SOCIEDAD › UN TESTIMONIO SOBRE EL COTIDIANO DE LA PROSTITUCION

“Ese es mi trabajo, estoy acostumbrada”

Sin disimulos y en el marco particular que Gilio les da a sus crónicas, un diálogo abierto sobre la vida laboral de una prostituta. Los maltratos, los peligros, las peleas por la parada y el peculiar costo emocional.

 Por María Esther Gilio

Nueve de la noche del día más frío del año; en los suburbios de Maldonado una lluvia firme y constante pone brillo en el Camino de los Gauchos y los árboles que lo bordean. Los autos pasan tan veloces que no permiten pensar en el titubeo que podría alimentar la más leve de las esperanzas. La noche húmeda, ventosa y helada parece arrasar con todo deseo. “Hoy no hay ganas”, dicen las chicas que esperan sosteniendo un paraguas que el viento quiere arrancar y llevarse. No hay casas a la vista, sólo árboles oscuros que se inclinan hacia uno y otro lado empujados por los vientos que vienen del Sur y del Este. Durante un rato –mientras lucho con mi propio paraguas– miro a las dos chicas de enfrente y pienso en las palabras que debo usar para hablarles. Rechazo varias frases hasta que encuentro la que sirve: simple, sin eufemismo. “¿Están trabajando?” “Sí estamos.”

Les explico que soy periodista y me interesaría conocer de sus vidas y su trabajo. “Yo no tengo inconvenientes –dice la rubia gordita– pero tenés que compensarnos. Hace un rato que estamos acá. No podemos irnos y perder la noche. ¿Cuánto tiempo precisás?”

–Algo más de una hora. ¿Cuánto te pagan en una hora o algo más?

–Trescientos *.

–Quiere decir que si vienen las dos serían seiscientos. Es mucho. No tengo esa cantidad acá.

–Yo voy por doscientos –dice la gordita–. Esta noche de perros me tiene helada y con pereza.

–Yo no voy –dice la otra, castaña, de pelo recogido y aspecto de maestra jardinera–. Tengo un cliente que viene los martes. Que vaya ella sola.

Aunque en aquel descampado parecía imposible encontrar un bar, había uno a pocas cuadras.

–¿Compartimos una cerveza?

–No tomo alcohol. Para mí una gaseosa –dijo la chica de nombre Pamela.

–Cuando veníamos te pregunté si estabas casada y me dijiste que los hombres...

–Lo que te dije fue que uno tiene que aguantar a los hombres en el trabajo y que eso ya es bastante. Por eso casarse...

–¿Qué es lo que te cuesta aguantar?

–El tema de la plata es una de las cosas. Hay otras.

–¿Qué otras?

–Te digo lo más simple. Salir con hombres que no nos agradan. Y a partir de allí...

–Me imagino que eso pasa generalmente. No es fácil que alguien te agrade.

–Sí, sí, eso es verdad.

–Aunque, tal vez, a veces trabajarás con alguno que no te desagrada tanto, que de pronto te gustaría volver a ver.

–No, no, no. Estoy muy mentalizada en estar sola.

–Hijos no tenés.

–No.

–Lesbiana no sos.

–Más o menos –dice riendo.

–Más o menos.... Vos sabés que hace más de treinta años hice una serie de entrevistas como ésta y encontré muchas chicas que hacían tu trabajo y no les gustaban los hombres, sólo las mujeres.

–Te explico el tema de los hombres. Son como groseros. No sé si llegan con conflictos de la casa o si su niñez tiene que ver. Pero no son agradables. Hay pocos agradables.

–¿Qué otra cosa te disgusta?

–La brutalidad; el resistirse a usar preservativo. Yo eso no lo acepto bajo ningún concepto. Yo me cuido.

–¿Del embarazo?

–No, del sida. Al embarazo no le tengo miedo.

–¿Querrías tener un hijo, o pensás que no vas a quedar?

–Yo estuve embarazada durante tres meses y lo perdí.

–Eso no quiere decir nada. Tal vez te gustaría tener un chico.

–Con el tiempo sí, pero no ahora. Económicamente todo está muy difícil. Un día, cuando me retire...

–¿Qué edad tenés ahora?

–Veintiséis.

–¿Cuándo pensás que será ese día?

–Después de los treinta. A los treinta y cinco o seis.

–¡Tan joven!

–Cuando llegue a los treinta y cinco ya está.

–¿Y qué pensás que harás de tu vida en ese momento?

–En ese momento, bueno, buscaré tener un hombre que sea bien. Que no sea del ambiente. Quiero formalizar una pareja. Tener un hogar.

–Pero si no te gustan los hombres.

–Pienso que si dejo de trabajar me pueden gustar.

–Pensás que podrás desinteresarte de las mujeres.

–Sí, hoy me gustan en la comparación. Son más dulces, tienen otro trato. Y, además, no hay penetración.

–La penetración la sentís como una invasión.

–Sí, sí, el pene es una cosa... es muy abusivo. Y el hombre no entiende lo que uno siente frente a eso. Con las mujeres nos entendemos. Son dulces. Entienden cómo somos las mujeres.

–¿Cómo somos las mujeres?

–Nos gusta que nos mimen, que nos abracen.

–¿Los hombres no te abrazan?

–Aunque me abracen a mí no me gusta, no lo siento, me molesta. Hay que aguantar tanto de los hombres.

–¿Qué, por ejemplo?

–Los hombres son a menudo psicópatas. Cómo puedo aceptar a un hombre que viene conmigo, me paga y yo siento que lo que más quiere es contarme que manoseó a su sobrina que es una niña. O a su hija.

–¿Por qué pensás que te cuentan eso?

–Para excitarse. Les gusta contarlo. Te ponés a analizar y decís ¿por qué me lo cuentan? A mí no me gusta que me cuenten esas cosas. No me gusta. Lo acepto porque es mi trabajo. Pero no me gusta.

–¿Es muy común?

–Es, sobre todo en la gente mayor. En los más jóvenes no. Yo tengo chicos de 17 años hacia arriba y ni se les ocurre. Jóvenes que son primarios o que se pelearon con la novia, y vienen a ocuparse con una. Estos chicos son normales. Hace dos años atrás no me gustaba atender a jóvenes. ¿Por qué? Porque los veía como bobos y muy mimosos. Hoy por hoy los prefiero a los mayores. Los mayores son psicópatas. A un dos por tres te cuentan que han violado y tú ves que les gusta la historia, contar la historia con todo detalle. Tienen otra mente, otra cabeza. Aunque, lógico, hay algunos –pocos– que son bien.

–¿Cuando hablás de mayores de qué edad hablás?

–Y... estoy hablando de 40 para arriba.

–¿Hasta qué edad?

–Vienen de todas las edades, también de 70, 80.

–¿Y agarrás?

–Lógico, ése es mi trabajo, estoy acostumbrada. Eso sí, siempre con preservativo. Para mí el preservativo es fundamental. En lo demás, todo. Yo no le hago asco a nada. Hay hombres que trabajan en la construcción y vienen los viernes, directamente sin pasar por la casa.

–Querés decir que no están limpios.

–Claro que no están. Salieron del trabajo, después de diez horas, y sin ir a la casa se vinieron. Transpirados. Uno está acostumbrada a todo eso. Me da un poco de asco, lógico que sí.

–Me parece que tú eres muy prolija.

–Sí, aunque hoy hace tanto frío que no estoy vestida como me gusta, con vaquero y polerita.

–Me dijiste que tenías 26 años, ¿cómo empezaste?

–Conocí a un muchacho que cantaba en una orquesta tropical que tenía una chica, que en ese momento era su pareja, y nos hicimos muy amigos. Charlábamos mucho y yo siempre quejándome de que no tenía plata y me quería comprar esto o aquello. Un día él me dice “¿No querés salir a trabajar con mi novia?”. Ella era prostituta. “Ella te lleva a su parada y ahí podrás tener plata para tus cosas.”

–Ya no eras virgen.

–Ya no era. Tenía 18 años. A los 15 años me había enamorado de un chico locamente y ahí, ya.

–Hay como un derecho sobre la parada.

–Claro. Donde tú me recogiste está mi parada. Después que estás un tiempo en una parada, esa parada es tuya. Y si quieres dejas parar a las nuevas o no.

–¿Cómo hacés para no dejarlas?

–Y les hablas mal, les dices que no quieres que estén ahí. Y es justo, porque estás defendiendo tu comida, ¿no? Hay mucha juventud que entró a este trabajo. Chicas de 16, 18 años y, por más que soy joven no puedo competir con esos años. Puedo en el sentido de que tengo experiencia. Pero los viejos chochos buscan las guachitas. Ahí yo pierdo, por eso no las dejo en mi parada. ¿Qué piensas de esto? ¿Cómo me ves?

–Te veo sincera e inteligente.

–No tanto, no tanto. Y, aunque creo que tengo un poco de cabeza, pienso que no he tenido suerte.

–¿No fuiste tú misma eligiendo tu suerte? ¿Nunca se te ocurrió estudiar algo, aprender algo?

–Yo, cuando terminé la primaria quería hacer el liceo, pero la mujer de mi padre le hizo la cabeza para que no me dejara. Le dijo que yo al liceo iba a ir a putear y ya ves en qué estoy ahora.

–¿En qué otra cosa no tuviste suerte?

–En la madre y el padre que me tocaron. Cuando yo cumplí 6 años mis padres ya estaban separados. Y yo siempre de aquí para allá como una pelota de ping pong. De mi padre a mi madre y de mi madre a mi abuela. Yo sufrí mucho toda la vida con mi madre. Era una hija que quería estar toda la vida con ella. Mi anhelo era que mi madre un día me hiciera un mimo y me dijera que me quería. Nunca me lo dijo. No sé por qué. Hay mujeres que tienen suerte.

–¿Qué sería suerte para ti?

–Y... Tener un sueldo de 10 mil pesos.

–¿No los ganás con tu trabajo?

–No, hoy por hoy, no los gano. Podría también tener la suerte de encontrar un cliente que se enamorara de mí y me diera mil pesos todos los días.

–Eso ya es más que suerte. Son 30 mil pesos por mes. Pocos ganan esa cantidad.

–Yo conozco una chica que tenía un abogado –no voy a decir el nombre–- que le daba mil cien casi todos los días.

–¡Mil cien!

–Cien para una niñera que le cuidara los chicos y mil para ella. Pero ella sin cabeza, consumió drogas. Una tonta. Ella consumía y con tanto dinero se empezó a pasar. Yo me doy cuenta de que es verdad, que a veces no se puede parar. Yo paré.

–¿Consumías?

–Consumí droga y alcohol durante 11 años. Por eso hoy te dije que no quería cerveza. Estoy en Alcohólicos Anónimos. Alcohólicos Anónimos me cambió la mente. Hoy hace tres meses y cinco días que estoy en abstinencia.

–Quiere decir que pudiste.

–Se puede, yo creía que no se podía. Empecé con este trabajo, gané mucha plata. Pero la desperdicié en la droga. Compraba cocaína y marihuana. La marihuana no es tan dañina, pero tengo gente amiga que fuma cinco, seis cigarros por día y tienen la cabeza que ni saben dónde están. A mí no me molesta, pero veo que su vida anda a los tumbos.

–Qué bien que dejaste. ¿Cómo fue?

–Yo empecé con las drogas a los quince.

–Antes de empezar con este trabajo.

–Sí, yo tenía un trauma de niñez, total. Mi madre tuvo dos varones y una nena, pero sólo quiso a los varones. Yo no existía. Y bueno... empecé a hacer cagadas. El grande ya tiene su vida. El chico está con ella y va a colegio privado. A mí me gusta porque lo quiero mucho, pero no dejo de ver la diferencia.

–¿Cómo empezaste?

–Un día, un amigo que estaba consumiendo me dijo si quería probar y me gustó. Me hacía olvidar los problemas. Lo malo es que después el bajón era peor.

–También consumías alcohol.

–Sí, mucho alcohol. Whisky. Aunque después empecé con cerveza, que no me dejaba tan dormida por la merca. Y fue ahí que me prostituí porque con el alcohol y la droga ya no me importaba nada.

–Además precisabas plata.

–Claro. Ahora hay algo que me admira de mí misma, siempre el preservativo estaba en mi cabeza. La gente que consume llega a un momento en que no sabe lo que hace. Yo no, siempre supe. Lo que no te conté es cuando estuve casada. A los 19 estaba trabajando en Pando y conocí a un chico que se enamoró de mí.

–¿Y tú?

–Yo no. El muchísimo, yo no. Un chico buenísimo, trabajador y muy lindo, rubio de pelo largo. Pero yo no.

–¿Te habías casado, casado?

–Sí, con papeles. Pero no me aguantó porque yo vivía drogada o borracha. Se cansó. Y yo también me cansé, porque no estaba enamorada. Largué todo al carajo y me fui a hacer pueblos.

–¿Eso qué quiere decir?

–Que trabajás un tiempo acá y vas mudando. Eso se hace para no cansar a la gente. En Minas estuve dos años. Después en Rocha y en otros departamentos. El lugar que más me gustó fue aquí, porque se ganaba muchísimo. Por eso volví. Pero eso ya fue.

–Contame cómo empezaste con Alcohólicos Anónimos.

–Un amigo que me quiere muchísimo me dijo si no quería cambiar de vida, porque lo único que yo hacía era fumar porros y tomar vino –porque, al final, para otra cosa no tenía plata–. Y, en medio de eso, dormía y lloraba.

–Fuiste. Contame bien esa experiencia.

–Fui y cuando llegué ahí, me quedé media rara porque no entendía nada.

–¿Qué es lo que no entendías?

–No entendía porque llegué con la cabeza muy loca. El día que llegué, un rato antes había consumido. Había tomado droga y alcohol.

–¿Qué sentías?

–El alcohol te pone más atrevida. Hacés cualquier cosa. Te metés en cualquier lado. La droga... depende de tu cabeza. Lo que te puedo decir es que no sos la misma.

–¿Por qué necesitabas las dos cosas?

–La droga la tomás para seguir bebiendo. La droga te pide algo de beber porque te da sed y lo único que quieres es alcohol.

–Llegaste entonces a Alcohólicos Anónimos.

–Llego y me veo una mesa muy larga, con unas cuarenta y pico de personas. Yo me dije: “¿Acá qué hago? Me voy, me voy”. Pero la persona que me había llevado me dijo: “Vamos ¡arriba! Entrá. Sé valiente. Vamos”. Entré, me senté y el coordinador me dio la bienvenida. “Aquí está Fulana, ésta es su primera terapia. Tenemos que ayudarla.” Ahí, la persona que quiere hablar levanta la mano y el coordinador anota. Por ejemplo Estela. Estela te dice: “Buenos noches, compañera. Soy Estela, alcohólica o adicta. Te doy la bienvenida y te digo que te aferres a las herramientas”. Las herramientas son concurrencia al grupo, abstención por 24 horas e ingestión de dulces para combatir la ansiedad. Yo nunca había comido dulces, el alcohol pide salame, aceitunas. Ellos te dicen que siempre tengas dulces en tu casa y que lleves caramelos en los bolsillos, en la cartera. Yo escuchaba y no entendía. Porque después de la bienvenida hablan otros. No entendía cómo era que se metían el cucharón hacia adentro y sacaban cosas tristes de su vida. Al mismo tiempo hay una regla. Todo lo que se ve y oye ahí, ahí debe quedar. Durante los primeros 20 días yo no entendía nada, pero igual seguía yendo.

–¿Qué es lo que querías entender y no entendías?

–No entendía por qué la gente sin vergüenza contaba esas cosas. De pronto alguien decía: “Yo violé a una hermana” o “Yo lo robé a un amigo”. Yo pensaba “pero éste es un hijo de puta” o “Este no tiene corazón”. Después fui entendiendo que el alcohol o la droga te llevan a hacer cosas malas. Otra cosa que, al principio, no entendía era que al final de testimonio los compañeros agradecían. “Gracias, Juan”, decían o “Gracias, Brenda”.

–¿No les decías que no entendías?

–Sí, decía a alguna compañera y ella me decía: “No, al principio no es entender, hay que sentir. Es más tarde que entiendes”.

–¿Cada cuánto ibas?

–Al comienzo te tienes que regalar de sesenta a noventa terapias todos los días. Después puedes ir salteando. Hoy voy tres veces por semana por el tema del trabajo. El problema fue cuando hacía un mes que iba y tuve la oportunidad de venirme a Maldonado. Y bueno, no conocía a nadie. Porque yo soy muy tímida. Te cuento que salvo en el trabajo, soy muy tímida.

–¿Cómo superás eso en el trabajo?

–Hay que superarlo porque si te ven tímida, tonta, te pasan por arriba, te usan.

–¿Qué hiciste, entonces, acá, en Maldonado?

–Por primera vez superé la timidez en un ambiente que no era el de mi trabajo y que no conocía. Hablé, di mi testimonio sobre lo contenta que estaba de no consumir, de no levantar esa primera copa ya que cuando no hay primera no hay ni segunda ni tercera. Hablé de lo bien que me hacía concurrir al grupo. Que cuando escuchaba testimonios de compañeros yo sentía que había vivido lo mismo y eso me hacía bien. Consumí durante once años, se fue mi juventud en eso.

–Pamela, me hacés reír. Tenés 26 años, ¿qué juventud se te fue?

–Se me fue lo más lindo de la juventud.

–Se te fue lo más difícil. Lo más lindo viene ahora.

–¿Tú crees? Bueno, de cualquier manera no estoy arrepentida. No me proyecto para el futuro, vivo al día, tratando de disfrutar el momento y de disfrutar al grupo. Yo nunca pertenecí a nada, por fin siento que hay algo que es mío, algo a lo que pertenezco y que me pertenece. Di los 12 pasos, lo cual me hizo feliz porque ayudé a otros. Y puedo seguir ayudando.

–¿En qué consisten esos pasos?

–No me acuerdo de todos, pero es pasarle el mensaje a otro alcohólico, decirle que se puede. Que empiece por 24 horas, que no hay que proyectarse, que llegará a una vida nueva porque le va a cambiar el carácter y el bolsillo.

–¿Te mantenés sin problemas?

–Sí, tengo una casita alquilada... me mantengo. Obvio que si me ofrecen un empleo de 10 mil pesos dejo esto.

–Te gustaría salir de esto.

–Sí, esto te cansa.

–Ay, con esa lluvia y viento.

–¿Viste? No es fácil. Parecés un semáforo con un paraguas. Aunque yo trabajo más los días de lluvia. No sé por qué. Si será que la gente se pone más mimosa o que hay menos mujeres en la calle. Aquí, en este camino, seremos diez o menos. Los días normales, en cambio somos unas 25 aquí.

–¿Cuántas son en la ciudad de Maldonado?

–Si sumamos la noche y el día en Maldonado, somos unas 60 entre mujeres y travestis.

–¿Cuál es la proporción?

–Hoy por hoy hay más travestis que mujeres.

–¿No te equivocás?

–No, no, no me equivoco, hay muchísimos. Ahí cerca de mi parada hoy hay más de seis.

–¿No te produce competencia?

–Cuando consumía alcohol peleaba mucho, era muy ordinaria. Hoy trato de no pelear. En general el hombre ya sabe qué busca. Los travestis son muy chiroleros. Nosotras cobramos entre 150 y 300, ellos van por menos de 100. Para hacer lo que nosotras hacemos con tres visitas ellos precisan 9 o 10.

–¿Dónde hacés el trabajo?

–Si es al paso, es en el coche. O en el hotel. Ahí, el costo total puede llegar a cerca de 1000.

–¿El precio es siempre el mismo, o hacés discriminaciones?

–Hay “oficio terminado”, “sencillo”, “medio oficio” y “completo”. En el completo yo hago el fiasco.

–¿Qué querés decir?

–Que hago trampas, que engaño. Hay mujeres que hacen completo de verdad. Yo no, a lo que soy rellenita el fiasco me sale bárbaro. Por ejemplo yo no dejo que el hombre use sus manos para ponerse el preservativo, por ejemplo. Ahí pueden sacárselo o hacer cualquier cosa. Yo aprendí a usar mis manos y a no dejar tocar al hombre. Yo decido cómo me va a penetrar. Eso evita que algún bruto me lastime.

–Eso que decís se entiende, pero ¿cómo hacés en otro tipo de juegos? ¿También con preservativo?

–También. Todo es con preservativo.

–¿Y no se enojan? ¿No te golpean?

–Tuve una triste experiencia un día en que un chico prácticamente me violó. Se sacó el preservativo, me agarró de prepo. Usó la fuerza. Aunque yo lo conocía. Pasé dos meses con eso en la cabeza. Tomé miedo a los hombres, a seguir trabajando. Creo que fue ahí donde me puse dura con los hombres. A partir de esto no me enamoré más.

–¿Qué querés decir?

–Yo atiendo hombres lindos y feos. Cuando son lindos uno se siente mejor, más agradada. Pero aquel muchacho puso un candado en mi corazón. Ya no tengo ganas de estar bien con un hombre –dice riendo.

–¿Con una mujer sí?

–Sí.

–¿Entonces, cómo pensás que a los 30 y pico podrás enamorarte y tener un hogar, hijos?

–Bueno, eso no sé. Lo que sé es que no quiero llegar a vieja como algunas compañeras que tiene cincuenta años y están laburando.

–¿Qué pasa en verano?

–Los veranos ya no son los de antes. Antes, hace más de dos años, podíamos cobrar mil pesos. Ganar 3 o cuatro mil en una noche. Yo he llegado a cobrar 50 dólares.

–A los turistas.

–Sí, claro, a los argentinos, a los paraguayos. No a los brasileños que son muy amarretes y lloran. El que no es amarrete –aunque es agrandado y pillado– es el argentino. Al porteño le gusta la fiesta, la joda, la diversión. Tanto a las mujeres como a los hombres.

–¿Hay mujeres que vienen a atenderse?

–Sí, tengo muchas que vienen, sobre todo argentinas.

–¿De qué clase social son los que se atienden?

–De todas. Media, baja, alta. Yo tengo clientes ingenieros, médicos, abogados.

–Casados.

–Lógico.

–¿Por qué es lógico?

–Son hombres que están cansados de la rutina. Eso me comentan.

–¿Aunque se lleven bien con la mujer?

–Sí, tengo gente que me paga sólo para conversar. Vienen con el auto y vamos a la Barra o a algún barcito donde no los conozcan. Tengo un amigo que tiene cuarenta y cinco años y hace 20 que está casado. El dice que ya no hay diálogo entre su mujer y él. “Buen día”, “Buenos noches”. Trabajan todo el día y cuando se encuentran no tienen de qué hablar.

–¿No le preguntaste por qué no se separa?

–Este por los hijos. Otros por el qué dirán. Tengo gente que se ocupa conmigo y con la mujer duerme en cuartos separados.

–¿Y de qué hablás con el que sólo va a hablar?

–De todo. Trato de estar alegre, de animarlo. Te digo que menos mal que pasan estas cosas –aunque no deseo que nadie sea infeliz– pero es por cosas así que nosotras trabajamos. A veces pienso que me gustaría poder enamorarme y vivir con un hombre. Pero cuando veo estas cosas (aburrimiento, mentiras, sufrimiento) pienso que no estoy tan mal. Nadie me manda, nadie me pide cuentas.

–¿Entonces, tu proyecto para los 36 o 37?

–En esa época va a ser diferente.

* Diez pesos uruguayos equivalen a uno argentino, aproximadamente.

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Imagen: Leandro Teysseire
 
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