EL PAíS › ESTELA VENCE, LA ASAMBLEISTA QUE MAS TIEMPO ESTA EN EL CORTE

Epopeya de una uruguaya persistente

 Por Marta Dillon

“Yo no sé si es porque soy mujer, pero la gente tiene un compromiso conmigo muy grande. Saben que estoy siempre acá, haya tormenta o 60 grados sobre el asfalto. Vienen, me traen comida, se toman unos mates. De a poquito acá se está armando un hogar con todas las letras.” Estela Vence tiene 55 años, cinco hijos y cuatro nietos, aunque para recordar a la última, una bebé recién nacida, tuvo que hacer un esfuerzo. “Es que vivo acá, sobre la ruta, y eso se paga. Mis hijos no quieren saber nada conmigo, deben ser los únicos de Gualeguaychú que no me vienen a visitar. Tal vez estén un poco celosos. Cuando me preguntan si soy casada tengo que decir que no sé. Casada era, hasta que me comprometí con esta lucha.” Paradójicamente la más constante en el corte sobre el Arroyo Verde es nacida y criada en Uruguay y por su nacionalidad la llaman todos.

“Mi vida es completamente distinta. Yo me baño en el arroyo, como con los vecinos, hago vida de comunidad y para la comunidad.” Estela, junto con un matrimonio mayor que durante 28 años veraneó en Fray Bentos, es indispensable para organizar la vida cotidiana en este paraje cada vez más poblado de construcciones, algunas precarias, otras más firmes, como la que se está armando con los ladrillos que la semana pasada formaron un muro en mitad de la ruta. “Lo hago por Gualeguaychú y también por mi país natal, están ciegos, no ven lo que se les viene”, dice sentada en el micro que un vecino puso al costado del camino para ampararla a ella y a quienes la acompañan turnándose. Ese micro que funcionaba como obrador en una chacra ahora cuenta con freezer, cocina con garrafa, una mesa para compartir lo que esta cocinera profesional prepara a horario y hasta un dormitorio que le cambió la vida casi tanto como la participación en la asamblea y los cortes de ruta. “Ahora están terminando las duchas, pero la verdad es que me gusta meterme en el arroyo. Hay que tener en cuenta que hace un trabajo parecido al mío. El arroyo está ahí para hacer el trabajo que no podríamos hacer nosotros, evitar que cualquiera se anime a pasar por las banquinas. Yo no me animo a decir que esto no va a terminar mal, porque estamos dispuestos a todo, yo la primera. A mí de acá me sacan muerta, porque esto es lo único que puedo dejarles a mis nietos. Yo no tengo plata, no tengo comercio para hacer donaciones; tengo mi tiempo y eso es lo que pongo al servicio de mi pueblo.”

–¿Qué quiere decir que esto puede terminar mal? ¿Que la pastera va a funcionar?

–No, querida, yo no me imagino a esa chimenea humeando. Terminar mal todos sabemos qué significa, significa tener que enfrentar a nuestros hermanos. Pero que quede claro que no es contra ellos, es por nosotros.

–¿Pero no le duele pensar en los vecinos como enemigos?

–¡Claro! Pero no es nuestra culpa. Lo que hacemos es en defensa propia, nadie nos puede acusar de otra cosa. Aunque sabemos perfectamente que la mejor defensa es un buen ataque.

La Uruguaya, enigmática, no da detalles del buen ataque, pero una sonrisa impecable hace eco en las cuatro personas que la rodean, como si compartieran una picardía. “Esta es época de celo de las víboras yarará –dice, didáctica–, terminan de hibernar y están saliendo a buscar comida. Si te bajás de la ruta las podés encontrar y son peligrosas. Pero no nos pican, ¿sabés por qué? Porque respetamos el equilibrio, no les andamos pisando la cola. Nosotros somos así, si nos pisan la cola nos vamos a defender. Si el equilibrio se rompe, no será nuestra responsabilidad. El corte es la última medida pacífica. Que estén todos contentos, mientras haya corte, estaremos en paz.”

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