PSICOLOGíA › LOS SIETE LOCOS Y EL “GOCE FEROZ” DEL CAPITALISMO

“Un Dios para la cieguita”

A partir del análisis de Los siete locos, de Roberto Arlt, el autor avanza hacia la ubicación de la ideología, como “fantasma social”, y señala “los pactos democráticos que el capitalismo despliega para encubrir el goce feroz de la dominación de clase”.

 Por Pablo Fuentes *

Los siete locos como novela de la tensión entre la “ficción del uno mismo” (Erdosain) y la “ficción del complot” (El Astrólogo). La angustia de Erdosain, que hace referencia a un “algo” que lo empuja hacia la oscuridad y el crimen, como tapadera del goce obsceno que la novela despliega en la ficción del Astrólogo. La cortina de angustia que oculta (mal) un goce oscuro, feroz, perverso, que es el corazón terrible del contrato social y la Ley. La revolución del Astrólogo, su nuevo orden, pretende exponer, poner en la luz esta voluntad perversa de un goce total, legislar sobre la falta para, reconociéndola, desconocerla. El Poder tiene que ver con la impunidad de la Renegación.

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La escritura de la novela como un virus que coloniza el relato social reemplaza el buen decir del discurso, por la proliferación ambigua de una escritura literaria que cuenta sobre un delirio al que imita y, a la vez, metaforiza.

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Topografía del enigma: ¿dónde se esconde el secreto en el mapa de la novela? En el corazón de la ciudad, en las esquinas oscuras del relato titubean los sentidos, la narrativo trastabilla contra la sobredeterminación que la urbanística impone a los cuerpos y a los discursos. La construcción del espacio: el texto arma sus propias tácticas discursivas de edificación del espacio donde se va a desplegar. El texto narrativo, el texto clínico necesita esa construcción espacial, el marco donde deben habitar los personajes de la novela, de todas las novelas. Un espacio libidinal de intercambio: la novela contra la arquitectura. Los personajes circulan por esa ciudad que se construye en su devenir, que es, literalmente, un discurrir que erotiza los edificios y las esquinas, los “rascacielos” se exaltan en su materialidad ante la angustia de Erdosain o los devaneos de Haffner, el Rufián Melancólico.

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Haffner, en su paseo urbano: “Yo puedo convertirme en un Dios para la Cieguita. Puedo o no puedo. Claro que puedo. ‘Fioca’ con todos los agravantes... Al convertirme en un Dios para la Cieguita, dejo de ser el marido de la Vasca, de Juana y de Luciana. Además, la Cieguita no necesita saber nada de estas cosas. Ni yo decirles a esas vagas que me ‘rajo’. En última instancia, que se arreglen. Yo no voy a ser más rico ni más pobre con diez mil pesos... Nos iríamos a París. Compraríamos alguna casita en el arrabal, y yo leería a Víctor Hugo y las macanas de Clemenceau”. El paseo del Rufián Melancólico en la novela construye la ciudad en la medida que despliega en monólogo de sus proyectos gozosos. Una ciudad expresionista toma los contornos de ese mundo fabuloso de mujeres esclavas donde él sería rey. Enemigo del inconsciente, el perverso siempre monologa, construye narraciones de un goce fabuloso que, en Los siete locos, encuentra sus límites cuando la ferocidad oscura de la ciudad le impone su propio relato. Su monólogo regocijado termina cuando le pegan un tiro: “Me jodieron”. La novela como lucha de relatos donde el soliloquio yoico encuentra su abismo en el roce de la oscuridad de lo indecible que siempre acecha y no replica, pero actúa.

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Tres formas privilegiadas del Relato: la novela, la ideología, la ciencia. En Los siete locos se entreveran esas formas. La discursividad del texto se arma con los andamiajes de la literatura misma (la biblioteca), la ideología (en tanto sistema de imágenes y representaciones en el lazo social) y la ciencia (hay cierta parodia de su discurso, o su poetización: la rosa de cobre). Como efecto del cruce, la organización de la trama refleja su tema: el complot.

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En 2004 en The New York Times, Ron Suskind reveló una conversación que había mantenido en 2002, con un asesor de George W. Bush: “Me dijo que las personas como yo ‘creen que las soluciones surgen de su juicioso análisis de la realidad observable’. Yo asentí y murmuré algo sobre los principios de la Ilustración y el empirismo. Pero él me interrumpió: ‘El mundo ya no funciona de esa manera. Ahora somos un imperio, prosiguió, y cuando actuamos, creamos nuestra propia realidad. Y, mientras ustedes estudian esa realidad, nosotros volvemos a actuar y creamos otras realidades; y así es como pasan las cosas. Nosotros somos los actores de la historia. Y a ustedes, a todos ustedes, no les queda otra cosa que estudiar lo que nosotros hacemos’”. Constituir un semblante, llamado por ejemplo Imperio, es lo que permite al discurso político dominante relanzar la creación de la realidad asumiendo el lado superyoico de la ley, el obsceno, el que ordena gozar, como ley. Operación perversa para evadir la falta y tratar de recuperar un goce eterno e infalible. En Los siete locos el nombre para Imperio es, para el Astrólogo, Revolución.

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La ideología como síntoma que señala lo reprimido en el discurso, su núcleo real negado. Núcleo real de goce que reaparece en el malestar social, en el síntoma social. Ser hablado por la ideología supone adherir a la negación de la parte oscura, inaceptable. Este es el punto donde se unen discurso neurótico e ideología. A través del síntoma, desde este desconocimiento, la verdad de este goce reprimido se manifiesta y hace trastabillar el orden, la coherencia del discurso.

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Hegel: “El hombre es esa noche, esa nada vacía, esa noche que lo envuelve todo en su simplicidad, una infinita variedad de representaciones, de imágenes, ninguna de las cuales es en ese momento pensada ni está presente. Lo que existe aquí es la noche, la naturaleza en su interioridad, el yo en su pureza. En torno de esas representaciones fantasmagóricas se cierne la noche: aquí aparece bruscamente una cabeza ensangrentada, ahí una forma blanca, para desaparecer de inmediato. Esa noche es la que descubrimos cuando miramos a los ojos al hombre, una noche que se torna cada vez más espantosa: cae ante nosotros la noche del mundo”.

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La Noche del Mundo de Hegel es la negatividad absoluta producida por la separación entre Naturaleza y Cultura por efecto de un trauma, de un acto de fundación violenta, la separación de lo Real, que siempre acecha. Del puro Yo del goce al sujeto barrado, media la violencia de la palabra, que separa y legisla. El lenguaje que vacía nuestro cuerpo de goce, que nos pone en estado de separación y nos arroja a la metonimia de la búsqueda. El fantasma surge para tapar esa Noche, como respuesta al objeto natural perdido que juntaba el uno mismo y el mundo, como velo sobre la catástrofe de su caída.

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La creación de realidad también supone un saber hacer con la angustia ante la proximidad de lo Real que hace caer los semblantes. Lo Real, lo que resiste, lo imposible de ser representado, lo que no puede articularse en el contrato social, en los pactos democráticos que el capitalismo despliega para encubrir el goce feroz de la dominación de clase. El capitalismo se sirve de la ideología como fantasma social, como ficción simbólica consensuada, para construir una realidad a la que sostener. Está la llamada realidad, detrás de la ideología, detrás el fantasma y, detrás, la Noche del Mundo.

* Fragmentos del trabajo “Ejercicios para la mano cómplice. Creación de la realidad y políticas del goce”, que fue expuesto en Nota Azul-Institución Psicoanalítica, en septiembre de 2011.

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Alfredo Alcón y Osvaldo Terranova en Los siete locos, de Leopoldo Torre Nilsson.
 
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