EL PAíS › UNA PROTESTA CONTRA MACRI

Reclamo, pero festivo

 Por Soledad Vallejos

“¡Vivan los novios!”, arengaba alguien al micrófono, y un acoplado que bullía de espíritu festivo, sin rastros de cansancio tras horas de espera en vano, respondía al desafío con un “¡viva!”, ante los saludos y las sonrisas de cientos de transeúntes desprevenidos que, de Barrio Norte a Plaza de Mayo, se fueron topando con una protesta poco habitual. En plena hora pico, el camión con los novios más mentados de la jornada viajaba desde Coronel Díaz y Beruti hasta la Jefatura de Gobierno porteño: Alex Freyre y José María Di Bello, junto con otros activistas de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans (Falgbt) buscaban llevar el descontento por la no boda hasta la puerta del despacho de Macri. La realización simultánea de una protesta sobre Avenida de Mayo y un vallado sobre Diagonal Norte impidieron que el camión nupcial llegara hasta Bolívar 1, aunque la improvisación terminó favoreciendo la protesta: Freyre y Di Bello, con banderas y música primero, con una pequeña conferencia de prensa después, coparon con su reclamo el cruce de Diagonal Norte y Florida. Sólo la lluvia, algo después, puso punto final al revuelo.

El camión había arrancado poco después de las seis de la tarde, mientras Freyre redondeaba un breve discurso ante las puertas del Registro Civil. Tras casi una hora de espera que los activistas de la Federación y otras agrupaciones habían amenizado ensayando consignas, bajo la atenta mirada de vecinos y vecinas que hasta se sirvieron de balcones y binoculares, la pareja de novios había subido al camión en medio de un revuelo de cámaras, micrófonos, flashes. Bajo el cielo encapotado y con la tormenta sin declararse, a Freyre y Di Bello les llovían aplausos y pétalos de rosa roja. “Nuestro casamiento será realidad. Es cosa juzgada. Ya existimos y nos vamos a casar”, prometió Freyre, y el motor se puso en marcha en medio de aplausos y saltos que hacían temblar el piso del acoplado engalanado, para la ocasión, con globos de colores. Un cantito empezó a ganar el aire: “¡A la Iglesia Católica Romana, que se quiere meter en nuestras camas, le decimos que nos da la gana de ser putos, travestis y lesbianas!”.

La avenida estaba repleta. Eran cerca de las seis y cuarto, Coronel Díaz hervía de autos y colectivos cuando la música empezó y el camión pasó frente al shopping y las paradas de minibuses y otras yerbas. Freyre y Di Bello, cada uno con su ramo de jazmines, su insignia roja sobre el traje, ostentaban una sonrisa radiante que, en lugar de subrayar la decepción por no haber podido contraer matrimonio, parecía rescatar una opción más radical: la de poner en práctica una estrategia de la alegría para contagiar y ganar apoyos. Un rincón desprendido de alguna fiesta sobre ruedas, una edición remolona de la Marcha del Orgullo; eso parecía el camión, que avanzaba tranquilo y decidido en la marea del tránsito urbano de la hora pico al ritmo del híper clásico discotequero. “¡Viva el matrimonio!”, se arengaba, y “¡viva!” se respondía, mientras los novios seguían bailando, a veces de cara a los autos, a los colectivos, a mujeres y varones que saludaban y aplaudían a su paso. No hubo ni una agresión.

A bordo, testigos, activistas de la Federación, representantes de Ammar y del Inadi, bailaban y coreaban con tanta alegría que algunos peatones creyeron estar en la celebración por dos esposos recién consagrados. “Queremos todo, matrimonio y adopción”, coreaban los viajeros y las viajeras del camión. Hubo señoras bailando en Santa Fe y Callao, niñas de colegio saludando al llegar a 9 de Julio, mozos saliendo a las puertas de los bares, saludos cruzados en el Obelisco, mientras sonaba “¿A quién le importa?”, un tema de Thalía convertido en clásico de reivindicaciones LGTB. El camión se detuvo a media cuadra de la Jefatura de Gobierno, el vallado impedía avanzar. Los novios bajaron, bailaron. La protesta festiva continuó en Diagonal Norte y Florida, en medio de notas y una lluvia que comenzaba.

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