SOCIEDAD › LA NUEVA MODA DEL CONSUMO COLABORATIVO

Capitalismo para todos

 Por Soledad Vallejos

A menos que los coleccione o trabaje explícitamente con ellos, ¿cuántos dvds puede tener en su casa una persona? ¿Cuántas veces podría ver una temporada de, por caso, la serie 24? Cuando lo digital es regla y los dispositivos portátiles van ganando, ¿de qué sirve atesorar cds como se atesoraban vinilos? Algo así se pregunta Rachel Botsman, coautora junto con Roo Rogers del hit editorial What’s mine is yours (Lo mío es tuyo), al asegurar que el consumo colaborativo “no es una idea endeble, sino una tendencia cultural y económica poderosa que reinventa no sólo lo que consumimos sino cómo consumimos”. El mundo, dice Botsman (que explica su tesis en 15 minutos de una charla TED brindada en Australia, y que circula hasta subtitulada por la web), ha llegado a un momento en el cual “la tecnología hace que compartir sea divertido y no genere encontronazos”.

Despertamos de “una resaca de vacío y gasto. Estamos tomándonos el trabajo de crear un sistema más sustentable que atienda las necesidades individuales y comunitarias”. Se trata del “redescubrimiento del bien colectivo”, de “poner de moda el compartir”, de “dejar atrás el derroche del hiperconsumo”, señala Botsman, convencida de que “pasar de la cultura del yo a la del nosotros” es posible, en gran parte, por los usos sociales de Internet y el fácil acceso a la tecnología móvil. Así como la web permite eliminar intermediarios en prácticas tan comunes como obtener música, de manera gratuita o paga, ese “mercado infinito” fomenta “el comportamiento colaborativo y la economía de la confianza”.

Hace sólo unos años, quizá no más de diez o quince, “era una locura intercambiar cosas con un desconocido”. Sin embargo, con la expansión de los buscadores, las redes sociales y apenas un poco de maña, resulta sencillo tener una idea del pasado, reciente pero también no tanto, de una persona. Qué aspecto tiene, qué cosas le gustan, dónde trabaja, cómo es su familia, cuáles sus intereses, son sólo algunas de las intimidades cada vez menos íntimas que la gran mayoría de los usuarios deja detrás. Por otro lado, en sitios de intercambios y compra-venta, como mercadolibre.com, es la propia conducta a lo largo del tiempo la que traza un perfil de cada usuario, que los propios sitios llaman “reputación”. Ese tipo de antecedentes es lo que, para Botsman, sustenta cierta “economía de la confianza”. Al menos para ciertos asuntos en el mundo de Internet, usado no como sinónimo de lo virtual sino como herramienta de la vida 1.0, la reputación de una persona cuenta más que su historia crediticia. Es lo que, en términos de las hipótesis sobre consumo colaborativo, se entiende como “una moneda social”.

Lo que se haya hecho antes, entonces, puede abrir las puertas a ese usuario para “situaciones de colaboración” online que se vuelven tangibles en el día a día. Botsman señala al menos tres ejes para demostrarlo: los mercados de redistribución que estiran la vida útil del producto (sitios que, a partir de trocar, permiten reducir, reusar, reciclar, reparar y redistribuir); los estilos de vida colaborativo (que involucran iniciativas como el co-working o los bancos de tiempo); y la noción fundamental de que lo importante es la experiencia y no el objeto.

“Acceso es mejor que propiedad”, sostiene también Kevin Kelly, de Wired, al señalar que no importa tanto atesorar un objeto como disfrutar lo que comporta. Tal como lo resume Botsman: “No quiero el dvd, quiero la película. No quiero el contestador automático, quiero el mensaje”.

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