EL MUNDO › COMO LA OPINION PUBLICA DESPLAZO A LOS PARTIDOS EN LAS ELECCIONES FRANCESAS

Gobierno de opinión

 Por Eduardo Febbro

Desde París

¿Quién gobierna a quién? ¿Los partidos políticos gobiernan las sociedades o no es acaso la opinión pública la que dicta el modo de gobierno o lo que los futuros gobernantes deben decir para acceder al poder? Hasta la elección presidencial francesa, la respuesta parecía encontrarse en el primer caso. Sin embargo, el largo proceso electoral francés y lo que fue su principal particularidad, es decir, por primera vez en la historia del Partido Socialista (PS), la candidatura de una mujer, Ségolène Royal, autoriza a dudar sobre la plena vigencia de la llamada democracia de los partidos. Royal fue electa candidata al cabo de una elección primaria, pero esa designación venía precedida por un dato mucho más connotado: durante largos meses, Royal fue, según los sondeos de opinión, la mejor ubicada para derrotar a la derecha en el duelo final. Pero Royal no había hecho ni la más mínima propuesta, ni adelantado idea alguna, ni dentro ni fuera del PS. Con un portal en Internet y la intención de reconectar la acción política con la gente, Royal llegó a la candidatura socialista sobre la base de la hoy llamada democracia de opinión. Fruto de los sondeos de opinión y de su explotación por parte de los medios, la democracia de opinión le aportó a Royal la legitimidad que el PS no le otorgaba. Con un promedio de dos encuestas de opinión diarias y con resultados difundidos en los medios, sin contar los sondeos confidenciales, Francia superó todos los records en materia de radiografía de la opinión.

Jean Charlot, profesor en el Instituto de Ciencias Políticas, constató que “la multiplicación de los sondeos tiende a instaurar un control popular y continuo de los dirigentes y de los políticos”. El ejemplo de Ségolène Royal no es el único caso de esta cita presidencial. Nicolas Sarkozy, el hoy electo presidente, moduló sus propuestas sobre la base de esa misma democracia de opinión. ¿De qué habla ésta? De seguridad, de orden, de autoridad, de justicia, de identidad nacional. Ahí fue. Hay otro ejemplo mucho más triste y devastador. ¿Puede la fuerza de la opinión decapitar un movimiento político al mismo tiempo que adhiere plenamente a sus ideas? Sí. Un presentador de televisión, Nicolas Hulot, gran defensor catódico de la ecología, logró hundir electoralmente al movimiento ecologista francés, que sacó en las presidenciales el porcentaje más bajo de su larga y comprometida militancia. Pero Hulot era el ecologista aceptado por la opinión. Jamás militó en un partido ecologista ni participó en la más lejana operación para protestar contra una central nuclear o el transporte de desechos radiactivos. Su programa, Ushuaia, es una carta postal ecológica del mundo. Eso le bastó para pesar en el juego electoral más que los dirigentes políticos ecologistas. Hulot protagonizó incluso la hazaña de hacer que el conjunto de los partidos firmara un compromiso llamado carta ecológica. Desde luego, esto minó el discurso del movimiento ecologista, que quedó huérfano de la legitimidad de las urnas. Nadie aplicará la carta ecológica y los ecologistas de alma no estarán para presionar.

Para el politólogo francés Alain Duhamel, la situación es tanto más catastrófica cuanto que estamos asistiendo a una transformación que va de la democracia representativa a la democracia de opinión. De hecho, la última hace que las primarias de un partido sean los sondeos y que los candidatos, en vez de plataformas, naveguen en función de los anhelos de la opinión. “La originalidad de esta campaña, su especificidad, es la victoria de la postura sobre el contenido, de la emoción sobre la reflexión, de la imagen por encima del proyecto, de la subjetividad sobre la racionalidad, del elogio sobre la convicción”, señala Duhamel.

Candidatos, consultoras de opinión, medios, cada actor de una elección contribuye a reforzar la supremacía de la democracia de opinión. Según Stéphane Rozès, director de la consultora CSA, “la democracia de opinión pareció surgir cuando las instituciones empezaron a encontrar dificultades”. Con todo, Rozès destaca una de las grandes paradojas de la democracia de opinión, cuyo reino es efímero: “La opinión pesa sobre la conquista del poder, no sobre su ejercicio, una vez que las elecciones pasaron”. El profesor Jean Charlot completa esta reflexión: “Los sondeos contribuyen a aumentar la dosis de democracia directa en perjuicio de la democracia representativa”.

¿Son deocracia contra partidocracia? La primera es útil para acceder al poder, la segunda para controlarlo. Antes de ser oficialmente candidata, Ségolène Royal era llamada, en broma, “la favorita de los sondeos”. Su carta de presentación política era ésa. Las ideas de base de Royal, la democracia participativa, la integración del elector en la reflexión política, estar atento a sus problemas, ir a su mundo, compartir su realidad, asociar a los ciudadanos a la gestión local, son ideas a la vez antiguas y nuevas. El problema que se planteó con Royal es la ambigüedad con que se relacionó con todos esos problemas. Sus intervenciones estuvieron siempre en función de la fluctuación de la opinión.

Pero esa metodología tuvo sus límites en las urnas. Ganó la opción conservadora de la democracia de opinión, Nicolas Sarkozy. Entre ambos había y hay una diferencia. Sarkozy llevaba cinco años construyendo su pedestal presidencial. Royal y el ejercicio máximo de la democracia de opinión forzaron las primarias socialistas. Pero no la última expresión de la democracia representativa.

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