EL PAIS › OPINION

Un privilegio

 Por Luis Bruschtein

Uno se acostumbra a creer que es normal que siempre haya cerca alguien como el Negro Pasquini. A mí me pasó casi toda la vida. Por lo menos desde hace cuarenta años, cuando iba a la redacción de La Opinión a visitar a mi novia, que después fue mi ex mujer. Yo estaba en la colimba, tenía 20 años, y recuerdo la fascinación que me producían las discusiones políticas, las conversaciones y los chistes en los almuerzos o en las reuniones de periodistas, a veces en El Pulpito o en cafés de la zona del Bajo.

Estaban los mellizos Algañaraz, Marcelo Capurro, el Yaya Azcone, que está desaparecido, igual que el Negro Eduardo Suárez y Luis Guagnini, a veces también Carlitos Ulanovsky, Horacio Verbitsky o Vicky Walsh y el Negro Pasquini, entre otros. El Negro era como una roca sólida para expresar sus opiniones, con una formación clásica y permanentemente actualizada, y a veces lo gastaban por sus orígenes de militancia en el Partido Comunista, un tema del que no hablaba mucho. En esos años todos militaban o habían militado y la política era una pasión que iba más allá de la observación pasiva. Nadie se asumía “independiente”, un término que aparecía como opuesto al del “compromiso” y, como periodista, el compromiso era más con la representación de los oprimidos y los humildes sin voz que con una fuerza política en particular. Por lo menos así lo entendió siempre el Negro Pasquini.

El Negro no tenía pizca de demagógico. Tenía un sentido agudo del humor y la ironía, pero como jefe era muy riguroso y de carácter más bien podrido, así que además de tener muchos amigos en el gremio, con la mayoría de ellos también había tenido sus fuertes cruces, tras los cuales llegaba el armisticio y después el regreso a la normalidad, en la mayoría de los casos, no en todos.

Nos volvimos a encontrar en el exilio en México. Recuerdo que Luis Guagnini había podido enviar un mensaje antes de que lo asesinaran en una prisión clandestina del Ejército: “Avísenle al Negro que también lo están buscando”.

Y después nos volvimos a encontrar hace veintitrés años en los orígenes de Página/12. Finalmente, para mí, el Negro era figurita repetida en este tipo de proyectos donde los periodistas tratábamos de abrir intersticios entre los grandes medios comerciales. Una presencia de lujo, un peso pesado, porque podría haber hecho perfectamente su carrera como jefe en alguno de los grandes medios y seguramente desde el punto de vista económico le hubiera ido mil veces mejor, pero siempre trató de que el periodismo le diera coherencia a su proyecto de vida. Y aprendí a respetarlo más al ver la dignidad con que sobrellevó estos últimos años el deterioro tan cruel de su salud.

Finalmente uno se da cuenta de que no es normal que haya siempre alguien como Pasquini sino que ha sido un privilegio haber compartido este tiempo con él.

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