PSICOLOGíA › RESCATE DE LA PSICOANALISTA SABINA SPIELREIN

“Ejemplo contundente para las mujeres”

 Por Sabine Richebächer *

Sabina Spielrein abandona Munich y pasa la temporada veraniega junto a su madre en Kolberg. En octubre llega a Viena y se muda a la pensión Cosmopolite, un majestuoso edificio Jugendstil en la Alserstrasse, en el distrito vienés número IX. De acuerdo con los datos policiales de empadronamiento, Sabina estuvo registrada en Viena desde el 14 de octubre de 1911 hasta el 20 de abril de 1912. En la primera sesión de la Asociación Psicoanalítica de Viena después del verano, que tuvo lugar el 11 de octubre de 1911 en el local del café Arkaden, se consuma uno de sus grandes deseos: Sabina Spielrein es elegida miembro de la Asociación con motivo de su disertación.

En la historia del psicoanálisis las mujeres juegan un importante papel como facultativas, teóricas y –como en el caso de Melanie Klein y Karen Horney– fundadoras de escuelas psicoanalíticas propias. Además, ofrecen un ejemplo contundente para las mujeres profesionales. Al contrario de otras profesiones cualificadas que gozan de un estatus relativamente alto, el psicoanálisis se encuentra abierto desde el mismo comienzo a las mujeres. Sigmund Freud crea un precedente importante, porque valora y respeta a las mujeres, aunque en muchos aspectos siga conservando una imagen tradicional-conservadora de la mujer y no anime a sus hijas (sí a sus hijos) a realizar una carrera. La cuestión de la feminidad permanece durante toda su vida –en sus propias palabras– “un oscuro continente”. Otros factores son que el psicoanálisis es una ciencia muy joven. Debe imponerse fuera de la universidad y por eso posibilita que las mujeres hagan carrera en sus filas.

La mayoría de los psicoanalistas del grupo formado en torno de Freud provienen de familias judías; pero las mujeres –a diferencia de sus colegas masculinos– son las que marcan el carácter internacional del movimiento. Muy pocas nacieron en Viena: provienen de Rusia y Polonia, de Galitzia, Hungría y Bohemia... En abril de 1910, con el ingreso a la Asociación Psicoanalítica de Viena de la pediatra Margarethe Hilferding, de soltera Hönigsberg, se produce la primera admisión de una mujer. A comienzos de enero de 1911 dicta una conferencia, “Acerca del fundamento del amor maternal”, en la que llega –a partir de la observación en la práctica clínica de que muchas mujeres albergan impulsos hostiles hacia sus hijos– a la conclusión revolucionaria en aquel entonces de que no existe un amor maternal innato.

La admisión de Hilferding en la Asociación se produjo a propuesta de Paul Federn y contra la oposición de Isidor Isaak Sadger, que rechaza la membresía femenina por “cuestiones de principio”. Junto a Sadger y su sobrino Fritz Wittels, Victor Tausk también ventila su reserva con la grotesca argumentación de que las mujeres que estudian Medicina suelen ser homosexuales. Hilferding replica indicando que en la Universidad de Viena las mujeres solamente son admitidas en las carreras de Filosofía y Medicina; antes bien, “el observador [Tausk] parece acercarse a estas cuestiones desde una posición prejuiciosa”.

“Nuestra única mujer con doctorado participa de la revuelta adleriana –se queja Freud ante Jung en vísperas del congreso de Weimar–, nosotros los vieneses estamos en plena desintegración.” Alfred Adler es uno de esos discípulos-hijos de los que Freud se desengaña a causa de diferencias teóricas y de los que se separa con gran querella. Acto seguido, Adler funda una asociación de investigación psicoanalítica independiente y una escuela de psicología profunda: la psicología individual.

En la misma sesión en que se admite a Sabina Spielrein, Freud fuerza la expulsión “de toda la pandilla adleriana (seis personas)”, entre ellos Margarethe Hilferding. Por tanto, en ese momento Sabina Spielrein queda como la única mujer en la Asociación. La nueva asociada participa activamente en las discusiones. “En la última sesión, Spielrein ha sido la primera en tomar la palabra, de modo muy inteligente y ordenado”, informa Freud a Zurich. En febrero, con Tatjana Rosenthal, se agrega otra mujer; Rosenthal también es rusa y antigua estudiante de Medicina en Zurich.

Entretanto, la intensa amistad entre Freud y Jung se ha resquebrajado. Jung se cansa lentamente de desempeñar el papel de hijo dedicado y consagrado al padre. En el movimiento psicoanalítico se disputa de modo cada vez más vehemente acerca del rol de la sexualidad infantil en el surgimiento de la neurosis. Tampoco existe acuerdo sobre lo que debe entenderse por conceptos metapsicológicos como instinto o pulsión.

De Spielrein se sabe que es discípula de Jung, cosa que Sabina no tiene reparo en reconocer. Jung no es persona querida entre la mayoría de los vieneses. Esto es algo de lo que Freud no tuvo más remedio que enterarse cuando el 30 y 31 de marzo de 1910, en el II Congreso Internacional de Psicoanálisis de Nuremberg, intenta imponer el nombramiento de C. G. Jung como presidente vitalicio de la Asociación Internacional de Psicoanálisis. Fritz Wittels, en aquel entonces uno de esos “vieneses desprevenidos”, describe así la situación: “Freud se comportaba como el padre de la horda primordial darwiniana: de modo tan despótico como ingenuo. Al percibir la irritación de los vieneses y teniendo en cuenta su determinación para oponerse por todos los medios a la propuesta de Ferenczi [...], lo que hizo fue aplazar a la siguiente sesión la votación sobre esa propuesta. [...] En la tarde de ese curioso día los vieneses se reunieron en una sala lateral del Grand-Hotel de Nuremberg para deliberar sobre la inaudita situación. De pronto aparece Freud sin haber sido invitado. Estaba inusualmente alterado y nos dijo: ‘La mayoría de ustedes son judíos y por eso mismo incapaces de conseguir nuevos amigos para la doctrina. Los judíos deben contentarse con ser abono cultural. Yo debo encontrar la compañía de la ciencia; soy viejo y no deseo ser acosado constantemente. Todos estamos en peligro’. Se agarró las solapas del saco: ‘Ni siquiera este saco me van a dejar’, espetó. ‘Los suizos nos salvarán. A mí y a todos ustedes’”.

En la medida en que Sabina Spielrein se ocupa del Schibboleth del psicoanálisis –la libido y la teoría de las pulsiones–, lo que hace es maniobrar en el ojo crítico de la tormenta. Esta situación la experimenta en la sesión del 29 de noviembre, cuando presenta un informe “Sobre la transformación”, extraído de fragmentos de “Vida y muerte en la mitología”, la tercera parte de su nuevo trabajo. Esta es una elección desacertada, pues el material mitológico de este capítulo tiene la apariencia de ser una recolección arbitraria de materiales. Además de esto, se presenta como más “junguiana” de lo que en realidad es. La discusión que sigue a la presentación se utiliza para criticar a Jung. Al día siguiente Freud escribe a Zurich: “Spielrein ha expuesto ayer un capítulo de su trabajo (de ella, no de usted) a la que siguió una discusión instructiva. A mí se me ocurrieron algunas formulaciones contra su método (ahora serio) de trabajo con la mitología que expuse a la pequeña. Es realmente simpática y empiezo a comprender”.

* Fragmento del libro Sabina Spielrein. De Jung a Freud, de próxima aparición (ed. El cuenco de plata).

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