SOCIEDAD › UN MUSEO INTERACTIVO PARA ANA FRANK, EL HOLOCAUSTO Y LOS DESAPARECIDOS

El horror que une a dos pueblos

Una casa de familia fue transformada en el Centro Ana Frank Argentina y se propone capacitar contra las injusticias.

Colgada del pilar que sostiene la pesada puerta de rejas, la fotografía más conocida de Ana Frank da la bienvenida. Su rostro se verá multiplicado, en distintos escenarios y posturas, solo o acompañado, en la habitación principal de la casa y en los ambientes de la planta alta. Desde ayer, el inmueble que alguna vez sirvió de hogar a una familia numerosa (ver aparte) quedó convertido en el Centro Ana Frank Argentina, “un museo interactivo para una pedagogía de la memoria” que no sólo propone poner la memoria en funcionamiento en relación con el Holocausto judío, sino que además relaciona ese hecho con lo sucedido en Argentina durante la última dictadura militar. El espacio, la primera sede de la organización holandesa Casa de Ana Frank, localizada en Amsterdam, será también un centro de capacitación en el que se llevarán a cabo talleres y seminarios destinados a docentes y miembros de las fuerzas de seguridad estatales.

El acto de inauguración formal sucedió ayer, cuando Ana Frank hubiera cumplido 80 años, y contó con la presencia de los integrantes del equipo impulsor del proyecto, del embajador de Holanda, del director de la sede central y funcionarios de los gobiernos porteño y bonaerense. “Hace 80 años nació Ana Frank, que fue víctima de la violencia de un dictador al poder. Cuarenta y siete años después, el pueblo argentino sufrió en carne propia la agresión asesina de sus dictadores, fronteras adentro. Recordar la historia de la adolescente, que refleja esperanza, resistencia y amor a la vida, es una manera de recordarlos a todos”, deslizó frente al micrófono ubicado en el jardín de la casa museo el presidente del Centro, Julio Toker.

Un desafío más sumó al proyecto el director del espacio, Héctor Shalom: “El museo también contribuye a evitar que se conformen y persistan en la sociedad prácticas de exclusión y marginación, que actualmente se dan sobre los inmigrantes y jóvenes. Aún existen personas que responsabilizan a esos sectores por los males que vive la sociedad argentina”. Shalom lleva varios años de trabajo en la interconexión de ejes como el Holocausto y derechos humanos, temas que últimamente intentó instalar en el mundo de los jóvenes. Y coherente con esas experiencias fue al momento de diseñar el funcionamiento del Centro Ana Frank Argentina, cuyas visitas guiadas dejó en manos de un equipo de adolescentes de entre 15 y 22 años, a los que les resultó interesante la idea de comprometerse con un proyecto como el museo.

Así, unos meses antes de la fundación del centro, fueron enviadas cartas a distintos colegios secundarios de la zona norte porteña anoticiándolos de la conformación del equipo de guías voluntarios. María del Mar tiene 17 años y es una de las 150 chicas y chicos que se sumaron, tomaron el curso de capacitación, “que constó de clases de historia, de Derecho y una serie de charlas con sobrevivientes”, apuntó. Se mueve cómoda entre las paredes de la casa museo, como si nadara entre foto y foto. Asegura que siente “un interés particular” por lo sucedido en Europa por aquellos años, pero más le urge “mantener vivos los recuerdos. Siempre hay que recordar lo que se vive, pero también lo que se aprende. Así se progresa”, explica.

Luego de la puerta de rejas verdes hace falta traspasar una de madera y vitró para ingresar al edificio, donde inmediatamente comienza el pasillo distribuidor que culmina en el comedor-cocina. En su trayecto, ofrece aperturas hacia la habitación principal y la escalera hacia a la planta alta, dos lugares en donde el museo toma forma.

Las paredes de toda la casa fueron recubiertas con gigantografías que muestran a Ana y a su familia, las calles de Alemania y las de Holanda de aquellos años. Sin embargo, los Frank reviven en el principal ambiente del hogar. Sobre esos muros se sostiene una enorme línea de tiempo en la que la historia de Ana y su familia se entremezcla con la de la Alemania de Adolf Hitler, formando un mismo camino a fuerza de imágenes y de pequeños extractos del diario de la niña. Incluso sobre uno de las paredes se despliega un gráfico enorme y detallado de la “Casa de atrás”, el escondite que la familia Frank compartió con la Van Pels y la Fritz Pfeffer.

El dibujo se vuelve real en una de las habitaciones de la planta alta, donde un grupo de artesanos colaboraron para recrear el lugar donde la niña y su familia vivieron escondidos durante dos años. Otro ambiente se les dedicó a la dictadura militar argentina de 1976 y a los miles de crímenes y desapariciones que cometió, espacio que emocionó a Estela de Carlotto, una de las integrantes del Comité de honor del Centro junto con el rabino Daniel Goldman. “Es muy interesante la propuesta de ejercer la memoria a partir del entrelazamiento de la historia argentina y alemana desde un punto que ambas poblaciones sufrieron: el horror impuesto por los más fuertes”, consideró la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo.

Informe: Ailín Bullentini.

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El museo también contribuye a evitar que persistan en la sociedad prácticas de exclusión.
Imagen: Bernardino Avila
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