SOCIEDAD › EL TRABAJO DE LOS RESTAURADORES

Los anatomistas del arte

Trabajan con herramientas, saben de arte, conocen de química. Pero sobre todo tienen paciencia. Son quienes descubren los secretos ocultos de una obra y le devuelven su esplendor. La experiencia de Tarea, el Instituto de Investigaciones sobre el Patrimonio Cultural (Unsam).

 Por Soledad Vallejos

Hay gente que en el fondo adora cuando la historia queda bajo capas de hollín, pinturas bienintencionadas pero mal aplicadas, décadas de olvido humano, huellas de fenómenos climáticos. Son personas que, si descubren una pared a merced de microorganismos que tienden un velo blanco entre el mundo y el color, no pueden detener la mano y el pincel, las herramientas. Porque dedicarse a la restauración también es un poco ser testigo de ese ocaso y parte de su renacer. De algún modo, también son seres que viven en el privilegio. “Los restauradores hacemos lo que nos gusta. Y hay muy poca gente en el mundo que puede hacer lo que le gusta. También nos costó bastante conseguir algunas cosas, pero bueno”, dice Néstor Barrio. Algo sabe. Restaurador, rector de Tarea, el Instituto de Investigaciones sobre el Patrimonio Cultural que nació en 1987 como fundación, acuerdo mediante entre la Fundación Antorchas y la Academia Nacional de Bellas Artes, y que hoy forma parte de la Universidad de San Martín (Unsam), Barrio lleva años reflexionando sobre qué pasa con el patrimonio. Lo dice como al pasar, mientras repasa el trabajo realizado en San Migue Arcángel (ver aparte), pero aplica a tantos otros casos: “En el espacio público conviven manifestaciones que después de un tiempo acaban por participar en tu ideario, tu vida. Cuando se pierde patrimonio, se pierde algo de tu vida, de tu memoria. No se pueden destruir, cambiar alegremente las cosas. Está la idea del progreso, trabajo, eso está muy bien, pero no puede ser lo único”. Porque para que eso exista antes tiene que haber algo más.

El corazón de la paciencia

En el principio fue una fábrica de guantes y corsets. Por eso los techos altos, la luz que entra a raudales, el silencio de la calle en una zona de Barracas en la que nada, ni un solo cartel, anuncia que en ese edificio gris la paciencia devele fragmentos de la historia. El lugar donde Tarea lleva adelante sus días profesionales, y también forma nuevos talentos, es un gran laboratorio no sólo científico, sino también social.

Aquí en planta baja, donde hoy hay puro espacio vacío, hasta hace no mucho hubo una pared. Pero un día llegó un telón valiosísimo, el que en 1904 inauguró el escenario del teatro El Círculo, de Rosario. Era El triunfo de Palas, y como había nacido para un destino de inmensidad, no cabía. Tenía trece metros de ancho por doce de alto. En el área donde debían trabajar sobre él no alcanzaba el espacio. La solución fue demoler el obstáculo, instalar unos rodillos y hacer girar la tela a medida que avanzaban. Sobre un techo todavía permanecen los rodillos; nunca se sabe cuándo pueden volver a ser necesarios.

Bajo ese techo, Damasia Gallegos, directora del Centro Tarea, menuda y silenciosa, mueve las estructuras de un depósito. De una suerte de parrillas cuelgan obras restauradas, a restaurar, trabajos que esperan su turno. A unos metros, Alejandra Gómez rastrea en una computadora las imágenes que documentaron los rasgos de un marco en particular y cuando termina señala unas máquinas. Es el laboratorio de Daniel Saulino, ausente hoy pero con quien Gómez suele colaborar. Aquí se realiza parte del diagnóstico por imágenes. ¿Cómo? Con rayos X. “Es el mismo procedimiento que se usa en humanos, aunque el equipo es de menor intensidad porque las estructuras son más finas. Esto da información del bastidor, los repintes. A veces, si el bastidor estaba preparado con blanco de plomo, la densidad es tal que no permite el paso de la radiación. Eso también es información”, dice Gómez. El diagnóstico por imágenes permite ver el deterioro, los faltantes, los añadidos en etapas. Aquí también se realiza el “análisis multiespectral” que capta imágenes con radiaciones no visibles a simple vista para los humanos. “Genera espectrografías: cuando la radiación incidente atraviesa la obra, puede ver capas subyacentes, como el dibujo inicial a carbonilla o grafito. Eso permite saber sobre la técnica de elaboración de la obra y todos son análisis no invasivos”, agrega. Así, contarán en un rato otras integrantes del Instituto, llegaron a descubrir cómo la historia afectó obras sobre las que trabajaron, como las de Gil de Castro (ver aparte).

Un poco más allá, en otro laboratorio, Noemí Mastrángelo revuelve una cajita ubicada al lado de un microscopio petrográfico. Parecen piedritas, pero en realidad son muestras de obras: tiene un milímetro cuadrado cada una. “Después de la charla con los restauradores, sacamos micromuestras de aproximadamente un milímetro cuadrados y la incluimos en una resina acrílica para poder manipularla, porque sino es imposible. ¿Ves? Es eso negro en el medio de la resina. Hacerlo así no daña la obra, no es invasivo, y podés ver esto”, dice, y señala la pantalla de una computadora. Eso que parece una piedra descompuesta en capas es el corte transversal de un cuadro de Pio Collivadino. Cada color es un material, un momento de la obra: el fondo blanco es la pintura con que Collivadino pintó el bastidor al comenzar; el rojo, el color con que hacía base para dar calidez a la obra; las demás capas, los pasos. “No estoy formada en química, pero sí hay que tener nociones, al menos breves, para hacer esto en restauración”, explica.

Mientras tanto

“En el primer piso, Judith está restaurando con una alumna”, informa Claudia Crea, la bibliotecaria del Instituto –fanatizada por años de escuchar, ver, presenciar cómo transcurre la magia–, devenida guía para la ocasión. La clase de hoy consiste en practicar cómo actúan ciertos solventes sobre un barniz. ¿Es muy difícil? “No. Es preciso, no es difícil, es una metodología”, dice la docente, mientras la educanda se afana sobre un centímetro cuadrado de obra.

Hacia el fondo, Néstor Barrio, decano del Instituto, mira con desazón una obra que presenta un enigma. A su lado, sobre las mesas, Paola, Luciana, Mariana limpian piezas del Museo Histórico Provincial de Rosario, la iglesia San Ignacio de Loyola, el museo provincial de Bellas Artes de San Juan, Franklin Rawson. Barrio dice que Luciana, al detallar que para quitar el polvo asentado durante décadas sobre el reverso de un cuadro precisa bisturí y goma de borrar, obvió “el elemento esencial”.

–¿Cuál?

–Su sensibilidad.

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Imagen: Joaquín Salguero
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