y por momentos, sobre todo en horario laboral, parece insuficiente para mantener una ruta internacional interrumpida, el desfile de gente es incesante y nadie llega con las manos vacías. “Además –agrega un asambleísta muy joven, bajándose de la moto en la que acaba de llegar– cuando es necesario venimos todos. La semana pasada hicimos una convocatoria y en 30 horas se habían juntado 20 mil personas que marchamos juntas hasta la mitad del puente, sobre el río, donde nos corresponde estar. Eso da mucha fuerza.”

–¿Qué medidas se imaginan que pueden tomar si los cortes de ruta no impiden que la pastera termine de construirse?

–Se pueden cortar todos los pasos fronterizos, ahora parece difícil, pero Colón ya tiene problemas en el paso gracias a las asambleas locales –apunta Fritzler–, esto se va a ir agravando solo. Hasta ahora la corta historia que tenemos nos viene dando la razón, en las marchas cada vez somos más.

–¡Es que de todos modos vamos a morir! –se desespera Cira, ama de casa–, una ve los videos de lo que hicieron en Pontevedra, en España, lo que hacen en Misiones y en tantos lados. No nos vamos a quedar esperando que nuestros chicos se enfermen.

Un técnico en informática, que por razones obvias elige no dar su nombre, muestra un lugar cerca del alambrado que limita una chacra sobre la ruta: “Acá, 80 centímetros hacia abajo, hay un nudo informático que si lo intervenimos dejamos sin conexión de internet a Uruguay. Esa es una medida posible y no es muy complicada de realizar. La pueden empalmar, seguro, pero la podemos volver a cortar mil veces”.

–¿Sobre quiénes creen que ejercen presión con el corte de ruta?

–Al gobierno argentino, al Banco Mundial, al gobierno uruguayo. Nosotros de ellos no necesitamos más que la yerba, que ni siquiera la hacen en Uruguay sino en Brasil. Pero ellos nos necesitan para todo –contesta un tornero que ya cumplió cien noches en la ruta–. Acá no habría conflicto internacional si no hubiéramos salido a la ruta.

–Y si nos tenemos que ir, encontraremos otro rumbo –insiste Marta, una jubilada, mientras recibe a una familia que llega con una donación austera–. Las Torres Gemelas estaban en el medio de una ciudad y sin embargo las embocaron. Esto es más fácil de apuntar, se haría menos daño.

–¿Y quién manejaría el avión?

–No hay que hay que hacer futurología, pero pensá que los que manejaron el avión en Nueva York habían sido entrenados por los mismos estadounidenses. Yo no hablo porque sí, nadie quiere estar en conflicto. Pero el conflicto lo armaron los uruguayos tomando decisiones unilaterales.

Tampoco la sudestada, que anoche arreciaba, violenta, sobre la costa del río Uruguay, alcanzó para amedrentar a quienes se preparaban a pasar la noche en las carpas que en ese descampado, bajo la lluvia y los rayos eléctricos que cruzaban el cielo se veían frágiles como balsas en el mar. Pero para los habitantes de Gualeguaychú, y no sólo para quienes levantan la mano cada noche en las asambleas, cruzar el océano del conflicto internacional que están imponiendo con su tozudez es, más que una pulseada, haber encontrado un sentido trascendente para sus vidas. Y eso, como se sabe, es difícil de desechar.

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Imagen: Télam
 
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