SOCIEDAD › A CASI 15 AÑOS DEL CRIMEN DEL SUBCOMISARIO GUTIERREZ, DETUVIERON A UNO DE LOS ACUSADOS

Casi prescripto no es lo mismo

El Colorado Montajo estaba acusado en el crimen de Jorge Gutiérrez, cometido el 29 de agosto del ’94. Los familiares del subcomisario, que investigaba el tráfico de drogas, lograron torcer el rumbo judicial y la detención. El sábado la causa prescribiría.

 Por Horacio Cecchi

Al Colorado Montajo le faltaban nada más que 48 horas para cumplir el anhelo que lo perseguía desde hacía 15 años: que la causa en la que lo tenían como acusado prescribiera. El miércoles por la noche lo detuvieron. El Colo Francisco Severo Montajo estaba sospechado por el asesinato del subcomisario Jorge Omar Gutiérrez, quien investigaba con fundadas pistas el ingreso de cargamentos de drogas ocultas en autos importados al país por las avenidas verdes de la Aduana menemista. Gutiérrez fue asesinado de un tiro en la nuca el 29 de agosto de 1994, mientras volvía a su casa sentado en un asiento de un vagón del Roca a la madrugada. Los testigos, dos vendedores ambulantes, habían reconocido a dos policías de la Ferroviaria. Uno, Chiquito Santillán, fue absuelto por el beneficio de la duda, después de que los dos testigos se dieron vuelta milagrosamente. Al otro, Montajo, sólo lo reconocieron por su cutis poceado y su apodo de Colorado. En el ’98 aportaron sus datos reales. Pero la causa avanzó a los tumbos y desganos hasta que los familiares de Gutiérrez lograron impulsar su indagatoria, que ayer automáticamente interrumpió el conteo de los 15 años.

El subcomisario Jorge Gutiérrez –hermano del actual intendente de Quilmes, Francisco “Barba” Gutiérrez– era el segundo jefe de la comisaría 2ª de Avellaneda. A través de la ventana de su oficina había visto que una enorme cantidad de automóviles importados (cerca de un millar) habían sido entregados en los depósitos que la empresa De.Fi.Sa. tenía en Avellaneda. A su esposa, Nilda Maldonado, le había comentado que sospechaba que en los autos ocultaban un cargamento de drogas. El 29 de agosto del ’94, subió en la estación Avellaneda al segundo vagón del convoy 4101, se sentó en el tercer asiento. Eran minutos pasadas la 0.36 de ese lunes. Antes de las 0.45, Chiquito se sentó detrás de Gutiérrez. El Colorado se sentó delante y comenzó a intercambiar unas palabras con Gutiérrez. Al llegar a la estación Sarandí ya estaba muerto, recostado contra la ventanilla. Dos vendedores ambulantes vieron todo. Y reconocieron a los policías como dos integrantes de la patota de la Ferroviaria que pasaban a cobrarles los peajes: Chiquito Santillán y un amigo que siempre andaba con él al que conocían como el Colorado.

Al Chiquito lo detuvieron un mes después. “El 15 de noviembre de 2006, después de que los testigos fueron torturados y se desdijeron de lo que habían dicho, Santillán fue absuelto en un juicio bochornoso porque los jueces consideraron que no estaba probada la acusación fiscal”, dijo Luis Valenga, abogado de los familiares de la víctima, a Página/12.

La familia apeló hasta llegar a la Corte Suprema y, sin efectos positivos, decidió presentarse ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. El pedido de justicia por Gutiérrez ya fue aceptado y avanzó hasta la Corte Interamericana de DD.HH. que debe decidir sobre la responsabilidad del Estado argentino.

Entretanto, el Colorado Montajo venía zafando. Se había esfumado camino a la provincia de Tucumán, mientras que en la causa apenas si se caminaba a desgano. Primero el juez Guillermo Atencio y después la jueza de transición Marcela Garmendia (que lleva actualmente la causa) se perdieron en fárragos e indecisiones mientras el tiempo avanzaba. “Al Colorado Montajo lo fuimos ubicando con mucho trabajo –explicó Valenga– con los testigos, durante mucho tiempo, fuimos armando puntas a partir de su descripción física y de que nos iban confirmando que trabajaba junto con Santillán. Hasta que apareció un policía, el subcomisario Marcelo García, de la Bonaerense, que trabajaba en la Comisión Investigadora y que nos decía que conocía a los dos, que había ido con el Colorado a la escuela primaria, que sabía que a Montajo le decían el Colorado y que no le extrañaría para nada que hubiera participado.”

Pero la causa, antes que avanzar, se frenaba. Tres veces la jueza Garmendia dio un giro al caso, en el sentido inverso a las agujas del reloj. El 28 diciembre de 2006, Día de los Inocentes, sobreseyó provisoriamente la causa. “Apelamos y la Cámara, en diciembre de 2008, nos dio la razón y revocó la resolución”, dijo Valenga. La jueza insistió y fue por más: “Sostuvo que ya había opinado y que no podía seguir con la causa y se excusó en marzo de este año”. La Cámara volvió a rechazar la decisión de Garmendia y le ordenó que reasumiera el caso y citara al Colorado Montajo.

Insistente, Garmendia apeló a otra medida con un malabarismo jurídico: reasumió la causa y el 18 de agosto pasado citó al Colorado Montajo. Había un detalle que con voluntad podía pasar. Lo citó a declaración informativa para el viernes pasado, 21 de agosto, y lo ubica como partícipe secundario, con lo que la prescripción hubiera pasado de 15 años a 12, con lo que en ese caso la causa ya estaba prescripta. “La declaración informativa no interrumpe la prescripción –señaló Valenga–. Por eso apelamos de inmediato y la Cámara volvió a darnos la razón.” Ordenó a Garmendia que citara a indagatoria a Montajo por el delito de homicidio calificado por alevosía, y en calidad de partícipe primario.

El Colo estaba escondido en Temperley. Tan escondido que sólo salía en un remise y volvía. Lo detuvieron con un pequeño truco. Le cambiaron el auto por uno parecido, un clásico, un patrullero sin pintar y sin balizas.

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Francisco “Barba” Gutiérrez, actual intendente de Quilmes y hermano del subcomisario asesinado.
Imagen: Sandra Cartasso
 
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