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Tom Hanks, Spielberg y la fábula del aeropuerto JFK

La terminal presenta el caso de un hombre anclado en un “no lugar”, cediendo a la tentación del estilo Frank Capra: más allá de leves críticas al sistema, impera un tono amable, políticamente correcto.

 Por Luciano Monteagudo

El núcleo de la historia podría haber sido arrancado de alguna de las pesadillas urbanas imaginadas por J. G. Ballard, como La isla de cemento o Rascacielos, donde por una circunstancia fortuita un hombre queda atrapado en una autopista o una torre de departamentos, ante la más absoluta indiferencia del prójimo. De hecho, una de las mejores películas de Steven Spielberg (y también de las menos recordadas) es El imperio del sol, basada en uno de los textos más personales del autor de Crash. Aquí se trata de un aeropuerto, un típico “no-lugar” (como los definió con precisión el sociólogo Marc Augé) en los que se reproduce de manera casi paródica el mundo exterior, se incita al consumo histérico y el tiempo parece suspendido.
Hasta la terminal aérea de Nueva York, la famosa JFK, llega Viktor Navorski (Tom Hanks), turista proveniente de Krakozhia, supuestamente una de las ex repúblicas de la vieja órbita soviética. Al pasar por la ventanilla de migraciones, su pasaporte queda retenido: sucede que mientras Viktor estaba en vuelo se produjo un brutal golpe de Estado en su país, se cancelaron las visas y el gobierno de los Estados Unidos no reconoce al gobierno rebelde y por lo tanto a ninguno de los ciudadanos que de allí provienen. Viktor no es un refugiado político ni llegó pidiendo asilo humanitario. Es, como dice el encargado de seguridad del aeropuerto, el burócrata Frank Dixon (Stanley Tucci), “una grieta en el sistema”. Y un problema que, a la espera de una mejor solución, Dixon decide dejar para más adelante, hasta que aclare la situación política. Mientras tanto, le devuelve a Viktor su equipaje, le pone un puñado de vouchers de comida en las manos y lo deja indefinidamente libre en la zona de tránsito internacional. Viktor no habla casi ni una palabra de inglés, pero al entrar en ese shopping condensado con vista al cielo entiende muy bien lo que le dice el policía que lo abandona allí: “Acá lo único que se puede hacer es comprar”.
Una y otra vez, Viktor intentará cruzar la puerta detrás de la cual lo espera la promesa de Nueva York, pero será sistemáticamente rechazado, durante meses. El propio Dixon le sugiere maliciosamente que la transgreda, sin más, para que así la policía lo pueda detener y él se libre de tener en JFK a un pasajero sin destino, vagando por la terminal en bata de baño, como si fuera el living de su casa. Pero Viktor es más inteligente de lo que Dixon supone y, poco a poco, va encontrando la manera de sobrevivir en esa jaula de cristal y plexiglass.
El asunto no sólo remite a Ballard sino también, vagamente, a El castillo, de Kafka, e incluso a una situación real, la de un iraní que vive desde hace 16 años en el aeropuerto Charles de Gaulle, de París, y cuya situación ya inspiró una película francesa, Stand-by, de Rose Stéphanchik, exhibida en el Bafici 2001. El tono del film de Spielberg, sin embargo, no podría estar más lejos de Ballard y Kafka (que fueron quizá los modelos que soñó el iniciador del proyecto, Andrew Niccol, que estuvo detrás delos guiones de The Truman Show, Gattaca y Simone). Todo lo que en la situación de Viktor podría convertirse en un mal sueño, en una visión deformada y crítica del mundo, se vuelve aquí fábula, quimera, fantasía. El referente de Spielberg sigue siendo, como siempre, el cine de Frank Capra, esas tragedias optimistas a la manera de Caballero sin espada o ¡Qué bello es vivir!, en la que basta tocar fondo para encontrar lo mejor, lo más dulce de la naturaleza humana. El sentimentalismo, la compasión, la tendencia a convertir un drama en una comedia son también inherentes a Capra y reaparecen potenciados en Spielberg, que no alcanza a trascender su tema y entonces lo banaliza, le suma una subtrama romántica (con Ca-therine Zeta-Jones como una azafata enamoradiza) y le permite a Tom Hanks que se vuelva un payaso simpático y previsiblemente querible por todos, aun por quienes quieren deshacerse de él.
El film de Spielberg no podría ser más políticamente correcto. Los amigos fieles de Viktor en JFK son aquellos que integran la clase prestadora de servicios: un hindú, un latino, un negro, todos cumpliendo con las tareas más bajas de la terminal y dispuestos a solidarizarse con la suerte de quien reconocen como a un par. Al fin y al cabo, ellos también pasan encerrados allí la mayor parte de sus vidas. No faltan tampoco algunos diálogos punzantes, que sintonizan muy bien con el esprit du temps de la era Bush: “Este país detiene tanta gente que está todo lleno”, se queja Dixon cuando pide ayuda, sin suerte, a distintos organismos de seguridad. Todo eso está muy bien, pero también se nota demasiado, como si Spielberg quisiera hablarle a tanta gente a la vez que no se dirige a nadie en particular, y entonces lo que tiene para decir se vuelve estereotipado o se diluye.

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Hanks es Viktor Navorski, atrapado por la burocracia estatal.
 
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