EL PAíS › COMO SE HACE EL MONITOREO AMBIENTAL DE BOTNIA

Estudiando el río Uruguay

El decano de Exactas de la UBA coordina a los científicos que vigilan a la papelera y explica qué se busca y qué se descarta. El contexto de otras fábricas y por qué el mal olor es relativo.

 Por Laura Vales

Jorge Aliaga es el decano de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, facultad que coordina al equipo de investigadores que estableció la línea de base de Gualeguaychú, un registro que servirá para saber –y eventualmente probar ante la Corte de La Haya– si Botnia contamina. Son unos treinta especialistas de Exactas, de la Universidad de Luján y la Comisión de Energía Atómica a los que la intendencia pagó los traslados y los insumos, y que durante un año hicieron mediciones del agua y el aire. Trabajaron al más clásico estilo nacional: “Prácticamente por los viáticos”, define el decano. Acompañados por escribanos, completaron un mapa de situación cuya importancia empieza a ser valorada recién ahora. “Cuando comenzamos, nos pusimos en contacto con la gente de la Comisión Administradora del Río Uruguay y de la Cancillería, pero había criterios de que con ciertos estudios o proyecciones no convenía avanzar porque hacerlos suponía reconocer que Botnia iba a instalarse”, cuenta este físico de 48 años que parece más acostumbrado a las paradojas de las matemáticas que a las de la política.

El trabajo mostró que el río ya tiene una carga que lo hace vulnerable a los vertidos de la pastera. Tras las primeras mediciones de aire, el municipio decidió instalar una estación de monitoreo permanente de la atmósfera.

–Sobre la contaminación suele decirse que es fácil de detectar, pero que en cambio es muy difícil probar la responsabilidad de las industrias.

–Sí, un argumento válido cuando no tenés contra qué comparar. Suponete que vas a Gualeguaychú y encontrás contaminantes; bueno, ahí el hombre metió la mano hace rato, hay un montón de fábricas en toda la cuenca superior, está la represa de Salto Grande que cambió las condiciones del río... te pueden relativizar todo lo que digas. Ahora, si pudiste determinar cómo estaba la zona antes y lo único que cambió de un día para el otro es que se prendió una enorme planta de celulosa, hay un argumento muy sólido contra qué contrastar.

–¿Qué puede ocurrir ahora que Botnia está en funcionamiento?

–Creo que es muy difícil que se dé una contaminación tan evidente y obvia que haga que la gente empiece a caer descompuesta; sería una cosa muy burda que eso sucediera. Lo que prevemos que puede pasar es que haya pequeñas modificaciones, en particular en el agua, que tengan impacto a mediano y largo plazo. No necesariamente con sustancias que uno pueda decir “esto es tóxico”, sino con por ejemplo cambios en la condición de los nutrientes del río.

–¿Cómo sería eso?

–Que alguna descarga de residuos de la planta agregue nutrientes, que en principio podrían ser no tóxicos, pero que al ir a un cauce que ya tiene un exceso de nutrientes porque hay mucha actividad humana, genere un desequilibrio. El Uruguay era un río que tenía bastante turbulencia, tenía incluso algunos rápidos, pero después de la construcción de Salto Grande quedó mucho más manso. Cuando un río es calmo crecen cierto tipo de algas que se llaman cianobacterias que tienen ciclos y proliferan, en general, en verano. Algunas de ellas son tóxicas para los seres humanos. Y aunque no se diera un caso tan grave, cuando mueren y se descomponen consumen oxígeno en la profundidad, lo que puede generar una mortandad de peces. Ese es el tipo de cosas que se monitorean.

–¿Cuánto habrá que esperar para saber si la planta contamina?

–Es muy distinto en el caso del aire que del agua. La dinámica del agua es lenta, los procesos pueden demorar mucho más. En el aire la contaminación es más rápida.

–¿El mal olor es señal de contaminación?

–No, el mal olor no significa necesariamente que haya toxicidad. Una cosa es que pueda ser terriblemente desagradable e inclusive perjudicial para una región turística, porque nadie va a ir a un lugar si huele mal, y otra cosa es que por ese mal olor vos tengas un problema de salud serio. Un ejemplo en las antípodas: el monóxido de carbono que a veces liberan las estufas que funcionan mal no tiene ningún tipo de olor, y mata en bajísimas concentraciones.

–Entonces, volviendo a la cuestión del tiempo...

–No hay tiempos, porque hay un montón de procesos que... vos podés decir “la pastera tiene filtros” y los ponés de entrada, pero esos filtros tienen una vida útil. Mientras la planta esté, hay que controlar.

La facultad fue contactada por el intendente Daniel Irigoyen a través de un profesor, Héctor Ostera, que es nacido y criado en Gualeguaychú. “Con Ostera, que es geoquímico, convocamos a gente de Ciencias de la Atmósfera, que a su vez contactaron a la Comisión de Energía Atómica, que tiene equipos móviles para las mediciones. Se armó además un grupo que trabajó en el agua con el zooplancton y el fitoplancton. Y hay una parte relacionada con peces para la que se buscó a gente de la Universidad de Luján”. La Facultad, la Universidad de Luján y la CNEA acaban de firmar con la intendencia convenios de cooperación para continuar estos estudios. A su vez, algunos de los investigadores fueron llamados recientemente por la Secretaría de Medio Ambiente para sumarse al programa de vigilancia ambiental de la Nación. Una posibilidad es que todo el equipo se termine por sumar al programa de vigilancia.

–Uruguay anunció que, según sus mediciones, todo está dentro de los parámetros “esperables”. ¿Qué es lo esperable y en qué punto empieza lo denunciable, lo que hay que modificar?

–Hay criterios que varían según los países. Los umbrales en los Estados Unidos y en Europa, por ejemplo, son más rigurosos que en la Argentina.

–¿Qué referencia toma la universidad?

–Nuestro criterio es el estado preexistente, la línea de base: cómo estaba el río y el aire antes de la entrada en funcionamiento de Botnia.

–Si hay contaminación, ¿sus efectos serían reversibles parando la actividad de la planta?

–La gente que está trabajando en cianobacterias nos dice que el problema no es trivial. Hay zonas en Europa, países que ya han pasado por este tipo de cosas, que tienen lugares donde en una época del año lo que hacen es poner un cartel en el lago que dice “no bañarse”. Es un fenómeno parecido a la marea roja, que cuando aparece en el mar no podés comer moluscos. Que sea reversible y en cuánto tiempo depende de cómo se logre romper con el círculo de desequilibrio ecológico.

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