EL MUNDO › EL AVANCE DE LOS ULTRADERECHISTAS DEMOCRATAS DE SUECIA FORMA PARTE DE UNA TENDENCIA EUROPEA

Los eurorracistas cotizan en las urnas

La crisis económica golpeó a las socialdemocracias y benefició a las corrientes populistas y racistas, ya presentes en Europa desde los años ’80. Los ultraconservadores conquistaron espacios impensables.

 Por Eduardo Febbro

Desde París

La difusión del odio y la discriminación son una fructífera inversión electoral en la Europa de la primera década del siglo XXI. “La bandera de la tolerancia fue bajada y las fuerzas oscuras terminaron finalmente por tomar como rehén a la democracia sueca”, dice el editorial del diario sueco conservador Expressen. El comentario alude a los 20 diputados con los que el partido xenófobo de ultraderecha sueco Demócratas de Suecia (DS) entró el Parlamento al cabo de las elecciones celebradas el domingo (5,7 por ciento) de los votos. La crisis económica golpeó a los partidos socialdemócratas del Viejo Continente y benefició a las corrientes populistas y racistas, ya presentes en Europa desde los años ’80.

Con un discurso de duro rechazo a los extranjeros, y en particular a los árabes, y contra el multiculturalismo, la extrema derecha ha ido conquistando territorios impensables de la Unión Europea. El jefe de fila de la alianza de los movimientos de la extrema derecha europea y número dos del ultraderechista Frente Nacional francés, el eurodiputado Bruno Gollnisch, celebró ayer la inédita conquista lograda por el DS sueco. “Espero que ocurra lo mismo en otros países, en Europa e incluso fuera de Europa, porque los efectos de la globalización, es decir los estragos de la libre circulación de las personas, de las mercancías y de los capitales, pese a sus apariencias humanistas, tienen los mismos efectos destructores de las identidades de los pueblos, de su independencia y de su soberanía en todas partes”, dijo Gollnisch.

El auge de los ultraderechistas Demócratas de Suecia se suma a éxitos similares obtenidos por partidos de la misma tendencia en otros países. La extrema derecha racista, discriminatoria y agresiva que cambió sus camperas negras de antaño por corbatas de seda y un lenguaje pulcro tiene los vientos favorables. El Frente Nacional francés, precursor de la conquista de las urnas, el Vlaams Belang en Bélgica, el FPÖ en Austria, la Liga del Norte en Italia, el British National Party en Gran Bretaña, el movimiento Jobbik en Hungría o el PPV en Holanda modificaron el mapa electoral europeo. La extrema derecha entró por la puerta grande en los gobiernos de Italia y en los Parlamentos de Austria, Bulgaria, Letonia, Eslovaquia, Dinamarca y, ahora, Suecia. La crisis económica, el desempleo, el discurso nacionalista, la promoción de la homogeneidad y lo nacional, el populismo rayano y el oportunismo electoralista de la derecha tradicional legitimaron una propuesta política que sólo ocupaba un margen simbólico. La extrema derecha es hoy un actor central. El estilo con que irrumpen en los Parlamentos no difiere al empleado por el DS sueco. Los Demócratas de Suecia montaron una campaña sucia en la que llegaron a usar un anuncio televisivo –censurado posteriormente– que mostraba a un grupo de mujeres musulmanas vestidas con burka adelantarse a una anciana con muletas en una carrera simbólica por apropiarse de los subsidios gubernamentales.

El blanco preferido de la ultraderecha han sido los musulmanes. A menudo, en su afán por atraer los votos de la ultraderecha, los gobiernos de derecha moderada han sacado de la galera medidas selectivas contra los musulmanes. Referendo sobre los minaretes en Suiza, prohibición de la burka en Francia y Bélgica, debate sobre la identidad nacional en Francia, adopción de esquemas represivos para los inmigrantres por parte de la Unión Europea –la iniciativa retorno por ejemplo–, islamofobia galopante y una inagotable serie de groserías dichas en la televisión por responsables políticos marcaron los últimos años de la política europea. Las sociedades del Viejo Continente con pasado colonial en Africa y los países árabes son reacias a aceptar la presencia no sólo de los inmigrantes sino, sobre todo, de los hijos de la inmigración que nacieron aquí. En Francia se los llama con un nombre hipócrita: “Las minorías visibles”.

Las cifras de la inmigración, sin embargo, van en contra de los argumentos de la ultraderecha. Datos de la agencia europea Frontex revelan que la cifra de inmigrantes ilegales en Europa cayó en 36 por ciento en los tres primeros meses del año si se las compara con los índices de 2009. “Los políticos aseguran que Europa está siendo invadida, pero si uno se fija en las estadísticas, se da cuenta de que no es cierto”, indica Sergio Carrera, del Centro de Estudios de Política Europea en Bruselas.

El debate abierto en Francia por la expulsión de gitanos hacia Rumania y Bulgaria expone un cuadro alarmante sobre una tendencia “disuasiva” que lleva al Estado a difundir un discurso de exclusión racial. Los gitanos están entre las más pequeñas minorías que viven en un país donde hay 63 millones de habitantes y en el que los inmigrantes pesan cerca del 8 por ciento. Las consultas electorales sucesivas van esbozando una expansión del hongo xenófobo. En las elecciones europeas de junio de 2009, la ultraderecha obtuvo resultados de dos dígitos en siete estados miembros de la Unión Europea (Holanda, Bélgica, Dinamarca, Hungría, Austria, Bulgaria e Italia) y entre 5 y 10 por ciento en otros seis estados (Finlandia, Rumania, Grecia, Francia, Reino Unido y Eslovaquia). Magali Balent, miembro de la Fundación Robert Schuman y especialista de las cuestiones europeas, explica que “desde el auge de los años ’80 la extrema derecha probó que se había convertido en una fuerza política significativa en el escenario europeo”. Actor central y contaminante, su discurso impregnó el lenguaje de la derecha tradicional, amordazó a los socialdemócratas y logró poner en tela de juicio uno de los proyectos políticos de construcción común, de respeto de la libertad, de valores conjuntos y de expresiones multiculturales más ambicioso de la historia de la humanidad. ¿Quién ganará la partida? ¿El humanismo promovido por Europa o la versión menos gloriosa y moral de su historia?

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Unas seis mil personas se manifestaron ayer en Estocolmo en contra del racismo.
Imagen: EFE
 
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