ECONOMIA › PANORAMA ECONOMICO

La pornoeconomía

 Por Alfredo Zaiat

La protesta de los pequeños y medianos productores ganaderos tiene legitimidad por ser los más afectados por la necesaria intervención del Estado en la informal cadena cárnica. La queja de los pobres jubilados italianos y japoneses que compraron títulos de la deuda argentina tiene razón de ser por la ineludible declaración del default por la irresponsabilidad de extender la convertibilidad. La bronca y angustia del ahorrista que fue defraudado con el corralito tiene plena justificación por la inevitable acción del poder público en un escenario de masiva fuga de capitales y bancos que se desentendieron de sus clientes. Esas tres grandes crisis sectoriales (carne, deuda y sistema financiero) tienen en común la incertidumbre y sensación de caer al precipicio de los protagonistas más débiles. La exageración de la situación, la sensación de caos y el irremediable destino de futuro negro que profesionales del saber difunden, amplificado por la mayoría de los medios de comunicación, resultan una colaboración inestimable para los ganadores de siempre. A ver: mientras los bienintencionados gauchos de Buenos Aires, La Pampa y Santa Fe salen con sus caballos a las rutas y se muestran en los centros urbanos, los grandes productores siguen con su rentable negocio. Y aprovechan la oportunidad para comprar hacienda y campos que son vendidos porque no hay un horizonte positivo para la actividad, según el clima sectorial que se instala. Eso mismo pasó con los ahorristas acorralados que no aceptaron las sucesivas propuestas de canje de sus depósitos por bonos, atormentados por ser estafados nuevamente, dando así de comer a abogados y magistrados especializados en lucrar con el corralito. En cambio, los grandes aceptaron y contabilizaron abultadas utilidades con esos nuevos títulos. Situación similar sucedió con el default: pequeños y medianos inversores no ingresaron en el trueque o directamente vendieron antes sus papeles a valores de remate porque le auguraban un porvenir aún peor. Otra vez, los grandes sí ingresaron en el canje además de comprar los bonos que se liquidaban por miedo, obteniendo así ganancias extraordinarias. El pánico, la desinformación y la creación de un escenario de callejón sin salida está en función de aumentar aún más la concentración de la economía y del aprovechamiento de las oportunidades de negocios por aquellos con mayor disponibilidad de capital.

Esta descripción de la dinámica alentada por los mercaderes de la angustia se puede cuantificar en dinero. El Mercado Abierto Electrónico calculó que los inversores que compraron títulos públicos, con corralito y default en el medio, acumularon ganancias de hasta 35 por ciento en dólares si ingresaron en la reestructuración de la deuda. Lo mismo se podrá estimar en un par de años con la producción ganadera, que tiene un horizonte promisorio hoy nublado por la oportuna intervención del Estado ante una crisis de oferta.

Pregunta: ¿quién puede postular que la hacienda es un mal negocio en un escenario de crecimiento de demanda interna y externa?

Respuesta: quienes quieren concentrar esa rentable actividad en sus manos.

Ellos son los agentes racionales en un debate llevado al absurdo adrede. Aplican la pornoeconomía, adaptación lineal del concepto de pornopolítica señalado por el filósofo francés Gilles Deleuze, idea recuperada por Tomás Abraham en La Máquina Deleuze (editorial Sudamericana). El discurso predominante es el del desastre y la instalación de la sociedad del miedo. En el campo de la economía lo aplican sectores de intereses poderosos para incrementar su capital. El filósofo Tomás Abraham lo refiere en el pensamiento político, criticando a Alain Badiou y Antonio Negri, para quienes “el mundo es una guerra total e interminable. Hay poderosos y víctimas, y en el medio ellos, los filósofos, que están al lado de las víctimas y de la justicia”. “El pensamiento político se vuelve así obsceno, porno. Es la pornopolítica”, sentencia Abraham.

Lo mismo pasa en la vereda de la economía, y en este caso el lugar de esos filósofos lo ocupa el economista que preanuncia tempestades si no se hace lo que ellos piensan. En el atractivo blog homo-economicus se apunta en esa dirección en un post titulado (Roberto) Frenkel vs. (Aldo) Abram, en referencia a respectivos artículos de reciente publicación. Se detalla que mientras Frenkel asegura que “los factores tradicionales de insostenibilidad están neutralizados” por los superávit gemelos, Abram habla de un “neblinoso futuro”. Después de analizar ambas posiciones, homo-economicus concluye que “las notas de estos tipos (por Abram) sobre cómo se va a caer Argentina se parecen a los comentarios de los marxistas sobre la caída del capitalismo. El único lugar en donde el capitalismo se derrumba es en los sueños de los marxistas. Igual pasa con Argentina (en los últimos tres años): sólo se derrumba en los sueños de los que escriben en La Patria (así denominan en tono irónico al diario La Nación). Anuncian todos los años que ya se acabó el crecimiento. Entiendo que un marxista quiera que desaparezca el capitalismo, pero estos tipos no deberían estar siempre esperando a que se caiga Argentina”.

No se trata de analizar esos deseos desde una cuestión moral, sino que, al igual que las posiciones de los gendarmes de los buenos modales, esos discursos esconden la defensa de intereses de grupos de poder. No se está discutiendo política económica, sino negocios travestidos en ideología. Con esa trampa tropezaron ahorristas en el corralito e inversores de bonos en default, y ahora pequeños y medianos productores ganaderos. Sus comprensibles reclamos, que tienen más dosis de angustia que de reales problemas de rentabilidad, son apropiados por el bloque dominante de cada sector. Este, con astucia, intensifica la protesta hasta niveles absurdos, como queda de manifiesto en asambleas de pequeños productores donde se sostiene que la prohibición de exportar carne es el primer paso de una política que terminará con el Estado quedándose con las vacas, para luego hacerse de los campos en una cruzada que liderará Luis D’Elía. Son proclamas que la pornoeconomía promueve con sacerdotes de la verdad entre los eslabones más débiles y desinformados. Los ganadores de siempre se excitan en la platea con ese espectáculo obsceno.

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