EL PAIS › OPINION

El péndulo de Carrió

 Por Marta Dillon

Cuando Elisa Carrió llamó a la “resistencia y la construcción” en el discurso fundante de su partido, cuando todavía era movimiento, la sigla ARI significaba Alternativa para una República de Iguales. Eran tiempos en los que ella llamaba huracanes a los sucesos políticos y hasta los numeraba para afianzar la lógica de una sucesión inexorable de acontecimientos que derivarían en una “caída del régimen” y, en el mejor de los casos, en la investidura presidencial para su persona como única garante de un “pacto moral” que tenía que implicar arrepentimiento de todas las partes involucradas. Si alguien estaba a su lado entonces, ése era Alfredo Bravo, el maestro, su maestro. Un año después, a Bravo ya no se lo veía tan cerca de Carrió; fortalecida por una imagen pública que tanto la podía estigmatizar hasta convertirla en “esa loca” como adivinar en ella la promesa de una épica –moral, sí, pero con el oído y el corazón puesto en “el otro”–, Carrió ya no necesitaba tanto de la experiencia como de la fidelidad a toda prueba y por eso a su lado se veía a mujeres como Susana García, presidenta comunal de Chañar Ladeado, en Santa Fe, durante diez años hasta que su líder y amiga la llevó al Congreso. Entonces ARI quería decir Argentinos por una República de Iguales y entre sus filas estaban todos los desencantados de la diáspora del Frepaso y la hecatombe de la Alianza. Dirigentes a los que se podría ordenar tímidamente a la izquierda del arco político como Eduardo Macaluse o Mario Cafiero. De hecho la primera performance electoral de Carrió no sólo fue digna sino que estuvo a punto de ganar la provincia de Santa Fe donde el socialismo de Hermes Binner le daba la mano, izquierda, por supuesto. Aquel 2003 en que Lilita sacó el 14,1 por ciento de los votos a nivel nacional era la época en la que debía soplar el “cuarto huracán”, o sea el pacto de los dos partidos principales –UCR y PJ– para no ser expulsados del ágora a fuerza de gritos populares por que se vayan todos. Los tres anteriores habían arrasado a tiempo según la visionaria: el primero la renuncia de Chacho Alvarez a la vicepresidencia y el cristal de los sueños progresistas hecho trizas en el piso; el segundo, la llegada de Domingo Cavallo y Ricardo López Murphy al gobierno de Fernando de la Rúa (quién hubiera dicho que no tantos años después el denunciado RLM sería su aliado electoral) para demostrar la vitalidad del “régimen” económico; el tercero la huida por los techos de De la Rúa. Pero el cuarto se resistía. El PJ no se destruía, sobrevivía a sus propias crisis, se reorganizaba. Y Carrió, en tanto dirigente principal, tan fulgurante que apenas se puede recordar a alguien más detrás de su brillo, no podía insistir en profecías que no se cumplían ni tampoco mantenerse a la izquierda porque eso la hacía invisible como oposición. Con Néstor Kirchner en el gobierno su partido, tal vez como una estrategia de programación mental, empezaba a llamarse Afirmación por una República de Iguales mientras el éxodo de cuadros le cambiaba por completo la fisonomía de esa fuerza que se había fundado en épocas de cataclismos. Ya no habría reuniones con Víctor De Gennaro ni con nadie de la Central de Trabajadores Argentinos. Su íntima amiga, Graciela Ocaña, era denostada públicamente por Carrió por haberse sumado a la gestión Kirchner. Mario Cafiero se había perdido hacía rato de su vista y el grupo duro que alguna vez latió por el Frepaso le hizo el feo no sólo de irse sino de llevarse el nombre que Carrió maquillaba según la época: Macaluse, Fernando Melillo, Delia Bisutti, Marta Maffei, entre otros y otras, dieron el portazo dos días después de que Cristina Fernández fuera elegida por primera vez como Presidenta denunciando “un giro a la derecha” cuya forma más evidente fue el coqueteo con el antes despreciado Ricardo López Murphy con quien jugó a los Pimpinela hasta que el acuerdo naufragó. Sin embargo, a falta de López Murphy bien le sirvió Alfonso Prat Gay a modo de indicación luminosa sobre hacia dónde estaría permitido el giro por donde se dejaba conducir al partido, ahora llamado Coalición Cívica - Afirmación para una República Igualitaria –término bastante más relativo que “iguales”– e integrado por figuras que también habían pasado por lugares similares a los que había transitado Carrió, sólo que en tiempos diferentes: Carrió hizo campaña para De la Rúa, es cierto, antes de esa fecha que ahora se recuerda para festejar el cumpleaños. Pero para cuando Patricia Bullrich ocupaba ministerios en el último gobierno radical, Lilita sólo le auguraba el infierno. Y sin embargo aquí estaban, justo cuando una mujer ocupaba la presidencia –que no era Carrió, mal que les pese a las predicciones de Parravicini que en los ’60 había dibujado como salvadora de la patria a una mujer gorda para darle esperanza a esa que en 2001 se jactaba de ser gorda y no soñaba con meterse cada tanto en un spa para hacer dieta–, las dos como las mejores amigas, presentándose al electorado como reserva moral de la patria para incomodidad de algunas figuras históricas del ARI como Marcela Rodríguez, que finalmente dijo basta poco antes de las últimas elecciones porque, entre otra cosas, ya había sido demasiado sapo compartir espacio con Bullrich. Ahora es Bullrich la que pega la vuelta. O, más bien, a la que se intima a no volver y a olvidar la casa del ARI, su nombre –que hay que ver si recuerda qué significa– y su amor, que ella de olvidar tiene experiencia como bien reza su carrera política. Desde el margen, se supone, Carrió atinó a una tímida defensa de su protegida. Pero el predicamento de la líder que supo perder más votos que amigos o amigas parece que tampoco talla en lo que queda del ARI. ¿Pero cuál ARI? ¿El que planteaba la necesidad de un pacto moral, de dar testimonio personal y no hablar de propuestas porque las propuestas “se debaten” como era hace diez años? ¿El ARI que reclamaba por una asignación universal para cada persona nacida en este suelo? ¿El que suscribía el plan de hambre cero que proponía la CTA inspirado en los postulados del PT brasileño? ¿El que decía, como en el discurso inau-

gural, allí en el mismo lugar donde hoy se festeja una década, que sin justicia la memoria es una palabra vacía o el que votó en contra de que las muestras de ADN puedan ser tomadas compulsivamente cuando hay una víctima de apropiación? ¿O el que votó en contra del traspaso de las AFJP al Estado, en contra de la nacionalización de Aerolíneas Argentinas, en contra de la ley de medios? Diez años no son nada, una década es un tiempo que la memoria recorre con facilidad; con tanta facilidad como, en apariencia, se puede oscilar del compromiso con ideas progresistas a festejar con la cúpula de la Sociedad Rural que sus intereses no hayan sido tan afectados. Diez años no son nada. De hecho ahora el ARI quiere volver a ser lo que fue, asociarse con Binner que les había ofrecido épocas doradas, festejar los diez años tanto como el alejamiento de Patricia Bullrich sin decir claramente por qué la toleraron dentro de la fuerza y por qué dejaron que el péndulo de esta fuerza política oscilara con tanta amplitud. A lo mejor se trata de un hechizo: el péndulo se pone frente a los ojos, la mano de la prestidigitadora lo mueve y arrullada por la voz de quien se supone tiene el poder se produce la hipnosis. Se verá ahora que Carrió dejó su fuerza –ay, otra vez, deja, vuelve, deja– cumpliendo con los diez años de plazo que se había dado para la política en 2001 si su péndulo deja de oscilar. Y si quienes despierten de ese hechizo son capaces de algo más que preguntarse quién soy, dónde estoy, cómo llegué hasta aquí.

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