SOCIEDAD › EL TRIBUNAL RECHAZO QUE DECLAREN LOS FAMILIARES DE CARRASCOSA

Mal arranque para el viudo famoso

Los familiares no podrán testimoniar porque están acusados de encubrimiento. Crónica del primer día del juicio por el caso Belsunce.

 Por Horacio Cecchi

Más de media hora por reloj, desde las 9.48, hora en la que ingresó a la sala, hasta las 10.25, cuando tomó asiento, Carlos Carrascosa, viudo de María Marta García Belsunce y único imputado por su homicidio en condición de agravado, se mantuvo de pie posando para las cámaras que hurgaron en su rostro, intentando penetrar lo impenetrable de sus pensamientos. No lo lograron, como no lo habían logrado en los cuatro años y cuatro meses que ya lleva el caso de las dos muertes de María Marta. No lo lograron ayer tampoco porque lo único que se vio fue un rostro impasible, de bigotes y lentes. “Se peinó a la gomina para que no se le moviera ni un pelo”, bromeó alguien en la sala que sufría la amansadora previa al inicio. Después, cuando entraron los jueces del Tribunal Oral 6, se abrió una larga serie de aburridas lecturas que demandarán, estiman todas las partes, unas dos semanas más hasta que se inicien las declaraciones de los testigos. De todos modos, ayer el caso se las arregló para generar algún detalle pimentoso: durante la mañana, el tribunal rechazó el pedido de la defensa de citar a testimoniar a los otros siete imputados por encubrimiento, y por la tarde, decidió sacar de patitas a la calle a Horacio García Belsunce (h.), mentor del recordado pituto y uno de los siete imputados, que había tomado asiento en la sala como si fuera uno más del público.

En los términos del proceso únicamente ocurrieron un par de chispazos que podrían atraer al gran público. El resto consistió en el inicio de la lectura de aburridas pruebas que llevarán unas dos semanas. Para tener una idea, ayer fueron leídas 54 pruebas, sobre un total de 259 que deberán incorporar. “Normalmente, cuando el caso no tiene trascendencia, para ganar tiempo las partes llegan al acuerdo de que se den por incorporadas las pruebas –confió un experto–. Pero el tribunal atinadamente decidió que se leyeran las pruebas a incorporar para que el público tuviera idea sobre qué se estaba tratando.”

El juicio, en sí mismo, está organizado para abrir audiencias los martes, miércoles y jueves de cada semana. Tanto desde el lado de la fiscalía como de la defensa, se estima en tres meses la duración del juicio. Finalizadas las 259 lecturas, comenzarán las declaraciones. El primero en ser citado será, como en todo juicio, el imputado. Carrascosa tendrá entonces la posibilidad de declarar y el derecho de no hacerlo sin que su silencio permita abrir juicio de valor. Luego serán citados los testigos por orden cronológico de llegada al expediente. Para el caso, el privilegio le tocará al vigilador José Ortiz, quien tocó el timbre de la casa de María Marta, en El Carmel, antes de las siete de la tarde del 27 de octubre de 2002. O sea, antes de que nadie, excepto los asesinos, tuviera noticia de que María Marta comenzaba el camino de su doble muerte.

La audiencia debía comenzar a las 10, pero se inició a las 10.48. La demora tuvo que ver con lo voluminoso de la causa 1537. Unos 6 mil folios que equivalen a 30 cuerpos. Según explicó una fuente judicial, era tanto que no alcanzó con un solo vehículo para llevar el material hasta el tribunal. No se sabe por qué no se anticipó o por qué se utilizó un solo vehículo, pero lo cierto es que durante una hora, mientras Carrascosa soportaba las cámaras, por detrás pasaban los empleados con un carrito y descargaban carpetas. Después entraron los jueces, María Etcheverry, Hernán San Martín y Luis María Rizzi.

¿Y cuáles fueron los detalles pimentosos a los que se hace mención más arriba? Uno. Como en todo juicio, los fiscales se sientan enfrentados a la defensa. Para el caso, de un lado estaban los fiscales Diego Molina Pico, Jorge Apolo y John Broyad, y enfrente Carrascosa, junto a sus abogados Alberto Cafetzoglus y Hernán Ferrari. Junto a Ferrari, en un fallido de la distribución, se ubicaron Zulema Rivera y Gustavo Hechem, representantes de la madre de la víctima, Luz Galup Lanús de Hurtig. El fallido tiene sentido porque la curiosa posición de la querella es semejante a la de la defensa: ambas partes sostienen la misma hipótesis, la inocencia de Carrascosa. Después, alguien se dio cuenta y ubicó a la querella del lado de los acusadores, aunque no acusara.

Hay más. Apenas iniciada la audiencia, los jueces pidieron a Carrascosa que pasara al banquillo y diera sus datos. Uno de ellos fue que, después de dedicar sus días como agente de Bolsa, pasó a ser “desocupado”.

–¿Desocupado? –preguntó Etcheverry, algo sorprendida, quizá porque la palabra suele ser adjetivo de otra clase social– ¿Qué hace ahora?

–Desocupado –confirmó Carrascosa, desde otro lugar de significados, como diciendo que por la plata no se hicieran problemas.

Más todavía. Cada parte expuso sus objetivos. Demostrar que Carrascosa es responsable del homicidio o al menos partícipe, Molina Pico. Demostrar que Carrascosa es inocente y no se investigaron otras hipótesis, léase acusar al vecino Pachelo, la defensa de Carrascosa. Demostrar que Carrascosa es inocente y no se investigaron otras hipótesis, léase acusar al vecino Pachelo, la querella de la madre de la víctima. Después, los jueces deliberaron respecto de un pedido de la defensa: citar a los siete imputados por encubrimiento del crimen. Estos son el cuñado de la víctima, Guillermo Bártoli; el amigo del viudo célebre, Sergio Binello; el hermano de la víctima, Horacio García Belsunce (h.); John y Dino Hurtig, hermanastro y padrastro de la víctima; Juan Ramón Gauvry Gordon, primer médico que acude al auxilio de la víctima; y Beatriz Michelini, masajista del marido de la víctima. Con la oposición de la fiscalía, el tribunal dispuso rechazar el pedido siguiendo un criterio de lógica jurídica: “Si vienen a declarar como imputados, no lo pueden hacer porque no somos sus jueces naturales –refirió Etcheverry–; si vienen como testigos tampoco pueden porque el testigo debe juramentar decir toda la verdad, con lo que se atacaría su derecho como imputados”.

“No es tan así, se podría discutir y aceptar”, confió a este diario una fuente cercana a la defensa. En realidad, la defensa había solicitado al tribunal que los siete mentados fueran citados y que dependiera de ellos aceptar o no y que fueran liberados de su juramento. En pocas palabras, citarlos como testigos no obligados a decir la verdad. El tribunal optó por rechazar.

Por la tarde, uno de los siete que hubiera podido testimoniar sin decir la verdad se sentó junto a su esposa, Leyla Keller Sarmiento, como si fuera uno más del público. Desde el sector de la fiscalía lo deschavaron y solicitaron una decisión al tribunal por lo contradictorio. La jueza Etcheverry dispuso entonces que, por ser imputado en la causa por encubrimiento, Horacio García Belsunce (h.) debía abandonar la sala. La defensa no puso objeciones. Entonces, se puso de pie, le dio un piquito a su esposa y se retiró algo colorado.

Antes, bastante antes, los periodistas se preguntaban por dónde había entrado Carrascosa al edificio. Hasta que se supo: por el estacionamiento exclusivo de la Cámara del Crimen, para evitar el no-me-atosiguéis a los fotógrafos. A esa hora, por la otra puerta, la que lleva directo al subsuelo de la Alcaidía, entraban dos camiones del SPB cargados de presuntos inocentes hasta que un tribunal los encuentre culpables.

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Antes de que empezara la audiencia, Carlos Carrascosa posó para los fotógrafos más de media hora.
 
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