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“Tenía una mirada socarrona y el arma apoyada en el piso de mi casa”

La abuela de Plaza de Mayo María Isabel Chorobik de Mariani y el ex militante de la JP Luis Angel Gerez testimoniaron ante los diputados y abundaron en la historia de torturador de Luis Patti.

 Por Adriana Meyer

Los diputados que juzgarán la aptitud moral del represor Luis Patti para acceder a una banca volvieron a estremecerse ayer al escuchar a dos nuevos testigos. Tal como adelantó Página/12, el ex militante de la Juventud Peronista Luis Angel Gerez declaró que reconoció la voz de Patti mientras lo estaban torturando en la comisaría de Escobar, en 1972, cuando tenía 16 años. “Era uno de los que dirigía eso, decía ‘dale en la lengua, en los testículos’”, afirmó, y bajó la vista conmovido por el recuerdo de la picana en su cuerpo, mojado adrede para que la electricidad lo recorriera por completo sobre la “parrilla”. Cuando aún no se habían repuesto del espanto narrado por el primer testigo, María Isabel Chorobik de Mariani, fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo, brindó una detallada descripción de la patota que ingresó a su casa de La Plata, de la que formó parte el ex subcomisario aspirante a diputado. “Como declaré en el Juicio por la Verdad en 1999, era Patti”, aseguró la mujer.

Su testimonio había comenzado en medio de una agitada audiencia de la Comisión de Peticiones, Poderes y Reglamento. El abogado del represor, Rafael O’Gorman, se trenzó en una fuerte discusión con el presidente de la comisión, el kirchnerista tucumano Gerónimo Vargas Aignasse. A los gritos, el letrado se quejó de que los diputados le impedían hacer preguntas y acusó a Vargas de parcialidad. “Escuchar estos gritos no es como para tranquilizar a ningún testigo”, empezó diciendo esta docente jubilada de 82 años, que recientemente perdió la visión. Como las preguntas volvieron a apuntar en forma insistente en pedir a los testigos la descripción de hechos tales como el acto de conmemoración de la toma de Garín, en el cual Patti discutió con el desaparecido Gastón Gonçalves y lo amenazó, los diputados le pidieron a Vargas Aignasse que no permita que los transformen en acusados e impida que los amedrenten. “Pareciera que enfatizan en hechos políticos que no tienen relación con la causa para explicar la tortura y desaparición de personas, cuando nada justifica esos delitos de lesa humanidad y el terrorismo de Estado del que Patti formó parte”, enfatizó el diputado Remo Carlotto, uno de los impugnantes.

En abril de 1999 Patti era el hombre “confiable” –según Carlos Menem– que se candidateaba a la gobernación de la provincia de Buenos Aires. Por eso tuvo enorme repercusión el testimonio de Mariani ante la Cámara Federal de La Plata, cuando reveló que el ex subcomisario era “uno de los miembros de la patota que entró en su casa después del asesinato de su nuera (Diana Teruggi) y del robo de su nieta” Anahí Clara, a la que aún busca. Ayer lo ratificó y con precisión describió que el 24 de noviembre de 1976 la casa donde vivían su hijo Daniel y su compañera, en la calle 30 de La Plata, fue bombardeada en un impresionante operativo del Ejército y la Policía Bonaerense. Su nuera y tres compañeros fueron asesinados. La nieta de tres meses fue encontrada por un suboficial que le preguntó al general Ramón Camps “¿qué hago con esto?” Mariani acusa de estos hechos no sólo a Patti sino también a Carlos Suárez Mason, Carlos Presti y Miguel Etchecolatz.

“Tenía una sonrisa socarrona y el arma apoyada en el piso”, dijo ayer Mariani al describir a Patti en el living de su casa. Y agregó que lo reconoció tras la aparición pública del represor por el caso María Soledad. Antes de retirarse, dejó los legajos de la ex DIPA bonaerense que dan cuenta de las tareas de inteligencia previas al asesinato de su hijo, militante de Montoneros, en agosto de 1977.

Antes de Mariani había declarado Gerez, un albañil que afirmó haber sido torturado para que se declarara autor de un homicidio que no cometió. Con claridad y sencillez, afirmó que en esa localidad se conocían todos, y que era frecuente cruzarse con Patti, incluso en la cancha. “Negro, te tengo en la mira” o “A ver en qué andás, te voy a voltear”, eran las acostumbradas advertencias que recibía por esos días de su juventud por parte del entonces oficial de la comisaría de Escobar. Gerez apoyó su mano en el poncho rojo que había dejado en el escritorio, y se quebró al recordar a su amigo Miguel Magnarelli, que sigue desaparecido. Era de la Juventud Comunista, trabajaba en la Ford y le había confesado su temor por haber sido amenazado de muerte por Patti. Magnarelli tuvo un hijo que en la actualidad tiene un kiosco frente a la plaza de ese pueblo. “Se comenta que ese chico increpó a Patti en la Municipalidad de Escobar y le dijo ‘no te tengo odio, no quiero matarte, pero sí decime dónde enterraste a mi papá’”, contó el testigo. Gerez se definió como un militante social que “por esos compañeros” pudo acceder a más educación de la que tuvo y desarrollar una sensibilidad solidaria.

La ronda de testigos en la comisión terminará el jueves próximo y el 2 de mayo será la jornada de alegatos, cuando los impugnantes Carlotto y Araceli Méndez de Ferreyra expondrán sus argumentos y Patti los suyos, en la que sería su primera aparición durante este proceso.

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La abuela de Plaza de Mayo María Isabel Chorobik de Mariani ante los diputados.
Imagen: Télam
 
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