EL PAíS

Diferencias y límites

 Por Mario Wainfeld

Había un gringuito cautivo
que siempre hablaba del barco,
y lo augaron en un charco
por causante de la peste
tenía los ojos celestes
como potrillito zarco.
Martín Fierro, José Hernández

Hablaremos de la agresión a Axel Kicillof, su esposa y sus dos hijos. No tema el lector moderado: la cita del epígrafe no apunta a la comparación exagerada, tan en boga. Al contrario, el cronista propone la necesidad de distinguir, no homogeneizar, no confundir magnitudes diferentes.

La alusión al Martín Fierro es para rescatar, acaso, su única frase respetuosa y hasta compasiva con algún gringo. Podrá suponerse que su fundamento es el odio imparable a los indios, que mataron al chico. El cronista siempre la leyó de otro modo. La ternura, remarcada por los dos diminutivos, expresa una sabiduría argentina, muy arraigada: los chicos merecen un tratamiento especial. El primer peronismo, con su consabida potencia simbólica, lo hizo consigna consagrándolos como “los únicos privilegiados”.

En lenguaje coloquial es común que personas de módica instrucción, hombres rudos inclusive, se valgan de la palabra “criatura” para aludir a pibas o pibes. Hay una delicada ternura en esa elección, un criterio de humanidad. Ideológico, si se mira bien.

Se abusa, en el discurso político y mediático, de la palabra “ataque”. Todo puede ser un ataque: una crítica, una denuncia, una chicana. El abuso de la imagen la desnaturaliza. Ataque, agresión fue lo que sufrió la familia Kicillof. Los violentos, anónimos, no trepidaron en hacer sufrir a dos chicos de dos y cuatro años. Su llanto aterrado no los indujo a la continencia ni a la comprensión sino al ensañamiento. El cronista, que no peca de ingenuo, imaginó incluso que alguno de los patoteros se arrepentiría una vez pasada la calentura del momento. No hubo tal. Tal vez contribuyó la tibieza cómplice con que la oposición (académica y periodística en especial) convalidó culposamente la barbarie.

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Una silbatina al vicepresidente Amado Boudou se inscribe en la lógica de la política. Puede valorarse mejor o peor, no tiene punto de comparación con lo que reseñamos. Cuando la diputada peronista federal Graciela Camaño le puso una piña a su par kirchnerista Carlos Kunkel, el cronista cuestionó sin renunciar a la ironía: mocionó que Camaño presidiera la Comisión de Deportes de la Cámara. Una pelea en una asamblea estudiantil no es el colmo del ethos republicano pero, si su violencia es contenida, puede ser comprendida, que no justificada.

Ensañarse con los chicos es muy otra cosa. Los comentaristas que se explayaron en los diarios dominantes pasaron por alto verdades que conoce cualquiera que tenga un poco de calle. Si un grupo de patoteros, en abrumadora superioridad numérica, le grita “cagón” al agredido, lo está chuceando para que responda, para que putee o tire una mano. El afán es encontrar un atajo para el linchamiento físico.

Cada cual tiene su estilo, vale. El cronista está convencido de que cuando se repudia una agresión o una frase indebida deben obviarse o abreviarse al extremo los cuestionamientos a la víctima. No es el momento, piensa. Confunden. La inmensa mayoría de las intervenciones recorridas en la prensa dominante dedicaron más centimil a despotricar contra el kirchnerismo que a centrarse en el penoso suceso.

Los agresores culpan al viceministro de Economía de numerosos cargos. Lo que hicieron fue trasladar a los hijos esas responsabilidades, de prepo y con violencia. Esa conducta enlaza con dos prosapias de pensamiento: el nazismo (el racismo en general) y la mafia. Nada sabe el cronista de los energúmenos en cuestión: acaso haya sido un desborde ajeno a su cotidianidad y a su idiosincrasia. En ese momento fueron salvajes sin sentimientos humanitarios básicos.

Los portavoces de la oposición murmuran reproches culposos pero terminan en un mismo punto. Esa “gente” (alguno lo identifica con el “corazón del pueblo”) imita al kirchnerismo. O sea, antes del kirchnerismo no existió la barbarie. No hubo masacre el 20 de diciembre de 2001, no fueron asesinados Kosteki y Santillán, no estalló Río Tercero. Tampoco existió la corrupción, otro invento del siglo XXI. La chatura del pensamiento tributa a la intolerancia. No ya a la incapacidad para ver sino a la voluntad de no hacerlo.

Era fácil, era imperativo, que los autodesignados republicanos se despegaran de las tropelías. No lo hicieron, salvo contadas excepciones.

La presencia de los pibes debió ser un límite para cualquier persona de bien. Su llanto aterrorizado, un acicate para calmarse.

La agresión nada dice sobre Kicillof ni, menos, sobre su familia. Sí ilumina bastante sobre sus agresores. La nefasta cobertura que le dieron sus (se supone) aliados ideológicos nada dice sobre el actual gobierno. Sí sugiere cuál es el modelo de convivencia y diálogo al que dicen aspirar sus adversarios.

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