EL PAIS › ENTREVISTA A JORGE CASTAÑEDA, EX CANCILLER MEXICANO

“My name is Mon... Mamón”

Era casi la única persona en el encuentro neoliberal de Rosario que no andaba de traje gris y corbata. Periodista, ex ministro de Vicente Fox –con quien se esquivó cuidadosamente–, Castañeda habla de qué izquierdas le gustan y de por qué su país no es Latinoamérica.

 Por María Laura Carpineta

Se destaca inmediatamente entre la multitud. Es el único que no tiene corbata y lleva un traje azul claro muy caribeño. Su look despeinado, bronceado y entre desprolijo y moderno lo hacen resaltar entre la marea de trajes de oficina y camisas blancas almidonadas. Jorge Castañeda es el único ex comunista y simpatizante de izquierda –una parte de la izquierda, dejará en claro después– que se animó a participar del seminario que reunió a lo más renombrado del (neo)liberalismo americano y europeo. En comparación con sus compañeros de panel (el recalcitrante anticastrista Carlos Alberto Montaner y el ex asesor de José Alfredo Martínez de Hoz, Armando Ribas), Castañeda no parece tan malo. Habla de derechos humanos y de la necesidad de terminar con la concentración de poder y riqueza en los medios, en el Estado y los sindicatos, aunque no reniega de sus vínculos con los más pudientes. “Son muy buenos amigos por cierto, pero ése es otro tema”, aclara, mientras propone desmantelar los grandes monopolios en un seminario financiado por grupos como Cargill y Acindar.

–¿No se siente un poco solo acá?

–No conozco la posición política de todos los que están acá, pero en mi caso estoy aquí no como simpatizante sino como... experto, digamos. Sobre todo, yo le tengo un gran afecto y un gran agradecimiento a Mario Vargas Llosa, un tipo que ha sido muy generoso conmigo.

–Dice tener buena relación con la izquierda, pero está rodeado de neoliberales. ¿Cómo se define?

–Como lo he manifestado en México, yo sigo pensando que México y América latina necesitan esa izquierda moderna y globalizada, que por cierto en México no existe.

Castañeda fue criado en un mundo de diplomáticos, donde las palabras gobernabilidad, instituciones y derechos civiles eran la base de cualquier conversación. Su padre fue canciller y diplomático de carrera, y su madre una intérprete de la ONU de origen bielorruso. En el año 2000 sorprendió a amigos y familiares cuando dejó su alianza con el tradicional líder de la izquierda, Cuauhtémoc Cárdenas, y se convirtió en el canciller de Vicente Fox. Tres años después renunció, según cuenta, porque quería presentarse a la presidencia. Pero en Rosario, el ex ministro y el ex presidente se esquivaron con mucha diplomacia.

–¿Cómo calificaría hoy al partido de Fox, el PAN?

–Bueno, yo nunca fui parte del PAN, sólo tuve una participación en el gobierno de Fox. Creo que es un partido democrático, que tiende a ser liberal pero con rasgos muy contradictorios. Tiene rasgos muy conservadores en materia social y cultural; en ciertos aspectos muy nacionalista, tiene un fondo decimonónico de antiamericanismo.

–¿Fox y Calderón le parecen antinorteamericanos?

–Sí, toda la reconciliación y el acercamiento con Cuba y con Chávez. Una razón es el antiamericanismo muy católico de Calderón.

–¿Y el multimillonario Plan México que firmó con EE.UU.?

–En ese aspecto, Calderón necesita a Estados Unidos y no puede hacer nada. Pero tiene un fondo muy nacionalista, muy católico del siglo XIX, que no permite colocar al PAN totalmente en la corriente liberal.

–¿Por qué México no termina de acercarse a América latina?

–Para empezar porque creo que México ni económica ni turísticamente, ni bajo ningún punto de vista, excepto del idioma, pertenece a la región. Está la nostalgia del mariachi y Cantinflas. Es simpático, pero no es en serio. El 90 por ciento de la economía mexicana funciona con Estados Unidos, tenemos a 13 millones de personas viviendo allí, 90 por ciento de los turistas que llegan a México vienen de allí y 90 por ciento de la inversión extranjera también viene de allí. Esa es la realidad mexicana.

–¿Cómo está su relación con la izquierda latinoamericana?

–Bueno, depende con quiénes y en dónde. Tengo una muy buena relación con la presidenta Bachelet, Ricardo Lagos y (el senador socialista) Carlos Ominami, es decir, todo ese sector de la izquierda chilena. También con sectores de la uruguaya; con personas en México, obviamente no con el PRD en sí. En general con aquellas que piensan que la defensa incondicional del régimen cubano es una piedra de toque mis relaciones son muy malas.

–A usted le ha pasado algo muy peculiar. Lo acusaron de ser espía de la CIA y de La Habana al mismo tiempo...

–Y del Mossad también (risas)... no en serio. ¿Cómo es que pusieron una vez en un diario? “My name is Mon... Mamón”.

–¿Nunca se enojó?

–Lo que pasa es que cuando uno tiene posiciones propias, la izquierda y la derecha usan los mismos argumentos que han utilizado toda la vida para desprestigiar a los que no están de acuerdo con ellos. ¿De qué acusa la izquierda a sus rivales? De ser agentes de la CIA. ¿Y la derecha? De ser agentes cubano-soviéticos. Ya ser soviético a esta altura es más difícil de vender, aunque el otro día me dijeron que acusan a mi mamá de haber sido agente soviética.

–¿Cómo se lleva con Washington?

–Tengo buena relación con (Thomas) Shannon. No lo veo muy seguido. Veo a (Colin) Powell también, pero él ya no tiene un cargo. Del gobierno americano... a (Condoleezza) Rice no la he visto desde que salí del gobierno.

–¿Concuerda con sus políticas?

–Yo no comparto la política internacional de Bush, excepto en algunos temas muy puntuales como la reforma migratoria. Finalmente presentó la reforma que queríamos, pero lo hizo tarde y por eso fracasó. Espero que si gana McCain lo haga él y lo mismo si gana Obama.

–¿Qué presidente sería mejor para la relación con México?

–Probablemente sería McCain, aunque para el mundo sería mejor Obama. Por desgracia, creo que Clinton ya quedó afuera.

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El continente “necesita esa izquierda moderna y globalizada, que por cierto en México no existe”.
Imagen: Sebastián Granata
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