SOCIEDAD › MUCHA GENTE Y MUCHAS VENTAS EN LA NOCHE DE LAS LIBRERIAS

Una ciudad para los libros

Con Go, Scrabble, música, arte y tours literarios en los barrios, las librerías tomaron las calles y tuvieron una masiva respuesta de público. Una fiesta que fue para todos los gustos y todos los bolsillos.

 Por Facundo García

Cuando termina el día, los libros empiezan a existir de manera diferente. Brillan, como brillaron ayer durante la Noche de las Librerías, una fiesta que cambió la fisonomía de varios puntos de la Ciudad y convocó a más de cuarenta mil personas. Medio centenar de actividades gratuitas entre juegos, recitales de poesía, conciertos y talleres animaron a los visitantes para que despuntaran el viejo vicio de perderse entre volúmenes, en busca de aquel párrafo o aquellos versos que lleguen para cambiar la vida.

No hizo falta mucha plata. En contraste con lo que pasa en la Feria del Libro –donde los usados no corren–, esta vez los compradores más pobres pudieron elegir entre perder el sueldo en la caja de los comercios caros o regularse con las mesas de saldos. Como sea, libreros de todos los palos coincidieron en que anoche se vendió el triple de lo habitual. Lógico: la jornada fue larga y masiva. Tanto es así que a las cinco de la tarde ya había un nutrido grupo de curiosos agrupados en una esquina de Palermo. Ahí, muy cerca de la cuadra que Jorge Luis Borges eligió para su Fundación mítica de Buenos Aires, la guía Soraya compartía datos acerca de la relación que tuvieron con ese barrio el propio Borges y Julio Cortázar. El público –varios turistas, pero con mayoría porteña– recibía las revelaciones con atención. Y a medida que avanzaba la caminata, una cartografía nueva y literaria reemplazaba la mirada ciega que impone la costumbre. “Mi hija me pide que descansemos, pero ¿cómo voy a parar ahora, que estoy en este lugar soñado?” contaba –enérgica y en llamas– la docente Beatriz Espinoza, oriunda de Tuxtla (México). Su hija no dijo nada.

Más al sur, el paisaje ganaba ribetes pintorescos. Cortada entre Callao y Talcahuano, Corrientes volvió a ser por un rato aquella “cosa viva” que le encendía la mirada a Roberto Arlt: “La sola calle que tiene alma, la única que es acogedora, amablemente acogedora, como una mujer trivial, y más linda por eso”. Se iba el sol, venían luces. Miles deambulaban por la vereda, por el asfalto y por esas estanterías en las que –según su fantasía– Umberto Eco encontró el texto que le allanó el camino para escribir El nombre de la rosa. Despatarrados en unos sillones, hubo quienes buscaban la brisa. Otros se concentraron en juegos de tablero como el Go y el Scrabble.

En Buenos Aires, este año Capital del Libro, hay más de trescientas cincuenta librerías. La relación librerías-cantidad de habitantes es la más alta de la región. Se entiende, pues, el éxito de la idea. Claro que los autores no ven demasiadas ganancias más allá de la difusión. Por otro lado están las editoriales: para las más independientes, como Eloísa Cartonera, tantas horas de circulación y curiosidad sirven. Desde la librería Sudeste, la chilena Antonia Pigna confesaba su admiración ante el movimiento. “A mí Macri no me simpatiza. Pero creo que ésta es una cuestión aparte. No sé en qué otros sitios viene gente y te dice ‘hola, voy a llevar varios de Borges porque empiezo las vacaciones’. Ese entusiasmo por la cultura es algo muy valioso que tiene Argentina.”

En la intersección con Talcahuano se ubicó un gran escenario. Cúspide y Hernández, clásicas, mantenían su protagonismo sin aspaviento. A las nueve y media de la noche Sandra Mihanovich arrancó con un homenaje a María Elena Walsh. Antonio Birabent apareció más tarde, para musicalizar poemas de Baldomero Fernández Moreno, en busca de que la cantidad de flores derrote a la dictadura del balcón.

Sobre Bulnes y en ciertas librerías importantes –El Ateneo, y su doble– se multiplicaron las propuestas. Pero en San Telmo primó lo vecinal. Una gran mateada en plaza Dorrego hizo que las librerías de la zona –que les dan máxima prioridad a los lectores locales– se integraran al festejo. Fue el caso de Fedro. Tras el mostrador, Daniel Bottari respondía consultas con dicción elegante y un fondo de jazz. “En realidad, el evento coincide con que en esta época del año se vende más. Vienen las fiestas, y encima el calor te da ganas de pasear. De hecho, nosotros cerramos bien tarde para sintonizarnos con la costumbre. Nos involucramos en la mateada y creemos que es necesario dar el presente en las movidas barriales. Simplemente porque sentimos que, como libreros, lo barrial es nuestro eje.”

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