DEPORTES

“De Juventute”

 Por Juan Sasturain
Desde la casa

En un mundial como éste puede pasar cualquier cosa, de todo. Y el domingo puede llegar a suceder algo rarísimo, cuando Italia y Francia definan la Copa del Mundo: que Buffon, Cannavaro, Zambrotta, Thuram, Vieira, Camoranesi, Del Piero y Trezeguet –ocho jugadores, de lo mejor de ambas selecciones– se encuentren simultáneamente dentro del campo. Como son prácticamente todos titulares o probables titulares, es algo que a ellos no les resultará extraño. Al público tampoco, en realidad. Lo que sí será raro va a ser que cinco jueguen con camiseta azzurra y pateen para un lado, y que los otros tres vistan la francesa y pateen para el otro. Porque lo normal es que, cuando estos ocho entran a la cancha durante todo el año futbolero, de septiembre a junio, compartan la misma camiseta blanca y negra a gruesas rayas verticales, pateen para el mismo lado y salgan rutinariamente campeones del calcio: son todos jugadores de la Juventus.

Y hay más, con la casi certeza de que me olvido alguno: Marcello Lippi, el allenatore italiano, dirigía a la Juventus antes de asumir la conducción de su selección y –como si fuera poco– el maestro Zinedine Zidane y Thierry Henry pasaron en su momento –uno dejó honda huella, el otro entró y salió con pique corto...– por el equipo de Turín y de los Agnelli. Es decir: más de un tercio de los jugadores que disputen la final pueden ser del mismo equipo y casi la mitad han sido compañeros con esa camiseta en algún momento. Es impresionante. Y sintomático.

Hace unos días mostrábamos al portugués Deco y al holandés Gio Van Bronckhorst conversando y compartiendo penas en banco neutral –durante el partido–, tras ser expulsados por el árbitro ruso. Habitualmente disfrutan juntos en el Barcelona. Cuando jugaron Brasil-Francia, el magnánimo Zidane se palmeó con los brasileños –Ronaldo, Roberto Carlos, Robinho– con quienes compartió vestuario hasta hace unos días, y ayer la cámara se detuvo en su intercambio ritual de camisetas, consuelos y felicitaciones mutuas del final con Lucho Figo: el Real Madrid de algún modo, y alternativamente, los contiene, los mima y los maltrata a todos por igual. Es así: los grandes clubes, las multinacionales futboleras –sumemos, a los nombrados, Arsenal, Chelsea, Milan, Manchester, Bayern Munich...–, los equipos dueños del dinero y de las copas atraviesan las listas de las selecciones como una brillante mancha transversal. Como la mancha voraz de aquella película de ciencia ficción, precisamente.

Lo dijimos ya: la mayoría de estas selecciones no podrían competir con los mejores clubes. Y en este caso, la situación se lleva al extremo: la Juventus seguro que le gana, mano a mano, a lo que quedaría de Francia y de Italia sin sus jugadores. Y algo más: si el domingo, en lugar de jugar con los equipos establecidos, armaran un picado y los ocho amigos acostumbrados a jugar juntos todo el año convocaran a los dos que se fueron hace un tiempo del barrio, podrían desafiar a todos los demás, el resto de Italia-Francia, e incluso jugarles con uno menos...

Podemos imaginarnos a un Cicerón moderno que, así como el Marco Tulio romano desmenuzó los avatares de la vejez en De Senectute, se les atreviera a estos equívocos enigmas del fútbol hiperdesarrollado escribiendo De Iuventute (“Acerca de la juventud” o “de la Juventus”, que es lo mismo) y tratara de encontrarles sentido, explicación y coherencia a estas realidades. Sobre todo si le sumara algún dato de último momento: por el escándalo de corrupción que inunda al fútbol italiano, parece que todos estos muchachos, notables futbolistas empleados de la paradójica vecchia signora –vieja dama indigna, en realidad–, tanto los que saldrán campeones del mundo como los que se quedarán un escalón más abajo del podio, es probable que terminen jugando en la modesta Serie C. Lo dicho: en este Mundial puede llegar a pasar cualquier cosa. Y no era precisamente a esto a lo que se refería el pelado Panzeri cuando definía al fútbol como “dinámica de lo impensado”.

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