EL PAíS › EL DILEMA ELECTORAL DE SANTA CRUZ

Viento del Sur

Kirchner definirá esta semana quién será el candidato a gobernador de su pago chico. El deseo de Cristina de contar con Alicia Kirchner en su gabinete favorece las chances de Daniel Peralta. Pero el Presidente quiere cotejar el “efecto Varizat” antes de tomar la decisión final.

 Por Diego Schurman

–Mirá que con Peralta ganamos igual ¿eh?

Néstor Kirchner persuade a su interlocutor antes de cortar el teléfono. En su escritorio se desparraman encuestas de Santa Cruz. Es miércoles a la hora del crepúsculo, y el Presidente se abruma con la suerte de su patria chica. Si fuera por los números, convertiría a Alicia Kirchner en candidata. Pero como Cristina Fernández la quiere en su futuro Gabinete, por estas horas el mandatario se siente obligado a apostar por la continuidad del actual gobernador.

Kirchner convirtió en una muletilla aquella supuesta certeza del triunfo de Peralta. A cada uno que se le acerca para bregar por su hermana Alicia, le dice lo mismo. Es también una forma de autoconvencerse porque la verdad es que la duda lo acecha. Hay un dato que confirma la permanencia del dilema. El viernes el Presidente ordenó llamar de urgencia a un consultor de suma confianza y que conoce como pocos el entramado político patagónico. Le encargó una auditoría de las encuestas que aterrizaron en la Casa Rosada. ¿Su objetivo? Cerciorarse de que la embestida asesina de Daniel Varizat no haya modificado abruptamente el panorama electoral.

Recién en el epílogo de esta semana tendrá en claro si la curva de preferencias ha variado. Mientras tanto deberá seguir escuchando sugerencias como la que le plantearon algunos pingüinos de su círculo íntimo

–¡Hasta quieren que yo sea gobernador! –abrió los brazos el Presidente, cejas al cielo, sobre una propuesta que, dice, descarta de plano.

El tema fue reincidente a miles de metros de altura. Cristina, Carlos Zannini, Alberto Fernández, Héctor Icazuriaga, José López, Nicolás Fernández, Edgardo Depetri y Juan Cabandié, entre tantos otros que viajaron en el Tango 01 rumbo a Ríos Gallegos, fueron testigos privilegiados.

Algunos se inclinaban por la hermana del presidente. Otros por Peralta. Hasta hubo quien los imaginó en una misma fórmula. En tren de especulaciones, también se incorporaron otros nombres al listado, como los de Icazuriaga y Arturo Puricelli. “Con Alicia aseguramos la provincia, no dejamos crecer a la oposición y licuamos la protesta social”, fue una de las conjeturas escuchadas a la altura de los cumulus nimbus.

Alicia porta apellido, y naturalmente le genera mayor confianza a Kirchner. En los sondeos realizados por Analogías y Equis, ambos encargados por el Gobierno, obtiene mejor intención de votos que Peralta. Por ejemplo, en el monitoreo telefónico realizado por el consultor Artemio López, entre el 15 y el 20 de agosto, la ministra de Desarrollo obtiene el 60,9 por ciento de las preferencias, frente al 22,9 del principal competidor, el radical Eduardo Costa. Si el candidato fuera el gobernador, el oficialismo ganaría, pero con el 43 por ciento de los votos, frente al 25,9 de la UCR. “Todos los que votan a Peralta votarían a Alicia, pero no todos los que votan a Alicia votarían a Peralta”, señaló a Página/12 uno de los ávidos estudiosos de las encuestas. A la luz de esos números, el escrache a la hermana presidencial –ocurrido en marzo, cuando la abuchearon y le tiraron huevos a la salida de un restaurante– poco y nada afectaron su ascendencia sobre los santacruceños.

Silencios y silenciados

La embestida asesina de Varizat se produjo en simultáneo con el acto del Polideportivo Boxing Club de Río Gallegos. Un mensaje de texto alertó a uno de los soldados de Kirchner en el mismo momento en que Cristina ofrecía un discurso condenando los “odios”. El clima era tórrido allí dentro y el semblante de la primera dama, al enterarse, reflejó pavura. En el día del regreso a la provincia, después de cinco meses de ausencia, la pareja presidencial quedaba atrapada en un hecho de inevitable trascendencia política. Varizat es, ante todo, un hombre del riñón oficial.

–Bueno, se viene el paro nacional de ATE –les anticipó, muy a su pesar, Depetri al enterarse que entre los atropellados había estatales. El diputado y hombre clave del kirchnerismo también es miembro de la comisión directiva de la CTA, la central que nuclea trabajadores del sector público.

El episodio fue tan cruento que el secretario general de ATE de Río Turbio, Cristian Castillo, no tuvo prurito en vivar a Cristina desde un rincón del Boxing Club y horas después acatar con firmeza el paro provincial.

A fuerza de inversiones (se estiman en 2 mil millones de pesos en los últimos cuatro años), el kirchnerismo ha logrado buena sintonía con la población de Río Turbio. Sin embargo, los trabajadores de esa ciudad minera no han trepidado en condenar a Varizat.

Resulta inexplicable que la senadora y candidata presidencial aún no haya hecho un pronunciamiento público sobre lo acontecido. En el acto de lanzamiento de su candidatura, en el Teatro Argentino de La Plata, hizo una acalorada defensa de la vida. Sin dar nombres, repudió ese día la política de palos a la que acudieron Eduardo Duhalde y Fernando de la Rúa para acallar la protesta callejera.

El silencio de los Kirchner se vuelve más doloroso cuando los habituales voceros de la Rosada intentan explicar la carrera homicida en la actitud beligerante que pudieron haber tenido los manifestantes. El Presidente únicamente condenó a su ex subsecretario General en privado. “Es una irracionalidad”, le dijo hace dos días a un confidente. Mientras no tome estado público, esa respuesta tiene gusto a poco.

Al mandatario lo desvelan las manifestaciones que los sectores de izquierda llevan adelante en su provincia. Está convencido de que ceder no es el componente de una negociación sino el resultado de una derrota. Uno de sus laderos asumió como propia esa concepción durante un breve diálogo telefónico con Página/12.

–¿Por qué no hubo una condena a Varizat? –le preguntó este diario.

–Kirchner dijo que repudiaba la violencia, viniera de donde viniese. Lo hizo esta semana, durante un acto en la Casa Rosada

–Fue una condena general, sin destinatario claro.

–Puede ser, pero también hay provocadores. ¿Por qué nadie ha condenado lo que hicieron los otros? Acá también hubo agresiones a Varizat. ¿O nadie las vio?

–Aun si lo que usted dice fuera cierto, nada justifica la carrera asesina de este ex funcionario.

–No estamos justificándolo. De hecho, Néstor estaba conmocionado. Pero le estamos dando contexto al asunto.

El lanzamiento que no fue

La Grand Cherokee de Varizat pisando a docentes se transformó en una polaroid de un tiempo que la provincia reclama dejar atrás. Desde lo gestual, Kirchner buscó redimirse desplazando al jefe de la Policía, Wilfredo Roque, quien tiene un historial de represión. Esa caída respondió a un pedido expreso que le hizo llegar, interpósita persona, el titular de la CTA, Hugo Yasky. Pero no alcanzó para compensar tantas otras desatenciones. En el país del superávit, a los estatales de Santa Cruz le negaron las paritarias y le aplicaron la cláusula “disciplinadora” –el textual es de un funcionario K– del presentismo, intentando silenciarlos. Recién ahora, cuatro años después de haber asumido la presidencia de la Nación, Kirchner autorizó al gobierno local a romper el chanchito y destinar parte de los recursos girados al exterior a mejorar los salarios.

El acto que lo acercó a Santa Cruz se ideó originalmente para lanzar la fórmula del Frente para la Victoria, con Peralta a la cabeza y el radical K Héctor Espina secundándolo. Una concertación plural pero en clave provincial.

Kirchner sabe que Peralta no es de su propia cuña, aunque considera que su cintura negociadora, moldeada en sus años de dirigente de la CGT, le ayudaría a mantener cierto orden en las ventosas calles de Río Gallegos. El gobernador necesita de ese apoyo pero no deja de sentir que le condiciona la autonomía. No soportaría otro período en que todas las decisiones deban requerir la aprobación de la Casa Rosada.

No es la única diferencia que esgrime con el Presidente. Peralta ha hecho buenas migas con Juan Carlos Romanín, el obispo que se puso al frente de las protestas sociales. Pero Kirchner no puede ver en el religioso otra cosa que un adversario político que responde al arzobispo Jorge Bergoglio. “La conspiración de la curia”, los bautizó el Presidente.

Esta vez el encono oficial trascendió por boca de Carlos Kunkel, un punzante portavoz K. El diputado acusó al prelado de pertenecer a “la Guardia de Hierro”, nave insignia de la derecha peronista. Alberto Fernández no quiso quedar afuera del coro. A modo de chicana, comparó la avidez participativa de la Iglesia con el silencio al que se recluían varios de sus ministros en los años de plomo.

Costa, el radical nacido y criado en Santa Cruz que enfrentará al oficialismo, buscará encolumnar detrás de sí a la dispersión antikirchnerista. Este contador público devenido empresario de la construcción y los negocios petroleros se muestra envalentonado tras los últimos acontecimientos. Más aún, agita el fantasma de una investigación para saber qué se hizo con los fondos provinciales que Kirchner giró al exterior.

En el Gobierno no temen tanto a la UCR como a la propia impericia. Casi en espejo a lo que sucede a nivel nacional, la oposición ha estado trabajando ardorosamente para el oficialismo, y viceversa. Basta ver la dificultad de los detractores del Presidente para capitalizar un estado de situación que ha impedido a Kirchner establecer la agenda política de los últimos meses. A los ojos de la Casa Rosada, el mayor obstáculo electoral es Río Gallegos. Pero se soliviantan esgrimiendo números que demostrarían que en las mismas adyacencias de la capital santacruceña encuentran buena recepción y que en el resto de la provincia las adhesiones al proyecto kirchnerista son masivas. La duda sigue siendo quién garantiza mejor ese proyecto, si Daniel Peralta o Alicia Kirchner.

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