EL PAíS › QUEJAS DE USUARIOS DEL SARMIENTO

Un vagón de lamentos

“Era sabido que iba a pasar algo así”, dice Pablo, que todos los días toma el tren del Sarmiento a las 6.20, en Paso del Rey. Da un abanico de razones: las demoras de todos los días, el agua que entra cuando llueve porque las ventanas están rotas, los pocos ganchos que hay en los furgones para que los trabajadores cuelguen sus bicicletas. “Llega un momento en que la gente explota. Cuando no hay trenes, te chamuyan de que hay un accidente, ¡mentira!, son problemas de ellos. Uno quiere llegar a su casa, bañarse y estar con su familia. Eso te pone de la cabeza”, resume. Su testimonio es un ejemplo de los padecimientos de miles de usuarios del ex Ferrocarril Sarmiento.
Hay una escena diaria para los usuarios del tren que parece amargarlos más que las demoras y la ausencia de ventanas en los vagones de la línea Sarmiento. Es el momento en que llega un tren nuevo a los andenes y “la gente se mata para subir” y conseguir un asiento, en enfrentamientos con los que bajan que a veces terminan a las piñas. “Se viaja como perro”, sintetiza Antonella. Cuando los pasajeros bajan “parecen la carne cuando sale de la picadora”, ilustra Rosa. Un instante del día que alcanza para “hacer que la gente se vuelva insensible, porque son condiciones dignas de un animal”, concluye José.
Los usuarios llegan como autómatas a la entrada de la estación Once, indiferentes a la decena de policías que custodian la entrada sobre Bartolomé Mitre. Y los uniformados son los que les informan: “No hay trenes”. Muy pocos piden explicaciones. Como en un videojuego, rebotan frente a los chalecos naranjas para retroceder por las escaleras y empiezan a pensar en qué volver.
“Salí con el tiempo justo. Entro a las 18, si voy en colectivo tardo dos horas y no tiene sentido ir por media hora”, asumió Antonella, una estudiante de Psicología que ayer no fue a la Universidad de Morón. “Te da bronca, pagás el boleto y es todo un desastre”, calificó.
El recorrido diario de Pablo arranca a las 6 y 20 en Paso del Rey y culmina en una confitería de Capital, donde trabaja. Tiene 26 años y se enteró de lo que pasó en Haedo cuando sus compañeros le señalaron el televisor con una frase: “Mirá el quilombo”.
José, de Flores, interpretó la quietud de los vagones en Once como “una represalia” por lo ocurrido en Haedo. Y entendió a los usuarios que estaban dentro de ese otro tren. “Cuando vos estás ahí adentro y hay problemas técnicos, querés salir, porque no sabés la gravedad de lo que sucede. El miedo produce desesperación y violencia”, diagnosticó. “La gente sale del tren de manera irracional y como viene acumulando bronca, sale enardecida. Lo primero que pensás es ‘este tren de mierda’. Pero no sabemos de qué lado viene el que capitalizó la bronca”, aclaró.

Informe: Daniela Bordón

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