EL MUNDO › ESCENARIO

Cambió el clima

 Por Santiago O’Donnell

Los ambientalistas no salen de su asombro.

“Hubo un cambio de circunstancias sorprendente y shockeante”, suspira Susan Egan Keane, analista del Consejo de Defensa de los Recursos Naturales. “En los últimos seis o siete años, la administración Bush absolutamente bloqueó cualquier intento de crear un instrumento legal para limitar las emisiones de mercurio. La administración Obama, en sólo tres o cuatro semanas, ha dado vuelta esa situación”, explica la experta tras la cumbre ambiental de Nairobi, donde 140 países acordaron la firma de un tratado para intentar frenar el envenenamiento de peces.

“Estamos encantados de que el presidente (Obama) esté actuando tan rápidamente para revertir una de las peores decisiones de la administración Bush”, festeja Mary D. Nichols, directora del Consejo de Aire Limpio de California, chocha porque Obama autorizó a ese estado y a otros trece a exigirles vehículos más eficientes a la industria automotriz.

“La decisión de revertir la política de Bush hacia las especies en peligro es una muestra más de que la nueva administración realmente representa un cambio para bien y está comprometida con la protección de nuestros recursos naturales y de nuestro medio ambiente”, se entusiasma el demócrata de West Virginia Nick J. Rahall, presidente de la comisión de Recursos Naturales de la Cámara de Representantes, al escuchar que Obama había anulado una orden de Bush que suspendía los estudios de impacto ambiental para ejecutar obra pública.

“Sin la nueva moratoria que decretó la administración Obama, nuestras costas y océanos serían más vulnerables que nunca al daño del petróleo”, aplaude Jaqueline Savitz, directora de la ONG Oceana, feliz por la decisión del nuevo presidente de suspender por al menos seis meses las perforaciones costeras.

“Esta es la contracara de la política de Bush de censurar o ignorar la ciencia de calentamiento global”, se relame Daniel J. Weiss, director de estrategia climática de la ONG Centro para el Progreso Estadounidense, al enterarse de que Obama quiere mejorar el Protocolo de Kioto.

Los ecologistas están de fiesta porque Obama los toma en serio. Con sólo eso, y en unas pocas semanas, ha logrado que Estados Unidos deje de ser el principal obstáculo para convertirse en el principal promotor de políticas ambientales en el mundo. A partir de ese liderazgo, la agenda ecológica ha salido de los despachos de ministerios y oficinas de ONG para instalarse en el más alto nivel.

Al tope de esa agenda está el tema del cambio climático. De acuerdo con un amplio consenso de científicos abocados al tema, el llamado “efecto invernadero”, causado por emisiones de autos e industrias, amenaza poblaciones costeras, cosechas, hábitats de vida salvaje y, eventualmente, a todo el mundo si no se toman medidas urgentes. Bush venía ninguneando el problema, con Obama es al revés.

El calentamiento global ha sido, junto a la economía, el tema principal de las reuniones de Hillary Clinton en China la semana pasada y de la visita de Gordon Brown a la Casa Blanca esta semana. De sólo escucharlos y leerlos, da la impresión de que el eje economía-energía-ecología, con sus múltiples sinergias, es el nuevo paradigma de las relaciones internacionales.

“Energía limpia” y “trabajo verde” se han convertido en los nuevos clichés de la diplomacia mundial. No será “derrotemos el hambre” o “acabemos con la pobreza”, pero al menos ya no se habla tanto de “ataque preventivo” o “eje del mal”.

La recesión global no ha frenado el ímpetu de la revolución verde sino todo lo contrario. Según el ex premier británico Tony Blair, la caída en la producción industrial de las potencias en crisis ha generando una oportunidad inédita para reconvertir las economías mundiales con el fin de que adopten fuentes energéticas alternativas al petróleo y el carbón.

Blair ahora preside una fundación para combatir el cambio climático, similar a la del ex vicepresidente norteamericano Al Gore, el mismo que el año pasado recibió el Premio Nobel de la Paz. Vale recordar que Gore recibió su premio no por negociar un alto el fuego o denunciar una masacre, sino por su activismo ambientalista. Acaso fue una señal prematura de que algo empezaba a cambiar.

Globalización mediante, hasta países periféricos como la Argentina se han visto forzados a darle importancia al problema ambiental, al menos desde el punto de vista social. Situaciones como las que se viven a orillas del putrefacto Riachuelo, o en los caseríos de la cordillera que padecen la explotación minera a cielo abierto, o en las villas que rodean a los basurales y las torres de alta tensión en el conurbano, evidencian que son los pobres quienes más padecen la contaminación.

Mientras tanto, Obama empuja un nuevo y ambicioso tratado para limitar la emisión de gases que producen el efecto invernadero para reemplazar el Protocolo de Kioto, que vence este año. Espera firmarlo en la cumbre ambiental de Naciones Unidas que se hará en Copenhague en diciembre próximo.

Bush se había negado a firmar el protocolo, que ponía un techo a las emisiones de países industrializados pero no a los demás, porque China e India se habían negado también. Ahora, con un guiño de China y otro de India, los negociadores estadounidenses trabajan para lograr un acuerdo global que fije metas para todos los países, aunque las de los subdesarrollados podrían ser optativas y/o a más largo plazo.

A diferencia del de Kioto, el nuevo tratado incluiría mecanismos financieros y transferencias de tecnología para que los países en desarrollo como la Argentina puedan alcanzar sus metas.

“No se trata de las emisiones sino de crear una inversión masiva en una nueva economía energética global, que incluya bosques, océanos y transferencia de tecnología”, dijo Angela Anderson, directora de la campaña por el calentamiento global del Pew Environment Group.

Ya se dijo que Obama se toma el tema en serio. En menos de dos meses de gobierno ya se enfrentó con las automotrices por obligarlas a fabricar autos de bajo consumo, con las plantas de generación eléctrica por haberles limitado las emisiones de mercurio que han envenenado a casi todos los mariscos del Golfo de México, con la Cámara de Comercio de Estados Unidos porque “demora” la ejecución de obra pública para preservar las especies en peligro, y con las petroleras por frenar sus planes de perforación costera.

“Con las medidas para economizar combustible y las inversiones en energía limpia que incluyó en el paquete de reactivación, el presidente Obama ha hecho más para enfrentar el cambio climático y limitar la dependencia en petróleo extranjero que lo que Bush hizo en ocho años”, apunta el ambientalista Weiss.

Las decisiones que Obama tomó en Estados Unidos para revertir el penoso legado ecológico de Bush no pasaron inadvertidas en el resto el mundo. “No se trata de analizar un proyecto de ley –dijo John Ashton, delegado especial para Cambio Climático del canciller británico–. Se trata de la onda que percibís si sos un líder sentado en Beijing. Es como el amor: sólo sabés de qué se trata cuando lo recibís.”

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