EL PAíS › OPINION

Sombras de la derecha autoritaria

 Por Rubén Dri *

Como un juego de pinzas, la derecha fascista ha lanzado una gran ofensiva en tres frentes: los sojeros de la Mesa de Enlace liderada por Hugo Biolcati, la Comisión de Educación de la Conferencia Episcopal que dirige Héctor Aguer y el Vaticano que lidera Benedicto XVI. No hay ningún tipo de complot, sino una confluencia de intereses estratégicos.

El avance de las corporaciones sojeras con sus claras intenciones golpistas ya ha sido debidamente aclarado por sus mismos líderes. Tras las elecciones en las que los partidos de la oposición, aliados en general a los intereses sojeros, resultaron triunfadores, proclamaron a voz en cuello que el desgaste producido al Gobierno ya era suficiente como para destituirlo. Pero ahora los sojeros descubrieron una realidad pavorosa, insoportable para su fina sensibilidad social, la “pobreza”. ¡La Sociedad Rural preocupándose de los pobres! Necesitaríamos a Groucho Marx para que nos hiciese un digno comentario al respecto.

A la embestida sojera se unió la eclesiástica a través de la Comisión de Educación de la Conferencia Episcopal Argentina, cuya presidencia ejerce Aguer, un personaje que escaló beneficiado por este avance de la derecha, de la cual es eximio representante. Un manual de educación sexual y prevención del sida elaborado por los ministerios de Educación y Salud fue el objeto de sus iras. Lo tildó de neomarxista, reduccionista y constructivista. El núcleo del problema radica en que el Estado, según la concepción eclesiástica, pretende legislar un ámbito de pura competencia de la Iglesia. Es el ámbito de la sexualidad, núcleo de lo que la Iglesia llama “moral”. De los tres epítetos, el eje de la crítica eclesiástica está en el último, el constructivismo. ¿En qué consiste? En que el sujeto humano no es una naturaleza, es decir, una esencia inmóvil, sino el producto de una creación histórica. Para la Iglesia, el ser humano está constituido por una naturaleza creada por Dios. A ella se encuentra adherido el sexo. En último término todo depende de lo biológico, cuyo funcionamiento no se puede perturbar porque ha sido establecido por Dios. No se admite, pues, que la sexualidad, que no es precisamente el sexo, sea una construcción histórica, cultural. El manual criticado utiliza la categoría de género para pensar la sexualidad como construcción y no confundirla con el sexo. Así se otorga, ¡horror de los horrores!, “carta de ciudadanía a la homosexualidad y sus variantes”. Para los jerarcas eclesiásticos, toda opción sexual que no esté marcada por lo biológico es antinatural y va contra la voluntad de Dios. Así, sus pretensiones espiritualistas terminan sometiéndose a las leyes de la biología. Los maestros de la espiritualidad devienen materialistas.

La crítica de reduccionismo apunta a que el manual, según la interpretación eclesiástica, no lo vincula con “el amor, la responsabilidad, el matrimonio y la familia como proyecto de vida”. El problema que la Iglesia desprecia es que el Estado no sólo debe preocuparse de los ámbitos donde todos esos valores pueden realizarse, sino también de aquellos en los que ello no es posible. Es necesario educar para el amor, la responsabilidad y la familia, pero incluso aquellos que no creen en ellos deben saber cómo cuidarse para no contraer o contagiar el sida; una chica debe saber cómo no quedar embarazada.

Lo más repulsivo de las apreciaciones de Aguer es su afirmación de que el manual “reivindica el derecho a fornicar”. El empleo de esa palabra está destinado a causar horror, rechazo a toda relación sexual que no esté destinada a la procreación o que no esté salvaguardada por el matrimonio. Los jerarcas de la Iglesia son incapaces de admitir que ello puede ser una magnífica manera de manifestar amor y amistad, sin que por eso se esté pensando en el matrimonio o la procreación. Uno no puede menos que pensar en la “envidia sacerdotal”.

Para completar esta ofensiva alzó su voz la autoridad suprema de la Iglesia, Benedicto XVI, llamando a reducir “el escándalo de la pobreza”. Este llamado se hace por la colecta Más por Menos que realiza la Iglesia a través de Cáritas, conducida por Fernando Bargalló. Al reclamo se une Jorge Bergoglio, aprovechando la festividad de San Cayetano, para horrorizarse también él por la pobreza. Se sabe que el problema de la pobreza no se podrá solucionar si no se combate la concentración económica, que impide la justa distribución de la riqueza. Pero Cáritas no hace eso. Su director es el ingeniero agrónomo Eduardo Serantes, que suele dar conferencias en IDEA, donde están los más importantes intelectuales orgánicos de los dueños de la Argentina. Serantes es coordinador del Fondo Agrícola de Inversión Directo, que fue beneficiado —¡oh casualidad!— por el modelo sojero. Es asesor de empresas agroindustriales y directivo de Cazenave y Asociados, una consultora de San Isidro. Pertenecen a la diócesis de Casaretto, que se encuentra al frente de la Comisión de Pastoral Social.

Cuando el intendente Gustavo Posse quiso levantar un muro para separar a los “indeseables” de los “honestos ciudadanos”, ni Serantes ni Casaretto dijeron nada. Aún no habían descubierto a los pobres. Los descubren ahora, al mismo tiempo que Benedicto XVI, Bergoglio y Biolcati. Todo esto no deja de ser una gran hipocresía. Que Benedicto XVI esté “escandalizado” por la pobreza cuando destruyó todos los movimientos que luchaban para terminar con ese flagelo, no puede menos que causarnos asombro. Que Bergoglio esté escandalizado por la pobreza, cuando la Iglesia apoyó el lockout patronal que desabasteció al país para lograr que la riqueza quede en manos de las corporaciones, no deja de ser una flagrante contradicción. Los pobres son utilizados para lograr cuotas de poder.

* Filósofo, profesor consulto de la UBA.

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