PSICOLOGíA › AVATARES DE LA FRATERNIDAD EN LA VIDA CONTEMPORANEA

“Pinta tu reunión de consorcio y serás universal”

 Por Mario Pujo *

Un niño pequeño palidece –¿de celos?, ¿de envidia?– frente a la imagen plena de su hermano de leche prendido al seno materno: esta observación de las Confesiones de San Agustín (que Jacques Lacan citó reiteradamente) señala la ambivalencia constitutiva en que se encuentra capturado el vínculo fraterno. La medida de locura que anida en toda pasión celosa puede advertirse en la confrontación con ese límite, cuando el objeto de fascinación que se teme perder aparece a su vez con una plenitud intolerable. Es la misma pasión que, en el relato de Caín y Abel, acompaña y escenifica el asesinato inaugural, consagrando bíblicamente al fratricidio como el primer crimen humano.

Pero no sería suficiente caracterizar el vínculo fraterno por su ambivalencia, dado que, como Freud lo vislumbra desde el comienzo, cualquier vínculo está alcanzado por ella. La ambivalencia anida en los lazos familiares y se despliega inevitablemente en los lazos laborales, los lazos políticos, los lazos de autoridad, los lazos con el vecino. Parafraseando a Chéjov, podríamos prescribir acerca de nuestra convivencia urbana: “Describe una reunión de consorcio y describirás el mundo”. El odioenamoramiento cimenta el lazo social, y, en la construcción de ese basamento, la relación fraterna desempeña una función constitutiva.

Lo que especifica la relación de odio y amor –en ese orden– con el hermano, no es tanto su intensidad como su cualidad. Algo que seguramente se visualiza de modo mucho más nítido cuando esos sentimientos alcanzan la radicalidad de una pasión extrema. El odio fraterno es el odio más odioso de los odios, el más cruel, un odio verdaderamente criminal. Es un odio asesino, el odio impiadoso que se pone en juego en el cuerpo a cuerpo de cada batalla; ese odio que, en la guerra, como lo explica detalladamente Freud, atribuye al oponente nuestras más viles indignidades, proyectando sobre el otro la propia barbarie, la propia monstruosidad, para poder dar más fácilmente rienda suelta a su expresión y encontrar su satisfacción en el martirio del enemigo. Toda guerra es, desde esta perspectiva, una guerra fratricida.

El odio fraterno, el que se adivina en el niño agustiniano, es el mismo que se dirige al extraño, al extranjero, al que habla otra lengua, al que profesa otra fe, al que porta el Chador o la Kipá: el odio que suscita el signo de un goce Otro, cuya completud fragmenta al sujeto y lo conmina a la acción; un odio irreductible.

Por el contrario y en la otra punta, el amor fraterno debe ser considerado propiamente un amor sublime, vale decir, un amor sublimado –“deserotizado” tanto como “destanatizado”–, un amor que se consagra más allá de la sexualidad y el narcisismo, más allá del egoísmo y la codicia, más allá del deseo y la voluntad de poder. Un amor solidario, altruista, un amor que encuentra en San Francisco de Asís (Hermano sol, hermana luna) una forma casi delirante de realización: si el mundo es creación de Dios, todos los seres y las cosas son hijos del Señor, y, por tanto, hermanos entre sí. Si el odio fraterno, en su vertiente paranoica, se dirige al goce supuesto en el Otro, el amor fraternal, en su radicalidad altruista, supone el sacrificio del goce en un acto de renuncia sublime. Desde luego, los lazos de odioenamoramiento fraterno suelen transitar, en la cotidianeidad, carriles más civilizados. Es precisamente eso lo que le exige al individuo la civilización: un odio que sepa canalizarse por las vías de la competencia y la envidia más o menos sanas, incluso hasta saludar en ellas un motivo de progreso; al mismo tiempo, se le reclama un amor que sepa compadecerse de las desdichas del prójimo, por reconocer un mínimo de solidaridad como umbral indispensable a la convivencia social.

No obstante, lo comprobamos a diario, el desarrollo presente de nuestra civilización expone una tendencia creciente a atacar ese lazo social, proponiendo un ideal de completud individualista relativamente accesible a través de la producción de objetos de consumo y de satisfacción personal. La sociedad se compartimenta progresivamente en unidades más pequeñas y aisladas, y la relación al otro, el otro mismo, pasa a contar cada vez más como un elemento intercambiable al servicio de esa satisfacción.

Las redes simbólicas que regulan la relación al semejante se fragilizan, y la facilidad de contacto que favorecen los medios de comunicación tiende a virtualizar el vínculo que se establece con él. La promoción de un goce, parcial pero indefinidamente renovable, se ubica en el extremo opuesto a cualquier ideal de renuncia. El compromiso que, en toda relación, exige el cuidado del otro, supone un sacrificio y una responsabilidad que la propia lógica consumista evidencia desalentar.

¡Inseguridad! El significante amo de nuestra época demuestra regir los vínculos a escala planetaria: el otro, mi hermano, deviene un extraño, un virtual enemigo. Mi prójimo puede querer robarme, hacerme estallar, abusar de mi, encontrar en mi cuerpo la carne ofrecida a una pulsión incoerciblemente destructiva que habita también en mí. Freud reconocía en ella la referencia y el límite que convierte el precepto de amor al prójimo en una exigencia propiamente inhumana.

Fraternité! Ese grito de combate, incorporado a la divisa nacional francesa luego de la revolución de 1848, completó la potente trilogía –“libertad, igualdad, fraternidad”– que marca a fuego la subjetividad de Occidente: expresión mancomunada de una esperanza salvífica, es también un ideal universal –de pretensión universalizante– pero encuentra en la modernidad tardía los límites de una extensión cada vez más restringida, cada vez más local. Lo percibimos en el mismo país que lo vio nacer: las deportaciones de indocumentados en la Francia actual, demuestran que esa Fraternité! se limita a los cada vez más estrechos límites de lo que la propia Marsellesa convoca como les enfants de la patrie, los “hijos de la patria”. La patria: un padre, un tótem, los colores de una bandera o de una camiseta de fútbol, los rituales de una religión o las exigencias de una laicidad que marcan las fronteras del clan, fuera de las cuales el otro es portador de un goce que amenaza nuestra propiedad, nuestro bienestar, nuestro modo de vida civilizada. En lo real de ese goce inasimilable del otro, el multiculturalismo encuentra una frontera irrebasable a su pretendido esfuerzo integrador. El portador será entonces considerado inevitablemente extranjero y, por ello, devuelto al mar, al desierto, al campo de refugiados, a la guerra, la miseria, la inanición, de donde no debería haber pretendido escapar para alterar nuestro bien conformado modo de confraternizar.

* Extractado del artículo “Fraternité!”, en Psicoanálisis y el Hospital, Nº 32.

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