CONTRATAPA

El corleonismo

 Por José Pablo Feinmann

Todos conocen a Vito Corleone. Es algo que pude comprobar en la Feria del Libro el domingo pasado. Hubo un debate de ideas entre Santiago Kovadloff y yo, y el moderador era Nelson Castro. Fue un diálogo amable porque con Santiago, sencillamente, somos amigos. Nos conocemos desde 1981 o 1982, cuando estábamos en la revista Humor, que era el lugar más claro de resistencia al régimen desde el campo de la cultura. Nosotros no éramos héroes, pero algunas cosas decíamos. Esas pertenencias quedan grabadas a lo largo de los años y aunque hoy votaríamos por candidatos distintos y opciones ideológicas (si las hay) también distintas, es más lo que nos une que lo que pueda separarnos. En medio de la charla-debate yo largué un concepto –creo– novedoso. El de corleonismo. No tuve que aclararlo. Todo el mundo entendió y tradujo corleonismo por mafia. Yo preferiría traducirlo por aparato. De hecho, hace algún tiempo, escribí una larga nota llamada Aparato y política. En aquélla se inspira ésta. Pero hay algunos cambios y algunas cosas nuevas que decir.

En cuanto a la reunión de la Feria, hubo algo que sorprendió a todos: mil personas fueron a escucharnos. Asombroso. Y sobre todo si tenemos en cuenta que el representante de nuestra cultura (y esto lo digo en serio: es un auténtico representante de nuestra cultura; así le va, pobrecita) que dirige “Gran hermano” definió, con esa exquisitez que da identidad a nuestra TV, la TVVómito, el lugar en que vive uno de nosotros (yo, en este caso) como “una nube de pedos”. Ignoraba residir en un lugar, digamos, tan aromático. Aunque comprendo lo que quiso decir: que no sé nada de la realidad. No parecieron entenderlo así quienes fueron a la Feria. Ni de mí ni de Santiago. A los que Nelson Castro felicitó “por estar aquí en lugar de ver ‘Gran Hermano’ o ‘Bailando por un sueño’”. Pero dejemos estas cuestiones. Me sorprendió –decía– que cuando dije corleonismo todo el mundo entendió: todos supieron que me refería a Don Vito Corleone, el personaje que hace Brando en el ya mitológico film de Coppola. Así es el poder del cine. El poder de las grandes películas. Sigamos. Decir corleonismo gustó a todos porque es un concepto pesado. Sobre todo si, como fue el caso, se aplica a la política.

¿Por qué la política argentina es corleonista? ¿Por qué el país es corleonista? ¿Por qué la política norteamericana –que marca rumbos en esto: ¡no en vano El Padrino es un film yanqui!– es corleonista? ¿Por qué el corleonismo se adueñó de la política a nivel mundial? Ya no puede hablarse de “muerte de las ideologías”. Ese fue un invento neoliberal de la década del noventa que buscaba decir que había muerto –con la caída del Muro– el marxismo. Lo que ha muerto en el siglo XXI son las ideas. Quedan los fundamentalismos y el corleonismo. Los fundamentalismos se basan en Dios. “Dios está conmigo”, dice George Bush. “Dios está conmigo”, dice Mahmud Ahmadinejad. Hay, en los fundamentalismos, un “exceso de Dios” que lleva a una privatización de la fe. Cuando Bush dijo “Dios no es neutral” estaba privatizando a Dios. Cuando Ahmadinejad dice: “Sólo hay un Dios y es Alá”, igual. “Mi Dios es Dios. El tuyo no es Dios”, dice Bush. Lo mismo, Ahmadinejad. En suma, el fundamentalismo se basa en una privatización de lo divino. El corleonismo se basa en una privatización del poder. “El poder soy yo”, dice el corleonismo, “Para tener poder hay que formar parte de mi poderoso aparato. O dialogar amablemente con él. O negociar. O ser amable. No contradecirlo demasiado. No irritarlo. Sobre todo: no revelar sus secretos. Los secretos del corleonismo los sabe y los cobija el corleonismo. Revelarnos es tan peligroso que puede erosionar gravemente la salud de quien lo hace. ¿Está claro?”

Para gobernar, en la Argentina, hay que tener al corleonismo del lado de uno. Si hacemos un análisis de la actual situación política argentina la primera pregunta que hay que hacer es: ¿quién puede controlar al corleonismo? ¿Quién puede ponérselo de su lado? Porque sería (y es) un gran error creer que se tiene el gobierno y se tiene el poder. El poder, pensaba Foucault, se disemina por toda la sociedad. No con el corleonismo. El corleonismo no es una diseminación del poder, sino su antítesis: es una acumulación del poder. No es lo Múltiple, es lo Uno. El poder se concentra en el corleonismo. No en el Estado. No en el Leviatán. Si entendemos esto entenderemos algo importante de la política en este nuevo siglo. El corleonismo negocia con el Estado. El Estado puede captarlo. Si lo hace, gobierna. Si no lo hace, se torna frágil. La imagen que Foucault tenía del poder –al basarse en una visión de la historia como multiplicidades que colisionan unas con otras– le impedía ver un fenómeno como el corleonismo. El corleonismo es la muerte de la multiplicidad. Por supuesto es también la muerte de la democracia. Pero el siglo XXI se caracteriza por eso: la democracia ha muerto. Se vota, pero se vota a poderes consolidados que han negociado con el corleonismo. Además, la democracia ha muerto con la invasión a Irak y la humillación de la ONU. Ha muerto en la sociedad mediático-represora norteamericana, donde cada ciudadano es sospechoso de terrorista para el FBI o la CIA. Ha muerto en Francia, que ha elegido otra vez a la derecha antidemocrática para que controle o castigue o expulse a los “inmigrantes indeseados”, a la “nueva barbarie”. En fin, dejemos esto en claro: no hay democracia en el siglo XXI. La democracia fue un valor en los ’80. El mercado en los ’90. El terrorismo y el contraterrorismo en el nuevo siglo. El corleonismo ha crecido a la sombra de la muerte de la democracia. Y a la sombra de la ausencia de los ciudadanos en la escena política. Sólo pensemos en el enorme proceso regresivo que sufrió la participación popular entre nosotros del 2001 (diciembre) a nuestros días. En los cuales (como dicen los de “Barcelona”) “la clase media recuperó su nivel habitual de fascismo”.

De aquí que sean ociosas las críticas que la oposición le arroja al Gobierno en nombre de las instituciones y de la República. Primero, no hubo golpe en la Argentina que no se hiciera para “restaurar” esos valores “extraviados”. De modo que ese discurso o prepara alguna movida institucional o es inocuo. Kirchner, en el 2003, surgió como el político que podía y deseaba alejarse del peronismo y crear una opción de centroizquierda. No quiso, pero no quiso no bien le vio de cerca la cara al corleonismo. Que no es –tengamos esto en claro– el PJ. O no lo es solamente. Aunque debemos decir que en el plano de la política el PJ o esa bruma, ese laberinto indescifrable ideológicamente que es el peronismo, representa el poder corleónico. La otra punta del corleonismo es más fina pero no menos peligrosa: la oligarquía, el alto empresariado (con inserción multinacional) y la gran prensa. Desde aquí surgen las voces que reclaman por las instituciones, por la República y hasta algunos personeros que asumen el patético rol de mártires de la “prensa libre”. (Como si la prensa no fuera presa de uno de los dos corleonismos.) Concentrémonos en el corleonismo que más poder tiene en este momento y acaso lo tendrá por un buen tiempo aún: el PeJota. (Habrán observado que no incluí a las Fuerzas Armadas en ningún corleonismo: son un misterio aún. Les irrita el discurso pro derechos humanos del Gobierno. Y por tradición –por larga tradición– acompañarían cualquier manotón que pudiera organizarse desde el “republicanismo institucional”, sobre todo si Estados Unidos da un guiño afirmativo. Pero esto no tiene futuro aún. Contra Chávez se hizo.) El peronismo es (notable frase: el peronismo “es” cuando, en rigor, el peronismo “no es”) eso que Ernesto Laclau llama, con acierto, un “significante vacío”. Yo, que participo menos que Laclau de Saussure y Lacan, le llamo “corleonismo”. El corleonismo, ideológicamente, es un significante vacío. No tiene ideología, tiene poder. Ese poder se lo da el dinero. El dominio de los territorios decisivos del país. Todos los feudos del interior son corleonistas. La Provincia de Buenos Aires es el gran bastión del corleonismo. Kirchner (que es el único que hoy puede gobernar este país) se comió al corleonismo bonaerense. Fue una formidable maniobra de acumulación de poder. No fue la creación del “partido de centroizquierda”. Además “centroizquierda” es una definición ideológica. El corleonismo no es ideológico: es poder. Ningún opositor a Kirchner tiene hoy la menor posibilidad de negociar y derrotar al corleonismo. El corleonismo –a cualquiera de ellos– se lo devora en dos días. Kirchner lo atrapó. Seguirá gobernando. Lo saber hacer: de 26 intendentes del primer conurbano bonaerense hay 21 duhaldistas que van por la reelección con el apoyo kirchnerista. Pero hay un riesgo (cualquiera lo padecería): captarse al corleonismo no es disolverlo. Es tenerlo con uno. Tenerlo adentro. Y aún no lo dije, pero todos los saben: no hay seres humanos en el corleonismo, hay alacranes.

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