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El invento de otra guerra en Malvinas

 Por Martín Granovsky

El intríngulis de Malvinas tiene una trama difícil de desmontar. En 1982 la dictadura no sólo ordenó una guerra con el Reino Unido: la perdió. Además del costo en vidas, la guerra y la derrota consiguieron aplazar cualquier intención verdadera, hipotética o remota de Londres de discutir soberanía.

Por eso es sensato que la Argentina no responda con bravuconadas militares al anuncio británico de que comienzan las perforaciones para buscar petróleo al norte de las Malvinas. Primero, reavivaría el fantasma de la dictadura. Y luego, sólo les haría el juego a los halcones británicos: ellos saben, como cualquiera, que la Argentina no tiene el poder para convertir la bravata en un hecho militar. Pero usarían la amenaza como si fuera seria. De ese modo la Argentina terminaría demonizada y, como suele ocurrir, el demonio made in England luego sería importado por los conservadores made in Argentina. Una bola de nieve imparable.

Es peligroso azuzar a los halcones. Suelen alimentar a la poderosa prensa amarilla del Reino Unido, que a su vez convierte en temas de agenda pública asuntos que de otro modo quedan limitados a círculos pequeños.

El diario The Guardian editorializó contra su colega amarillo The Sun y dijo que la dureza de ambos lados, el británico y el argentino, obstruyó un proceso de cesión mutua de soberanía (pooling sovereignty en el original) “que permitiría a los isleños desarrollar relaciones normales con su vecino más cercano”. Recordó que eso mismo pudo haber pasado en 1980, cuando el subsecretario del Foreign Office, Nicholas Ridley, propuso un plan de flexibilización.

El editorial “Orgullo imperial”, que causó revuelo en Gran Bretaña, dice comprender el sentimiento de los isleños después de la guerra y también su sueño de convertirse en un Dubai con bandera inglesa. Pero sostiene que “seguirán en aislamiento artificial, sin ayuda del país más cercano para desarrollar su industria petrolera”.

Después, en una crítica a los dos gobiernos, remata: “Gran Bretaña puede mantener a los isleños en el limbo. Los políticos argentinos pueden encontrar en la cuestión de las Malvinas una distracción fácil. Es tiempo de que ambos crezcan”.

Hasta ayer, al menos, aun el ala más conservadora en Londres hacía una descripción de las cosas sin tono bélico. El artículo firmado en el diario The Times por Hannah Strange desde Caracas tenía un título neutro: “América latina respalda a la Argentina mientras Gran Bretaña comienza a explorar en las Falklands”. Strange citó a Hugo Chávez, calificado de “vociferante”, pero resaltó declaraciones vertidas en México por Marco Aurelio García, asesor internacional de Lula: “Las Malvinas deben ser reintegradas a la soberanía argentina. Al revés del pasado, hoy hay consenso latinoamericano detrás de los reclamos argentinos”.

La propia periodista analizaba así la cumbre del Grupo Río en Cancún: “Al contrario de lo que ocurrió en 1982, cuando algunas naciones latinoamericanas, sobre todo el presidente Pinochet en Chile, apoyaron el despliegue británico para repeler la invasión argentina de las islas, el continente ahora mantiene lazos fuertes entre gobiernos ideológicamente aliados y podría montar una poderosa resistencia a las operaciones británicas por el petróleo”.

John Hughes, ex embajador del Reino Unido en la Argentina, publicó una columna en The Guardian llamada “El fárrago de las Falklands”. Comienza preguntándose si podría haber un conflicto militar con la Argentina. Y se contesta: “Mi respuesta es inequívoca. No. Hay una Argentina muy diferente. Lleva 27 años de democracia y pasó la crisis económica y social de 2001 y 2002 sin siquiera pensar en una vuelta al régimen militar. Ya fue suprimida la sombra de una dictadura argentina”.

Práctico, además de citar la historia Hughes recurre al análisis de poder: “En los 27 años que van desde que Raúl Alfonsín fue electo presidente, todos los gobiernos dijeron que las Falklands –o las Malvinas– serían restituidas sólo por medios pacíficos. La prueba de eso es que en la Argentina democrática no se produjo un aumento significativo de la capacidad militar”.

Para Hughes, que la cuestión tenga ahora un perfil más alto se debe al cambio de táctica diplomática por parte de la Argentina. Dice que los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner pusieron mayor voltaje discursivo a la cuestión de las Malvinas y, para ejercer presión, “terminaron la cooperación en pesca con las Falklands y el Reino Unido” y en el 2007 “denunciaron unilateralmente un acuerdo con el Reino Unido sobre exploración petrolera en un área distinta a la que comenzará a ser perforada estos días”.

El ex embajador pronostica que, gobierne quien gobierne en el 2011, no cambiará la política de “Las islas Malvinas son argentinas”, aunque las tácticas son una cuestión abierta. También considera “una lástima” que no haya recorrido el camino de la cooperación, porque en su opinión “tanto la colaboración como la construcción de confianza mutua seguramente habrían servido a los intereses presentes en ambos lados del Atlántico Sur”, léase Argentina de un lado y Londres más isleños del otro.

“Puede haber más dificultades en la exploración petrolera, pero no una guerra”, escribe.

El diario The Independent, con firma de Rupert Cornwell, publicó ayer que no hay ninguna chance de un conflicto armado. En cuanto al escenario actual, para Cornwell la Argentina puede interrumpir parte del movimiento naval entre Tierra del Fuego y las islas, entre ellos el de los cruceros que hacen escala y convirtieron el cementerio en una atracción turística, puede formular reclamos en tribunales internacionales y puede exigir una parte del petróleo que se encuentre. Cornwell encuentra dos dificultades en esa estrategia. Una, “Gran Bretaña tiene derecho a explotar cualquier reserva de petróleo o gas en aguas territoriales de las Falklands”. Otra, la fuerte presencia de tropas británicas y navíos harían improbable una acción militar argentina.

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