DEPORTES › INVASION DE ARGENTINOS

Río de la Plata

Río de Janeiro está copada por banderas y camisetas albicelestes, que convirtió a la Cidade Maravilhosa en una gran vigilia ricotera, a la espera de la final del mundo. Brasil, decime qué se siente...

 Por Juan José Panno

Desde Río de Janeiro

Brasil decime qué se siente, tener en casa a tu papá.

Bronca sienten los cariocas, impotencia, odio, calentura. Se comieron siete con los alemanes, se manducaron tres en el partido por el tercer puesto, ven la final por TV y encima se tienen que aguantar que hay camisetas argentinas por todos lados en las que van envueltos tipos que cantan que van a dar la vuelta olímpica, que dicen que Maradona es más grande que Pelé y algunas cosas más que ellos no entienden muy bien, pero que se les hace que es gastada interminable.

El diario Extra de Río de Janeiro ayer mandó a segundo plano el partido contra los holandeses y tituló “Invasión” con una enorme foto del sambódromo convertido en una playa de estacionamiento de autos, combis y casas rodantes con chapa argentina. “Convirtieron a Río de Janeiro en un pedazo de Buenos Aires”, dicen en la bajada y más adentro se sinceran con que lo único que les queda ahora es “torcer por Alemania”. Es verdad que hay argentinos por todos lados, aunque la cifra de cien mil que se baraja es apenas una referencia difícil de comprobar. Pero se hacen notar sí, en todos partes, en el centro de Río, cerca de la vetusta Rodoviaria y en la coqueta Leblón, en Niteroi y en Vigal, en Ipanema, en Catete, en Flamengo, en Botafogo y, durante el día, suelen converger en Copacabana. Ayer había miles pisando la arena del Fan Fest a la hora del partido de brasileños y holandeses, en grupos pequeños. Tal vez por eso no hubo demasiadas expresiones de júbilo con los goles de Van Persie y compañía, casi como un gesto piadoso. Tampoco reventaba el lugar como otras veces, ya no se veían muchas camisetas amarillas como en los partidos anteriores. Eso sí, hay policías de a pie, motorizados y vestidos de civil mirando y controlando para prevenir presuntos desmanes o incidentes.

Hay argentinos que están desde el comienzo del campeonato, pero no son la mayoría. La hinchada se ha ido renovando con el correr de los días. Se fueron los que sólo tenían tickets para los partidos de la primera ronda y llegaron de apuro los que se fueron embalando con los resultados. Y los cronistas se cruzan con las más variadas historias. Cuatro pibes de Pilar que vinieron en un Gol hecho pelota y paran en la casa de una gente que habían conocido cuando estuvieron con la visita del Papa. “Volvimos porque el fútbol es una religión”, dice uno de ellos. No tienen entrada ni plata para pagar a los revendedores que cobran por arriba de los 5 mil dólares por un billete en la mitad de la cancha. Y hay gente que sí tiene para pagar eso y más y hay uno de Barrio Norte que cuenta que vino en avión nada más que para ver el partido y un poco de sol de Río. El sol hace un par de días que no aparece (anteayer llovió todo el día), pero revendedores hay, claro. Algunos fijan su centro de operaciones en el Hotel Radisson de Barra, que es donde está concentrada la Selección Argentina. Los hinchas que ayer se reunieron se iban enterando de que en el hotel están la Selección, Trezeguet, Ortega, Maradona, una de las Xipolitakis y vamos, vamos, Argentina.

Otros deambulan por Copacabana o por Ipanema o en el Maracaná, porque ayer miles de hinchas se turnaban para ir a conocer el estadio. No tienen entradas y saben que hoy, desde el mediodía, no se van a poder acercar ni a veinte cuadras y por eso ayer se sacaban fotos con el Maracaná de fondo. En el subte (son unas diez estaciones desde la combinación en la estación Botafogo) iban cantando “Brasil decime qué se siente, andar disfrazado de alemán...”. Allí, dos muchachos tucumanos cuentan que se quedaron sin resto porque se gastaron mil quinientos dólares cada uno para pagar a un revendedor por unas entradas que encima no pudieron usar porque ya habían sido escaneadas. Una estafa bastante común consumada por compatriotas con un sistema sencillo: uno entra y si no le cortan el ticket (en general no lo hacen) se las ingenia para pasarle la entrada a un socio que se encarga de consumar el curro.

La invasión argentina colmó hoteles, posadas, moteles, bed and breakfast, hostales y toda clase de alojamientos. Algunos jóvenes se gastaron hasta la última moneda en el viaje en micro y confiesan que tienen la fantasía de engancharse alguna mulatona con casa y todo; otros piensan en la alternativa de dormir en la playa o en el auto.

Parece un recital ricotero, pero mucho más que eso es la vigilia de un campeonato mundial en juego. Es la nueva fundación de Río de Janeiro; Río de la Plata, la llaman.

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Menos hinchas en el Fan Fest, un poco de piedad para los locales.
 
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