EL PAIS › MILITARES RETIRADOS, VENIAS Y DISCURSOS EN EL ENTIERRO DE BUSSI

Un día de dinosaurios con nostalgia

La familia invitó a los “viejos camaradas” y la última aparición del represor incluyó repudios “a su degradación” y hasta la observación sobre la “ironía” de que hoy gobiernan “esos que él combatió en los setenta”.

Imagen: Gonzalo Martinez.

Enterraron en Pilar al represor Antonio Domingo Bussi. Su mujer, Josefina “China” Bigolio, su hija Fernanda, su hijo José Luis y sus nietos fueron acompañados por un puñado de militares retirados. En los discursos de despedida, su amigo el teniente coronel retirado Roberto Francisco García Tuñón contó anécdotas personales de Bussi y destacó su gestión como gobernador de Tucumán. “El estado natural del hombre es una posición erguida y aplomada, de una voluntad inquebrantable y un paso firme para recorrer caminos ilimitados. Te reconozco con estas cualidades y espero que nuestros camaradas también lo hagan. Espero que la historia, alguna vez, pueda reconocer a sus verdaderas milicias”, afirmó García Tuñón. El general Humberto Pizzi, también amigo de Bussi, reflexionó acerca de su degradación, su condena y el avance de las causas contra militares por los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura militar. “Tenemos mil camaradas presos, muchos ubicados en cárceles comunes. Están esperando que se mueran como Antonio”, aseguró Pizzi.

Su hijo Ricardo, que está distanciado de su hermano José Luis por motivos políticos, realizó una misa en la Iglesia San Roque, en Tucumán.

En el salón de la administración del cementerio Jardín de Paz que se encuentra a unos veinte metros de la entrada, un grupo de cinco señoras conversaba copiosamente. “El miércoles fue tremendo. Cuando apareció la placa en Crónica, la llamo a la China y me dice ‘No, no, Antonio sigue con nosotros’.” Una mujer de más de setenta años, rubia con corte de pelo carré y la nariz operada, comentaba los últimos dos días de vida de Bussi y las noticias que lo daban por muerto, mientras mechaba una invitación a jugar a las cartas.

–¿Vos jugás al bridge?

–No –respondió la mujer, también septuagenaria, que se encontraba sentada a su lado.

–¿Y al backgammon?

Antes de las diez y media, cuando llegó el féretro, en el salón proliferaban los encuentros entre viejos camaradas que aprovecharon la ocasión para comentar temas de actualidad. Un hombre calvo de unos ochenta años, con un traje entallado marrón y lentes Ray Ban también marrones, se acercó a otros dos que estaban hablando sentados en un sillón de dos cuerpos. “¿Cómo es lo de Aerolíneas?”, le preguntó a uno de ellos, que llevaba puesto un saco azul. “Mirá, yo tengo dos hijos pilotos que me dicen que está todo... es un conflicto fuerte”, le respondió. El hombre calvo dijo “esperá” y, con toda la velocidad que puede tomar un hombre de ochenta años, acercó un sillón y se sentó. “¿Entonces es como dice Cirielli? ¿El pibe éste no entiende nada?”, volvió a preguntar, y recibió una respuesta afirmativa.

El féretro llegó de mano de su hijo José Luis, cuatro de sus nietos y uno de sus compañeros de armas. Detrás caminaban su hija y su mujer, quien se mudó a Pilar a raíz de la decisión de enterrar allí a su marido. Un hombre de pelo largo y camisa rosada se acercó hasta el cajón e hizo la venia pero nadie lo imitó. En silencio, el ataúd avanzó por la entrada y se detuvo durante cinco minutos a la altura de la administración. Los concurrentes se acercaron a abrazar a la viuda y los hijos. Eran alrededor de cincuenta. Cuando el cajón comenzó a avanzar en dirección a la capilla, los concurrentes aplaudieron. Antes de entrar, una mujer comentó a su marido por lo bajo: “Morir degradado...”.

El cura a cargo del responso empezó la ceremonia con una aclaración: “La casa del Señor tiene muchas habitaciones”, dijo, y luego habló de la fe y la vida eterna y consideró que Bussi se encuentra “de viaje”. “Te rogamos por el alma de tu hijo Antonio Domingo”, concluyó. Lentamente, el cajón salió de la capilla y se dirigió a la parcela 5 de la manzana 2 del sector “Jazmines” –número 23– del cementerio.

El amigo de Bussi

“Más que como camarada, quiero despedirte como amigo”, dijo García Tuñón, un hombre de 85 años con saco claro y lentes, quien conoció a Bussi en 1944 en el Colegio Militar, y se convirtió en su amigo en 1954, en la Escuela Superior de Guerra. El vínculo se profundizó cuando en 1967 lo enviaron a Tucumán. “Tan amigos éramos que cuando hicimos el viaje a Estados Unidos, nos sentamos el uno al lado del otro en el avión como si estuviéramos en el mismo pupitre. Ida y vuelta, jugando interminables partidos de truco”, afirmó el coronel, refiriéndose al curso de Mando y Estado Mayor General en Leavenworth, en la ciudad de Kansas, donde Bussi aprendió técnicas de contrainsurgencia.

“Tenía dos amigos entrañables: Calcaño y Fantoni. Si por casualidad se sentaban Calcaño a mi izquierda y Fantoni a mi derecha y vos, Antonio, un poquito más a la derecha, estabas ofuscado”, confesó, refiriéndose al coronel Hugo Carlos Fantoni, quien está siendo juzgado en Bahía Blanca por su desempeño como jefe del Departamento de Personal del Quinto Cuerpo del Ejército en esa ciudad. A pesar de la amistad que los hermanaba, Bussi pasó tres años sin hablarle a García Tuñón porque éste una vez no lo defendió ante las críticas de sus compañeros del Comando, que consideraban que Bussi era demasiado competitivo en el básquet y el fútbol. Años después se encontraron en una reunión de promoción y se dieron la mano.

García Tuñón apeló a una anécdota para recordar que Bussi, “a pesar de ser un duro entre los duros”, tenía sentido del humor: “Después de cenar una noche en Floreal, en Tucumán, a la una y media de la mañana, me dice ‘vamos a visitar a un amigo’. Fuimos al sanatorio y entramos a la sala de terapia. Tu amigo estaba dormido, Antonio, ¿te acuerdas?, lo tocaste un poquito en la frente así, suavemente, y él abrió los ojos, te miró, y dijo: ‘¡Carajo! ¡me morí! Estamos en el infierno’. Y vos largaste la carcajada”. Luego de recordar su gestión y considerarlo “un mostro (sic), de hacer obras, un mostro de la perfección, un mostro”, el coronel vinculó la cosmovisión de Bussi con la de los pueblos originarios de Estados Unidos. “Fuiste un fiel representante, sin saberlo, de los indios sioux, quienes decían que es mejor tener rayos en la mano, que truenos en la boca. Vos tuviste muchos rayos en la mano”, afirmó, conmovido.

Sin generales ni subalternos

“Antes de hablar, di un vistazo para ver si hay algún general, de cualquier jerarquía. Si hay alguno, por favor que levante la mano.” El general retirado en 1972 Humberto Pizzi recorrió con la vista a todos los que rodeaban la tumba. Nada. “Entonces, me voy a arrogar la representación del viejo Ejército. No del actual. El actual no lo reconoce porque le quitaron el grado. No para nosotros. Para los que lo queremos, no. Lo consideramos en nuestro aviso fúnebre como General de División”, afirmó Pizzi, refiriéndose al aviso publicado ayer en el diario La Nación y firmado por sus camaradas de la promoción 76 del Colegio Militar. “Yo les preguntaría a los numerosos oficiales que prestaron servicios a sus órdenes, ¿por qué no hay alguno acá presente? ¿Cuál es el miedo que los inhibe de estar despidiendo los restos del que alguna vez fue su jefe? Es ingrata la vida”, reflexionó.

“Alguien me preguntó en la cancha de tenis de Martelli a la que vamos los compañeros que estamos acá –recordó Pizzi–: ‘General, por qué no pusieron a Bussi en vez de a (Reynaldo Benito) Bignone?’ No pude contestarle porque participé de esa decisión. Pero un general dijo: ‘Porque Bussi tiene la cuota de crueldad que en ese momento hacía falta’.” Luego, el general desarrolló la idea, y explicó que en un país “azotado por la guerrilla”, no se podía andar “con las manos enguantadas”, y que en Tucumán, el Ejército Revolucionario del Pueblo “iba a tomar el poder”. “Parece una ironía que los mismos que el Ejército combatía en los ’70 estén hoy en el poder. Ganaron elecciones y son gobiernos legítimos, pero, ¡qué resentimiento!”, comentó Pizzi, y se lamentó por los camaradas presos.

La historia lo juzgará

“La ciudadanía tardará en reconocer lo que estoy diciendo. Pero es la historia la que va a juzgar y dar a cada uno lo que le corresponde”, dijo Pizzi, en lo que consideró un “último consuelo” para Bussi. “Además fue el mejor papá del mundo”, agregó su hija Fernanda, y el cajón descendió lentamente cubierto por una bandera argentina, la insignia que Bussi nunca defendió.

Informe: Sol Prieto.

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