EL PAIS › OPINION

Hermosa, Buenos Aires

 Por Alicia Entel *

Decididamente y sin lugar a dudas, Buenos Aires es una hermosa ciudad. Extendida, abierta, conspirando contra la idea de encierro por más rejas puestas a sus plazas o muros invisibles, por protección o exclusión, que quieran poner a algunos barrios. Ciudad puerto, con nostalgia y verde, con asfalto por donde siempre y mágicamente asoma humus. Sin embargo, los discursos políticos sobre lo urbano extendieron en los últimos tiempos la imagen de la ciudad como amenaza, con una población supuestamente evasora, sospechosa y espacios en ruinas.

Por eso, en estos días de cambios de gobierno me resuenan una vez más, por lo menos, tres cuestiones: el excesivo ejercicio verbal sobre la inseguridad difusa sin referencia concreta e histórica a los móviles profundos de los grandes delitos. También el silencio en relación con haber dejado al mercado la puesta en valor de los espacios. Y el desequilibrio entre las propuestas donde impera el “no” y las que propician positivamente la calidad de vida.

Con respecto a lo primero, muchos urbanistas han dicho que el mejor modo de contrarrestar la delincuencia, la violencia urbana y las consecuencias del narcotráfico es que funcionen las instituciones, y circular de a muchos, nada de esconderse. Por supuesto que tal circulación requiere las condiciones de todo espacio público: muy buena luz, hábitat adecuado, educación cívica y ojos vigilantes. Pero lo peor es infundir más sospecha por los tantos “nueverreinas” que circulan o poner toda la vida urbana bajo el paraguas de la inseguridad.

La inequidad también se refleja en el espacio urbano, ¿por qué de eso no se habla? Obviamente es posible analizar los lugares según el poder adquisitivo de su población. Más que palabras entonces se necesitan acciones de desarrollo con equidad. No se trata de “palermizar” toda la urbe para vender tierras más caras a supuestos extranjeros ingenuos, sino de crear y promover un piso de bienestar económico básico, espacios de trabajo, recreación y hábitat en San Cristóbal, Lugano o Constitución. Ni todo “centro cultural” no siempre productivo, ni todo abandono o avidez inmobiliaria. Se necesitan decisiones políticas y acciones de Estado que potencien el desarrollo de cada lugar con su gente participativamente. La inequidad urbana sólo disminuye con equidad ciudadana, cuanto menos, los mismos derechos, accesos, trabajo, capacidad de decisión para todo el mundo.

En este sentido, es bueno alertar acerca del imperio del “no” en los discursos políticos: no es visto con buenos ojos que un gobierno ya antes de asumir avale el aumento de los impuestos, las cesantías o reubicaciones de empleados y proponga cerrar medios de comunicación públicos. Hay que tener cuidado porque así no les va bien a los gobernantes. Con estas iniciativas algunos promovieron “sin querer queriendo” la rebelión urbana y fuertes heridas en el conjunto social. Y lo que es más: olvidaron que los humildes y sencillos vecinos son principalmente ciudadanos. Abundar en la idea de color local traducida en la apelación continua a “vecino” y “vecindario” puede permitir un acercamiento afectivo, pero que se disuelve en el bache a arreglar o en los desechos recogidos a las 20.30. Los habitantes de este lugar de planeta –y de todos obviamente– merecen una interpelación mejor, el reconocimiento de ser personas, sujetos de derechos sociales, ciudadanos, con real relación con un universo importante de bienes simbólicos, con memorias e identidades, y ciertamente merecedores todos de vivir bien y disfrutar Buenos Aires.

* Docente en Comunicación UBA, directora de la Fundación Walter Benjamin.

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