EL MUNDO › MILES PIDEN LA RENUNCIA DEL PRIMER MINISTRO DE HUNGRIA

Mintió, lo admitió y se quedó

Las calles de Budapest están más llenas a la noche que durante el día. Después de una jornada relativamente tranquila, con manifestaciones acotadas y unos 50 heridos, las protestas volvieron a explotar antes de la medianoche en la capital húngara. Unas 15 mil personas, según la agencia nacional MTI, ocuparon la plaza Kossuth, frente al Parlamento, para seguir exigiendo la renuncia del primer ministro Ferenc Gyurcsany. El líder socialista se negó nuevamente a dejar su cargo ayer. Sin embargo, la presión no afloja desde que, el domingo por la noche, la radio pública difundiera un discurso de Gyurcsany en el que reconocía haber mentido durante la elección y todo su primer mandato.

Desde el inicio de las manifestaciones, Gyurcsany y sus aliados han denunciado una y otra vez a la derecha de haber armado toda esta operación política para sacarlo del poder. Es cierto que gran parte de los manifestantes, que en las últimas cuatro noches salieron a protestar frente a la sede del Partido Socialista, al edificio de la emisora de televisión y radio pública y al Parlamento, son militantes o simpatizantes de los partidos más conservadores. Sin embargo, no son todos. En una manifestación de unas 500 personas, el Comité Nacional Húngaro 2006 (MNT) se sumó al pedido de renuncia contra el premier, pero con un tinte distinto. Liderado por intelectuales, periodistas y ex disidentes del antiguo régimen comunista, este grupo se identificó con los ideales revolucionarios de 1956.

En ese año, miles de jóvenes húngaros se levantaron contra el gobierno comunista, una mera marioneta de Moscú, tomando la radio pública y ocupando las calles. Ayer, este renovado comité –un grupo con el mismo nombre funcionó como gobierno en el exilio desde Nueva York durante las últimas décadas de la era soviética– buscó equiparar la crisis actual con lo que sucedió 50 años atrás. La puesta en escena perseguía ese objetivo. Banderas húngaras con un agujero circular en el centro, como si de ellas hubiera sido arrancada la estrella roja soviética, estaban ayer por la tarde en los lugares más visibles de la plaza.

Para el analista Sebestyén Gorka, el MNT busca poner distancia de las protestas violentas de los últimos días. El director de la filial húngara del Instituto para Democracia en Transición y Seguridad Internacional, un grupo de estudios estadounidense, no le ve mucho futuro al gobierno socialista. “Las manifestaciones continuarán. Gyurcsany debe dimitir y eso es lo que va a suceder. Le doy a este gobierno un mes de vida”, pronosticó Gorka. Uno de los portavoces del MNT, László Toroczkai, se animó a dar un paso más y habló de una revolución. “Esto es una revolución. Los acontecimientos no pararán hasta que renuncie Gyurcsany”, desafió.

Esta no fue la única manifestación del día de ayer. Cientos de personas se reunieron frente a la sede del Partido Socialista para pedir la renuncia del premier. Tiraron piedras y botellas y fueron rápidamente dispersados por la policía con gases lacrimógenos y chorros de agua. En total, hubo 50 heridos y otros 50 detenidos. La sede de la televisión pública estuvo nuevamente en alerta. Debido al clima de tensión que reina en la capital húngara en los últimos días, lo que antes hubiera sido una inverosímil amenaza de bomba anónima causó la evacuación del edificio y la suspensión de la señal durante unas horas.

La violencia no estuvo ausente anoche. Un centenar de jóvenes se enfrentó a la policía en una estación de tren, cuando los miles de manifestantes que habían protestado frente al Parlamento volvían a sus casas. A pesar de los intentos de grupos como el MNT, los dirigentes de la derecha están ganando el protagonismo en esta crisis. El principal partido de la oposición, el derechista Fidesz, ya convocó para una movilización masiva para el próximo sábado. Este partido quiere aprovechar la conmoción para obtener una victoria absoluta en las elecciones municipales del próximo 1º de octubre y así forzar la caída del gobierno.

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El premier Ferenc Gyurcsany (izq.) está en el ojo de la tormenta.
 
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