ECONOMíA › REPSOL YPF FRENTE A GOBIERNOS SOBERANOS Y COMPETIDORES VORACES

Abriendo el paraguas que llueven misiles

 Por Raúl Dellatorre

Que una empresa petrolera tenga choques con un gobierno que hace valer su soberanía no debería sorprender: ha sido la constante en el negocio petrolero desde sus orígenes. Tampoco debería llamar la atención que entre las propias petroleras impere la ley de la selva en vez de un inexistente “libre comercio”. Las adquisiciones hostiles y el desplazamiento violento de los competidores también han sido prácticas repetidas en este siglo y medio de historia del sector. Repsol YPF resulta hoy presa de ambos factores y, por lo tanto, obligada a plantear una estrategia defensiva para no ceder posiciones. Le ha tocado vivir meses muy duros desde principios de año. Y los que vienen pueden no ser más placenteros.

La petrolera española le puso el pecho, a principios de año, a un recorte en sus reservas del 25 por ciento. Apenas tres meses después, debió enfrentar la nacionalización de hidrocarburos en Bolivia, país en el que tiene asentados el 18 por ciento de las reservas de gas y petróleo del grupo, el 11 por ciento de su producción mundial y activos por 800 millones de dólares.

El valor de la empresa en la Bolsa madrileña declinó en las últimas dos semanas un 7 por ciento. Ayer tuvo un derrape del 3,41 por ciento, pese a la desmentida de una supuesta presión del gobierno argentino para que se desprendiera del 51 por ciento de la controlada YPF Sociedad Anónima. Para peor, hay especialistas que opinan que la empresa española no le está sacando el máximo provecho a la estampida de los precios del crudo por su floja performance en el segmento de explotación.

Frente a ese panorama, su presencia en Argentina se le convierte en una carga adicional. Si bien tiene aquí la mayor proporción de sus reservas, éstas se muestran en franca declinación, por razones que no son sólo atribuibles a la falta de búsqueda de nuevos yacimientos, sino principalmente a razones geológicas (áreas viejas agotadas y muy baja probabilidad de hallar otras económicamente aprovechables). Pero, además, con la sensación en los analistas internacionales de que hay “alto riesgo” de que Argentina adopte algún camino parecido al que eligió Bolivia.

Como contrapartida a tales argumentos, la petrolera española necesita evidenciar urgentemente que no tiene tan alta “dependencia” de Argentina, vendiendo una parte acá y comprando rápidamente a cambio participaciones en Argelia, Libia o Trinidad y Tobago, por ejemplo.

Con seguridad, le va a resultar más fácil colocar las acciones propias que obtener esas participaciones en terceros países. Como sus acciones están baratas y el petróleo caro, no está en las mejores condiciones para competir con las petroleras grandes por las participaciones que estén en venta en el mundo. Pero, además, sus activos en Argentina hoy le pueden resultar más apetecibles a una compañía de primera línea que a la propia Repsol, por la oportunidad de diversificación que le representaría “entrar” en Argentina. Justamente, el mismo objetivo que la española busca “saliendo” de aquí.

Si éstas son las condiciones actuales del negocio, vale interrogarse por qué todavía las grandes petroleras no le han saltado encima a Repsol para engullírsela. Los analistas que siguen muy de cerca la evolución de la empresa en España se hacen la misma pregunta, y la responden con tres argumentos: 1) una política muy conservadora de las grandes petroleras, que prefieren esperar que llegue a su fin el proceso de revaluación de reservas; 2) esperar a ver cómo evoluciona políticamente la situación en Argentina y, fundamentalmente, la actitud del gobierno con respecto a los hidrocarburos; 3) suponen que enfrentarán una dura resistencia de La Caixa (accionista principal de Repsol), que no cederá fácilmente la empresa que le representa la garantía de control de Gas Natural y la recién adquirida Endesa, principales piedras en su collar energético.

Argumentos sólidos, sin dudas, pero transitorios, frente a la voracidad y ambición de los participantes en esta puja, para los que ni la guerra es una vía despreciable. ¿Todo vale? Parafraseando a Clinton, podría responderse: “Es el petróleo, estúpido”.

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